Esa noche, Leona salió con las chicas y, por unas horas, volvió a sentirse como antes. Bailó, bebió y se dejó llevar por los placeres compartidos que Angy y Chloe le ofrecieron durante la fiesta posterior en su departamento. El alcohol la mareó lo suficiente como para diluir los bordes de la realidad. Entre risas, caricias y cuerpos tibios, se entregó al deseo sin culpa. Juró, entre jadeos y suspiros, que la lengua que la adoraba con precisión quirúrgica era la de ese paciente de ojos oscuros y perturbadores, el mismo que aparecía en sus sueños cargados de miedo y lujuria. El del pene flácido que le recordaba a la bestia de sus sueños. Así que se dejó llevar por ese placer hedonista, mientras un orgasmo feroz le cruzaba la espalda y la hacía gritar sin pudor. Pero a la mañana siguiente,

