Capítulo 11: Estar ahí

1097 Palabras
Dereck Hunt En el pasillo me encuentro con Irwin, su padre está en una llamada y el abogado no se ve por ninguna parte. Me acerco a él, es más bajo que yo por unos pocos centímetros y me mira como si fuera el amo del mundo. Qué equivocado está. El amo del mundo soy yo. —Si no tienen nada más que hablar, iré con Megan y veré dónde dormiré… —No es necesario, niñito. Yo lo haré. Soy el esposo de su madre, por lo que me corresponde que lo haga. —Con todo respeto, señor Hunt, ella merece estar con alguien que la haga sentir segura. —¿Y un niño que apenas ha dejado el pecho es más seguro que un hombre hecho y derecho? ¿Quieres que te recuerde quién pagará sus facturas a partir de ahora? Lo veo apretar las manos, pero no me responde. —Solo te voy a pedir un favor. Que llames a mi esposa, dile que ella bebió más de la cuenta y que se quedará en tu casa. —No se lo va a creer, sabe que Megan no bebería jamás. —Pues haz que te crea. Porque no la quiero aquí llorando y poniendo más nerviosa a Megan. Ninguna de las dos merece pasar por ese estrés, cuando hay dos hombres que pueden resolverlo por ellas, ¿o no estoy hablando con un hombre? —Lo haré —dice con los dientes apretados y se aleja para llamar. Me acerco a la estación de enfermeras, una de ellas salta de inmediato a ver un sofá para mí y el mocoso llega a mi lado para decirme que no fue difícil convencer a mi esposa. Mi teléfono comienza a vibrar, sé que es ella, pero no le responderé todavía. Karl aparece por el pasillo y me dice con seriedad. —Están jodidos. Les requisaron los teléfonos y encontraron la grabación que le estaban haciendo a la señorita. El tipo se acusó a sí mismo de haber abusado de chicas borrachas. —Pon a todo el equipo legal. —Ya lo hice. Deben estar hablando con el director del hospital para que les dé todos los antecedentes de la señorita. —Bien. En cuanto te subas a tu auto, quiero que llames a mi esposa y le digas que me quedaré trabajando toda la noche en la oficina, que tengo algo demasiado urgente. —¿Nos quedaremos en la oficina toda la noche? —me pregunta sorprendido y niego. —No. Tú te irás a casa y estarás pendiente de cualquier cosa que quieran los abogados. Yo me quedaré aquí, cuidando de Megan. Karl solo asiente y se marcha a hacer lo que le dije. Yo regreso al cuarto, Irwin está con ella, le tiene una mano aprisionada entre las suyas y le deja un beso en la frente. —Mañana vendrá mi madre. Quería quedarse aquí, pero ya que el señor Hunt es el responsable legal de esta bella señorita, supongo que no tiene sentido. —Gracias por todo. Te quiero —él le sonríe, se acerca para besarla y yo miro a otro lado. No tengo intenciones de ver cómo la besa. Me aclaro la garganta para cortarles el romance, Irwin sale del cuarto y una enfermera entra con el sofá. Megan cierra los ojos y a ratos frunce el ceño, así sé que está despierta. Yo me encargo de arreglar el sofá y me recuesto, listo para revisar correos, dar más órdenes y a vigilar a la mocosa. —Te ves viejo —bajo mi teléfono y me encuentro esa sonrisa divertida—. Es extraño, se supone que me odias. —No te odio, Megan —le digo con una intensidad que me sorprende. Me aclaro la garganta cuando la veo abrir los ojos y miro mi teléfono otra vez—. Solo no te soporto, son dos cosas diferentes. —No entiendo por qué no me soportas, si soy una chiquilla adorable, papi. Me pongo de pie, camino hacia la cama y espero que ella se encoja, pero solo me regala esa mirada pícara. —No me llames así. Tengo veintinueve años, no sería padre de una mocosa que acaba de salir de la escuela. —Sí, y me dejaste claro que no quieres tener hijos. Por eso, deberías dejarme decirte así. No le veo lo malo, después de todo, te saltaste todo lo problemático de tener un bebé. Conmigo te ahorrarás muchas cosas. —Lo dudo —siseo y me alejo, porque a pesar del apestoso olor a hospital, ella sigue oliendo delicioso—. Me toca pagar una fortuna en estudios para la hija de mi esposa. No veo el ahorro. —Tienes razón. Gracias, pa… —la fulmino con la mirada y ella levanta las manos, al tiempo que se ríe—. Gracias, señor esposo de mi madre. —Mejor —digo con los dientes apretados y me recuesto en el sofá, dejando el teléfono a un lado. Miro los monitores que se encargan de señalar su presión arterial, su saturación de oxígeno y no sé cuántas cosas más. Me pierdo en mis pensamientos, sé que nada de lo que tenga en mente será suficiente para distraer mis pensamientos de lo que ocurre en realidad. Megan está en una cama de hospital y yo estoy aquí, a su lado y dispuesto a cuidarla para que no tenga que lidiar con la histeria de mi esposa. Podría estar en casa, en la cama, con mi esposa. Podría estar haciéndola gritar sin pena a que Megan nos oiga desde su cuarto, el que queda estratégicamente alejado para evitar precisamente eso. Pero no. Estoy aquí. Estoy aquí y no sé qué beneficio me traerá esto, o si estoy haciendo lo más cuerdo. Solo sé que quiero estar aquí más que en otro lugar y que es malo. Pero ya es tarde para retractarme, así que no me queda más que aguantar esta noche, y mañana será borrón y cuenta nueva. La neuróloga entra una hora más tarde, revisa nuevamente los ojos de Megan, le hace preguntas y le dice que puede dormir. Ella se acomoda en la cama, cierra los ojos y lo último que susurra me saca una sonrisa. —Buenas noches, papi. Me debes un cuento. Y en mi mente también le deseo buenas noches, aunque no en una cama de hospital, sino en una muy diferente. Lo que me recuerda que al día siguiente debo poner presión para que inicie el camino a mandarla lo más lejos posible.
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