LXXII —Quiero que salgas inmediatamente de ahí —espetó el padre—. Déjale una carta a tu amante, luego lo llamarás y le explicarás. Tengo amigos en Roma que pueden recibirte un tiempo. Usa ese dinero maldito, que devolverás centavo sobre centavo una vez esto se aclare. —Papá, lo siento, yo de verdad quería una mejor vida para nosotros, por eso acepté e hice mal, porque no solo te lastimo a ti, sino a Alexandro cuando se entere. —Hizo una pausa, se podía escuchar su llanto—. Pero no me iré. Voy a esperar a Alexandro, le diré todo y luego ya tomaremos decisiones. —¡¡Estúpido!! —gritó el padre enfurecido—. ¡Ella es María! ¡Ella es María! Marco, sin tener que preguntarle a su padre, sabía de quién se trataba. Era esa que atormentó tanto la vida de su madre, esa cuya presencia se paseaba des

