Capítulo 23

2031 Palabras
XXIII El reloj seguía su curso y el sonido se hacía ensordecedor en la sala de Fito, donde Dan no dejaba de sollozar, sin siquiera ser capaz de levantar la cabeza para ver a su amigo. Había pasado ya más de una hora y ambos estaban ahí, sentados en orillas opuestas del sofá, escuchando ese tic tac incesante. Fit estaba perdiendo la paciencia, además que era tardísimo y quería descansar un poco antes de volver a la Universidad, horas después. El celular de Dan no dejaba de sonar con los mil mensajes y llamadas de Alex, que en ese momento no podía responder. —¡Habla ya, Choi! Y espero que seas lo más claro posible. Fit se sentó frente a él y ya Dan no tuvo escapatoria, tendría que contarle todo lo que había evitado por meses, y no porque no confiara en su amigo; no abría la boca para no verlo tan molesto como lo estaba en ese momento, prefería morir a perder la amistad de Fito Dobargo. Dan levantó por fin la cabeza y la mirada de su amigo era muy opuesta a la que imaginaba, los ojos del muchacho de Italia estaban llenos de angustia y Dan recordó esa mirada tiempo antes, cuando supo que había hecho un lazo irrompible con él. *** Dan y Fit se habían conocido un año y medio atrás, al inicio, igual que todos, en la presentación oficial de profesores nuevos en la Universidad. En el banquete de bienvenida, Fit y Dan quedaron sentados juntos, sin embargo, nunca cruzaron palabras. Dan era sumamente esquivo y ni siquiera levantaba la mirada para ver a nadie. Pese a eso, Fit notó que el profesor de Historia sí veía con especial curiosidad al profesor de Ballet. No se le hizo nada extraño, el ruso pondría en duda la hombría de cualquiera, pero su actitud de fastidio era única. Ese día en particular, Dobargo y Choi solo se hablaron para despedirse y apenas con un además de manos. La Universidad era una torre de Babel, donde todos se comunicaban en inglés. En el salón de profesores, tenían escritorios cercanos y apenas si se miraban con una lejana sonrisa para saludarse, todo por educación. Con el pasar de los días, Fit seguía notando el especial interés de Dan en Greco, que aunque no era muy evidente, hacía que la mirada del coreano cambiara haciendo sus ojos brillar; pero a su vez tuvo que ver cómo era rechazado con grosería, por el hombre de cabellos claros. Pensó para sí Fit, que Dan era un tonto, y decidió dejar que el profesor de Historia se estrellara con la realidad él solo. Así entonces pasaron las dos primeras semanas de clases, tan normales y triviales como cualquiera de las otras. Una tarde, esa en la que todo comenzó para ese par de amigos que lo serían hasta la muerte, la cafetería estaba a reventar. Fit estaba con su bandeja y miraba desesperado a todo lado, buscando un sitio donde comer tranquilo, pero las minúsculas mesas estaban ocupadas. A lo lejos vio que una persona se levantaba de una mesa y aún quedaba otra comiendo. Sin pensarlo dos veces, caminó lo más rápido que pudo para lograr ese lugar, y solo hasta que estuvo cerca de la mesa, se dio cuenta de que quien quedaba era el profesor de Historia. Se cuestionó unos segundos si sentarse con él o no, pero tenía hambre y no le importaría si sentaba junto al mismo Satanás. —Hola, ¿puedo acompañarlo en la mesa? —preguntó Fit con voz segura, mirándolo fijamente. Dan levantó la mirada un poco sorprendido y respondió con la cabeza y una muy forzada sonrisa que sí podía. Fit se sentó rápidamente y agradeció con una sonrisa igual de forzada. Comenzó a comer con prisa y se dio cuenta de que el otro hacía lo mismo, era claro que se estaba atragantando para salir de ahí y tener el mínimo contacto con él. Sin embargo, Fit tenía una pregunta atorada en el pecho para Dan. Lo había carcomido por días y si no aprovechaba ese mínimo espacio fuera del salón de clases, ya no habría lugar después. Tomó aire, Dan entendió que algo le iban a preguntar y eso lo frustró muchísimo, no quería hablar de él mismo, no deseaba contacto con nadie que no fuera ese tosco profesor de Ballet, pero Fit no se detendría. —Dígame profesor Choi ¿le gustan los manhwas? —Y la profunda pregunta de vida que Fit tenía por hacerle, estaba ya expuesta. Dan le miró con la boca abierta y sonrió un poco, mientras el italiano esperaba con actitud seria una respuesta. Dan sonrió un poco y dejó que su cuerpo se relajara un poco. —Sí, profesor Dobargo, me gustan mucho, no soy un fanático como muchos en mi país, pero no leer algo sería un pecado, usted me entiende. Eso sí, por favor, no me pida que dibuje algo porque se decepcionaría mucho. Dan rio un poco y Fit le devolvió el gesto. Comenzó entre ellos una conversación cordial hablando de ese tipo de historietas y de las muchas ganas que tenía Fit de ir a Corea del sur y comprar toneladas de cosas de ese tipo. Por alguna razón, a Dan el profesor de Matemáticas le produjo una sensación de paz que no había experimentado nunca, y sin que le preguntara empezó a contar cosas de su vida y su familia, por supuesto todo muy escueto, pero era tanta la atención sincera que Fit le prestaba que se sintió tranquilo hablando de esas cosas. El tiempo de almuerzo terminó y por primera vez, Fit y Dan se dieron la mano para despedirse. El de cabellos oscuros sonrió ampliamente y su sonrisa fue correspondida. Fit se sintió feliz de haber podido hablar de uno de sus temas favoritos con alguien que también conocía de aquello, y no solo eso, que era de la tierra de origen. Poco a poco la hostilidad de Dan empezó a disminuir, Fit en ese momento no esperaba nada diferente de él que ser un buen compañero docente y viajar algún día a Corea para poder disfrutar y cumplir unos de sus sueños. Sin embargo, la enorme nostalgia que Dan cargaba encima, conmovía mucho a Fito. A leguas se notaba esa pesada carga que llevaba en sus hombros, y el trato grosero de Greco no ayudaba, a pesar de que ese hombre de cabellos de sol, parecía ser odioso con cualquiera. Supuso, como todos, que se trataba de un caso de xenofobia nada más. Fito jamás cambió su rostro adusto, tenía que serlo, era el docente de una de las áreas más exigentes de la Universidad y de las que más se destacaba en el país, junto a las bellas artes, artes escénicas, artes plásticas y artes literarias. Por eso Greco era tan apreciado, pues había posicionado muy bien su área desde que llegó. Fit había creado un laboratorio exclusivo para su enfoque de aprendizaje y esa iniciativa le valió un reconocimiento importante. Dan lo felicitó mucho y los docentes de la facultad de ciencias decidieron festejar ese logro que los beneficiaba a todos. Fit invitó a Dan esa noche, no sería otra cosa que una cena y un par de tragos luego, pero el chico tuvo que rechazarla, pues ya tenía un compromiso. —De verdad lamento no acompañarlo, profesor Dobargo, esta celebración es más que merecida —le dijo Dan extendiéndole la mano y sonriendo con sinceridad. —Bueno, nada que hacer, si usted tiene compromisos, no voy a molestarlo. Sin embargo, acá está la dirección de adonde vamos a estar, por si acaso nos desea acompañar un rato. Es viernes, debemos aprovechar un poco. Fit extendió un papel a Dan y este se sorprendió un poco, ya que su compromiso era muy cerca de dónde estarían. Lo pensó un poco y Dan le dijo que si terminaba temprano iría con ellos a celebrar, y tomar un par de copas. Fit sonrió y de nuevo vino el protocolo de despedida, solo que esta vez el matemático pidió a Dan que le tratara de tú y que ya no le dijera más, profesor Dobargo. Dan se sorprendió un poco y le pidió lo mismo. Ahora ya eran Dan y Fito. Fit esa noche la pasó muy bien, le contó a los demás docentes sus planes para ampliar los laboratorios y el deseo de hacer una olimpiada internacional, para posicionar aún mejor a la Universidad y que los ingresos a esta mejoraran. Estaba muy agradecido con Rusia por haberlo aceptado y tenía la necesidad de retribuirle la confianza que le tuvieron al recibirlo desde Australia, donde estudió y trabajó como docente. Asimismo, llegó Dan a Rusia, se había destacado en su labor y luchó por ir a una Universidad lejos para poder adquirir la experiencia necesaria, y así convertirse en decano de la facultad de Ciencias Humanas en la Universidad de Estados Unidos, de donde venía, o intentar lo mismo en su país natal. La noche y el licor se empezaron a combinar. Ya poco a poco la comunicación en inglés empezó a fallar y Fit se levantó como pudo para tomar un poco de aire y evitar así tener que ir a trasbocar. Salió del sitio y fue hasta una esquina algo apartada para encender un cigarro e intentar tener de nuevo lucidez. Miró su reloj, supo que Dan ya no llegaría y deseó que estuviera bien; no obstante, sus buenos deseos quedaron interrumpidos cuando vio que una figura se acercaba a él, y pudo distinguirla a través de los litros de alcohol que llevaba encima. Era Dan Choi, que llegaba a celebrar con él, pero no como esperaba. Iba con el labio roto, la ropa desgarrada y la nariz sangrando. —¡Dios mío, Dan qué te pasó! —gritó aterrado Fit, tomando al profesor Choi para sentarlo en el sardinel. Supo que llamaba mucho la atención, así que bajó la voz. —¿Te asaltaron, verdad? —Fito, yo quería llegar un poco más temprano a celebrar... pero me fue imposible, lo siento mucho. Fit sacó de su bolsillo un pañuelo y empezó a limpiarle su nariz. Dan estaba totalmente ido, también se notaba que estaba algo ebrio, pero aún no quería decir que le había sucedido. Fit se levantó, entraría donde estaban todos por un poco de hielo, pero Dan se lo impidió tomándolo muy fuerte por su pantalón. —Por favor, Dan, si no ponemos algo en tu boca, va a empeorar. Deja que me despida y te llevo a un hospital. ¿Se llevaron tus cosas? —Se llevaron otro poco de Dan Choi —respondió en un muy torpe inglés debido al alcohol —. Esta vez ni siquiera querían llevarme a un hotel y el callejón le pareció muy cómodo. ¿Sabe que hizo cuando me negué? Me golpeó y me dijo que no tenía por qué gastar en una poca cosa como yo, a pesar de que era yo quien iba a pagar... ¿No nota la ironía? Por favor, regrese a su reunión y déjeme acá. Yo tomaré un taxi. Fito no supo qué hacer. A pesar de que había muchas personas en aquella calle muy borrachas, sabía que estaba llamando la atención por el estado en el que se encontraba Dan, y si los de la Universidad se daban cuenta, el profesor de Historia estaría en problemas. Entonces, ese hombre de cabellos castaños y rizados, de ojos de avellanas, tomó su decisión. Pudo haberse ido y no involucrarse en lo que había pasado, solo ayudarlo a tomar un taxi y sacarlo de su vida, pero al contrario de eso, se agachó y siguió limpiando la sangre que brotaba de su nariz. Dan lo miró con ojos muertos, y luego, de la nada, las lágrimas se le empezaron a escapar en ríos. El matemático tomó un poco de aire y lo recibió en su pecho, donde, ya refugiado, Dan empezó a llorar como un chiquillo. Fue en ese momento en que Fito Dobargo supo que sería responsable de Dan Choi, para siempre. *** Fin capítulo 22
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