Clarissa A la mañana siguiente de la llamada con sus padres, Clarissa despierta sintiéndose vacía. Agotada de llorar, de pelear, de defenderse de todos los que creen saber lo que es mejor para ella. Encuentra a Federico en la cocina, ya vestido y con el café preparándose. —Buenos días —dice, levantando la vista con esa sonrisita que ya nos resulta familiar. Reconfortante—. Nos estamos quedando sin provisiones. ¿Quieres ir al pueblo a comprar comida? Clarissa asiente, agradecida por la distracción. —Sí. Eso suena bien. Normal. Ir de compras es normal. Algo que puede hacer sin pensarlo demasiado, sin sentir que está tomando una decisión crucial en su vida. Conducen por caminos sinuosos, donde los árboles dan paso a campos abiertos a medida que se acercan a la civilización. El pueblo e

