Capitulo 3

1384 Palabras
—Te agarré —dijo él con voz suave, arrepentido—. Te devolví el beso. Yo... —Hizo una pausa, apartando la mirada avergonzado—. Al principio pensé que estaba soñando. Para cuando me di cuenta de lo que pasaba, ya estaba... No debería haberlo hecho. Eres la novia de Eduardo. Eres prácticamente de la familia. Lo siento. —No, no, estabas dormido, no lo sabías... —negó ella con la cabeza frenéticamente, ansiosa por absolverlo—. No es tu culpa. Creíste que estabas soñando. Es... es totalmente comprensible. Fui yo quien se metió en tu cama. —Aun así. —La miró a los ojos de nuevo y le dejó ver sinceridad y preocupación, el rostro del buen hermano mayor que jamás se aprovecharía—. Debería haberme detenido en cuanto me di cuenta. Debería haber sido más responsable. —Por favor, no se lo digas a Eduardo. —Su voz se quebró al pronunciar el nombre de su hermano—. Por favor, Federico. Nunca me perdonará. Pensará... pensará que lo hice a propósito, o que quería... —No pudo terminar la frase. —No se lo diré —prometió Federico, y lo decía en serio. Este secreto era demasiado valioso como para desperdiciarlo en un momento de honestidad—. Esto queda entre nosotros. Fue un error, un accidente. No hay razón para que nadie más lo sepa. El alivio que se apoderó del rostro de ella fue casi doloroso de ver. —Gracias. Muchísimas gracias. Prometo que no volverá a suceder. Tendré más cuidado, yo... —Clarissa. —Le apretó los hombros suavemente y luego dejó caer las manos—. No pasa nada. De verdad. Olvidemos lo que pasó y sigamos adelante. ¿De acuerdo? Ella asintió, secándose las lágrimas. —Está bien. Sí. Está bien. —Vuelve a tu habitación. Duerme un poco. Mañana todo estará normal. Ella asintió de nuevo y comenzó a darse la vuelta, pero se detuvo. —¿Federico? —¿Sí? —Eres... eres una muy buena persona. Gracias por ser tan comprensivo. Le sonrió con esa sonrisa que siempre había hecho que la gente confiara en él, que creyera en él. —Para eso están los hermanos mayores. Ella le devolvió la sonrisa, llorosa pero genuina, y luego se fue, desapareciendo hacia la cabaña donde se alojaban las chicas. Federico se quedó solo en el claro, y su sonrisa se desvaneció en cuanto ella desapareció de su vista. Bajó la mirada hacia sus manos, las manos que habían agarrado su muslo, que habían guiado sus caderas contra las suyas, que habían sentido cada curva y cada hundimiento de su cuerpo. Aún podía sentirla. La suavidad de sus muslos, cómo temblaban bajo su tacto. El sabor de sus labios, dulce y ávido. Los suspiros que emitía, entrecortados y deseosos. La forma en que su cuerpo se movía contra el suyo, instintivo y perfecto. Aún estaba duro, aún le dolía el deseo. Apretó la palma de la mano contra su erección, intentando ahuyentarla, pero solo podía pensar en cómo se había sentido, en cómo había sabido, en cómo había respondido a su tacto como si hubiera sido hecha para ello. Ella pensaba que era una buena persona. Pensaba que era comprensivo, responsable y confiable. Ella no tenía idea. La voz de su madre lo devuelve al presente. Parpadea, dándose cuenta de que lleva demasiado tiempo mirando la foto, con las manos aún sumergidas en el agua fría del lavavajillas. —¿Federico? ¿Estás bien? —Bien —dice, sacando las manos del lavabo y cogiendo una toalla—. Solo pensaba. —¿Acerca de? Sobre cómo todo cambió después de esa noche. Sobre cómo Clarissa dejó de tocarlo. Antes del lago, Clarissa se sentía cómoda con él. Más que cómoda: era cariñosa, como quien lo conoce de toda la vida. Le agarraba del brazo cuando algo la emocionaba, le exigía que la alzara para poder ver por encima de la multitud, se apoyaba en él cuando veían películas, se sentaba en sus hombros en conciertos y festivales. Lo tocaba con la familiaridad de la familia, de alguien que nunca se lo había pensado dos veces. Después del lago, todo eso paró. Se volvió cuidadosa con él. Consciente del espacio y los límites como nunca antes. Se sorprendía intentando alcanzarlo y se apartaba. Empezaba a inclinarse y entonces recordaba, y la distancia que había puesto entre ellos era casi física por su peso. Había intentado salvar esa brecha, había intentado consolarla, había intentado fingir que nada había pasado. Pero ella había construido muros, y ningún encanto casual podía derribarlos. Era culpa, decidió. Culpa por disfrutar de su tacto, de su beso. Culpa por cómo su cuerpo había respondido al suyo, por los sonidos que había emitido, por cómo se había apretado contra él con tanta necesidad. No podía conciliar esa respuesta con su amor por Eduardo, así que la había encerrado y fingido que nunca había sucedido. Pero Federico lo recordaba. Federico lo recordaba todo. Desde entonces, observaba con más atención —no de forma obvia, era demasiado listo para eso—, registrando cada cambio, cada desarrollo. La vio crecer de niña a mujer, vio su cuerpo desarrollarse y madurar, la vio volverse más hermosa con cada año que pasaba. La observó con Eduardo, analizando su relación, notando cada grieta, cada momento de discordia. Y él la deseaba. Dios, cómo la deseaba. Había comenzado como una atracción simple, la que cualquier hombre podría sentir por una mujer hermosa. Pero se había convertido en algo más oscuro, algo más absorbente. Una obsesión que lo atormentaba, que coloreaba cada pensamiento, cada decisión. Pensaba en ella constantemente: cuando debía buscar trabajo, cuando estaba acostado en la cama por la noche, cuando veía su foto en el refrigerador. Pensó en aquella noche en el lago. Pensó en cómo se había sentido en sus brazos, en su sabor, en cómo había reaccionado ante él. Pensó en cómo lo había mirado después, aterrorizada, culpable y algo más, algo que probablemente ni siquiera reconocía en sí misma. Pensó en su hermano, el niño de oro, el que lo tenía todo en sus manos y aun así lo arruinó todo. Eduardo no merecía a Clarissa. No la apreciaba. No veía lo que tenía. Pero Federico lo hizo. Federico lo vio todo. —¿Federico? —Su madre lo mira con preocupación—. Últimamente pareces distraído. ¿Va todo bien? —Todo bien, mamá —dice él—. Solo pienso en el futuro. —Bueno, qué bien. —Le da una palmadita en el brazo—. Tu padre es duro contigo, pero tiene razón en una cosa: tienes que pensar en lo que viene después. No puedes quedarte en el limbo para siempre. —No —concuerda Federico, con la mirada fija en el rostro sonriente de Clarissa en la foto, en cómo sus manos rodean su tobillo, posesivo incluso entonces—. No puedo. Pero no está en el limbo. Está esperando. Observando. Esperando el momento oportuno. Porque Eduardo va a arruinarlo todo. Es solo cuestión de tiempo. Su hermano menor es demasiado arrogante, demasiado descuidado, demasiado convencido de que Clarissa siempre estará ahí esperándolo, haga lo que haga. Y cuando todo se derrumbe, cuando Clarissa finalmente vea lo que Federico siempre ha sabido —que Eduardo no la merece—, Federico estará allí. Siempre ha sido paciente. Siempre ha pensado a largo plazo. Y ha aprendido que algunas cosas merecen la pena esperar. Su madre se aleja para guardar los últimos platos en el armario, tarareando en voz baja, ya planeando la boda que quizá nunca se celebre. Federico se queda donde está, mirando la foto, la sonrisa de Clarissa, el fantasma de un recuerdo que aún lo atormenta. Aún puede saborear sus labios si lo intenta. Aún puede sentir el peso de su cuerpo contra el suyo, la suavidad de sus muslos, cómo temblaba bajo su toque. Aún puede oír los leves sonidos que emitía, entrecortados y de deseo, el nombre de su hermano en sus labios mientras besaba a alguien más. Hace tres años, se había metido en la cama equivocada. Federico ha pasado cada día desde entonces planeando cómo asegurarse de que la próxima vez sea exactamente la correcta.
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