—¡Lo entiendes! ¡Ahora lo entiendes! — se ríe a carcajadas, desquiciado. Anonadada, me escondo en el pecho de Balthazar y observo cómo sigue riéndose mientras es golpeado, encadenado — ¡Ahora sabes lo que me has hecho sufrir por años, Maxwell! ¡Ven y termina con mi puta miseria! — se enfurece de la nada. El cambio de humor es tan brusco, que da miedo.
—Es un lunático — Baltazar observa la escena con exasperación —. Llévensela a la mansión. Quiero a Drexler esperando para chequearla. Desplieguen el protocolo de seguridad sobre mi mujer — dejo de mirar a Ragnar cuando Balthazar deja de abrazarme y me sienta bien en el asiento del coche. Da muchas órdenes a una docena de tipos mientras me pone el cinturón.
—Ven conmigo — suplico, porque sé al instante que no me acompañará —. Te necesito — susurro, tomando su camisa.
Niega, y las lágrimas me llenan los ojos. Balthazar me toma el rostro y acaricia mis mejillas con sus pulgares. Su mirada oscura vuelve a tener esa seriedad que lo caracteriza, pero también esa suavidad que me ablanda cuando se inclina y me deja un beso en la frente.
—Tengo que encargarme de esto. Estaré allí pronto — asegura, pero no me reconfortan sus palabras, porque sé por qué no me acompaña.
—Quieres decir que vas a encargarte de Ragnar — susurro, mirando al demonio en cuestión. Lo han noqueado, y me estremezco al ver la cantidad de sangre negra que mancha su frente y su ropa —. Él dijo... que mataste a su chica — susurro, e inconscientemente aparto mis manos de su camisa.
Balthazar no es ajeno a mi reacción, y aprieta la mandíbula cuando dejo de tocarle. Me mira fijamente, y no puedo evitar tensarme, porque vuelve a ser el tipo del que no dudaría que fuera... un asesino. El demonio frío y calculador que se encoge ante la acusación de Ragnar, como si asesinar a alguien fuera su día a día.
—Llévensela — no me responde, pero su mirada seria dice todo lo que su silencio no. Y cuando cierra la puerta del coche en mi cara, me pregunto en qué diablos me he metido al venir a esta ciudad.
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Toso cuando el doctor Drexler por fin deja de revisar mi garganta con un elemento del que desconozco el nombre.
—Todo se encuentra en orden, señorita Tate — informa, comenzando a guardar todo lo que usó para examinarme —. Sus pulmones se escuchan bien. Su presión se ha normalizado, y sus vías respiratorias no parecen obstruidas — explica, y me relajo en el sofá de la sala de Maxwell Manor.
—Y el bebé... — me interrumpe.
—Perfecto — me asegura por tercera vez, y asiento. Acaricio mi vientre, desinflándome en mi asiento.
—Gracias, doctor Drexler — susurro, cansada. Asiente, y al instante es despedido por uno de los hombres de Balthazar. No sé su nombre, pero me ha estado siguiendo el paso desde que me trajeron a la mansión.
—Venga en estos días si necesita corroborar con estudios más exhaustivos — ofrece, pero por algún motivo siento que es más un deseo suyo que mío. Le entusiasma demasiado mi embarazo. Y es raro.
Negando, me levanto del sofá y voy hacia las escaleras. El castaño me mira, pero no dice nada. Se queda en la puerta como una estatua, como si fuera a convertirse en pared si fuera necesario para tapar la entrada de posibles amenazas. Y me es muy extraña tal devoción.
—No sé muy bien cómo funciona esto de tener un Terminator a mi cuidado. ¿Tengo que informarte todo lo que voy a hacer? — le pregunto, pero él solo se encoge. Demasiado serio, profesional —. Bien, iré a darme un baño. No me sigas — le frunzo el ceño.
—Por supuesto, señora — asiente, bajándome la mirada.
Extrañada, me alejo y voy a mi habitación. Todo el este día es demasiado. Demasiado lleno de emociones que ahora me hacen sentir exhausta. Y mientras me desvisto para meterme en la ducha, me detengo y me planteo llamar a Adele. Realmente la necesito. Ella ha sido mi apoyo incondicional por casi tres años, y extraño ese apoyo ahora. La extraño a ella.
Triste, voy por mi falda en el suelo y busco mi teléfono en el bolsillo, pero me desespero cuando no lo encuentro.
—No, no, no. Joder — maldigo, buscando mi teléfono viejo en cada bolsillo. Es el único que tiene su número de teléfono. Cuando perdí el anterior, tenía su número anotado en mi agenda personal, pero ya no la tengo. La olvidé una vez en la cafetería y no la volví a encontrar.
Si no tengo mi teléfono ni la agenda, ya no tengo su número, ya no tengo forma de contactarla. No tiene r************* . Tampoco tenemos otros amigos. Y quiero llorar, gritar. De repente, todo se vuelve demasiado, por lo que me permito hacerlo. Bajo la ducha, me permito soltar lo que tengo retenido en el pecho y en mi alma.
Estando debajo de la regadera, me permito un poco de dramatismo y me hago un ovillo en el suelo, comenzando a llorar debajo del agua. Todo lo vivido hoy, por fin explota y me hace reaccionar de la única forma que sé. Llorando. Dejo salir todo, y me permito a mí misma descargar todo el estrés, el terror, la adrenalina.
Lloro lo que no quiero mantener en mi pecho, todo lo que le hace daño a mi corazón. Y luego de casi media hora en la misma posición, puedo decir que me siento mucho más liviana. Tengo mucho en la cabeza, en el corazón, pero permitirme este momento me da la fuerza para volver a levantarme en el suelo de la ducha, para poder terminar de borrar con jabón los restos de este día lleno de emociones contradictorias.
Antes de cortar la salida del agua, dejo que esta me empape por unos segundos más para intentar quitar el rastro de las últimas lágrimas. Disfruto la calidez del agua, que me reconforta mientras mis emociones vuelven a su lugar. Unos minutos después, cierro la perilla y me quedo viendo el charco de agua debajo de mis pies, realmente exhausta física y emocionalmente.
Pero repentinamente, los vellos de mis brazos se erizan, y mi corazón comienza a latir debajo de mi pecho con fuerza, obligándome a erguirme y a soltar todo el aire que mis pulmones albergan al sentir una presencia tan conocida detrás de mí.
Balthazar volvio