LXXIX Como si todos los involucrados escuchasen una canción lenta, nostálgica, que llenaba aún más la maleta de su desasosiego, llegaron al campus donde trabajaban. Dan, en contra de toda su voluntad y cubierto con un cubrebocas para intentar pasar desapercibido, caminaba a la oficina del rector. Tenía que hacerlo; de otra manera, si se iba del país sin la autorización de Rusia, no podría regresar a la Universidad de Estados Unidos a trabajar. Mientras esquivaba miradas, recordó que esa mañana, tijeras en mano y en un arranque de realidad, hizo más pedazos el vestidillo de flores que fue de ella. Tenía que matarla por completo, si no, no sanaría nunca. Hizo lo mismo con todo lo que le pertenecía, que estaba en el departamento de Fito. Encontrarse con él mismo, esa era su tarea ahora. En

