XI

1757 Palabras

XILo bueno fue que la dama, lejos de sorprenderse, saludó a Pacheco como si el encontrarle allí a tales horas le pareciese la cosa más natural del mundo, y, recíprocamente, Pacheco empleó también con ella todas las fórmulas de cortesía acostumbradas cuando un caballero se encuentra a una señora de cumplido, respetable, ya que no por sus años, por su carácter y condición. Se hizo atrás para dejarla pasar, y al seguirla al saloncito de confianza, donde ardía sobre la mesa de tijera la gran lámpara con pantalla rosa velada de encaje, se quedó próximo a la puerta y en pie, como el que espera una orden de despedida. -Siéntese usted, Pacheco... -tartamudeó la señora, bastante aturrullada aún. El gaditano no se sentó, pero adelantó despacio, como receloso; parecía, por su continente, algún homb

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