—Yo hablo, tú comes — me informa, y me sorprendo cuando viene hacia mí y me deja un plato de lasaña que me hace agua la boca. Ya es de noche, y no recuerdo qué fue lo último que comí, o cuándo. Por lo que devoro al instante lo que me da.
—Está buenísimo — gimo, pero frunzo el ceño, porque reconozco esta lasaña —. Es la de Abby — me sorprendo.
—Ella y el chico de la cocina de esa cafetería de mala muerte pertenecen a mi secta — explica, y a mí la mandíbula se me cae.
—¿Abby y Trip? ¿En una secta? — jadeo, totalmente sorprendida. Aunque no sé muy bien por qué, ya que no tengo ni idea qué significa pertenecer a su secta.
—Come, te explicaré todo — ordena, y al instante le hago caso. No es una tarea difícil, porque me muero de hambre.
—Esto está de locos — digo, con la boca llena. Balthazar suspira, poniéndose serio —. Bien, me callo. Comienza desde el principio, tienes mucho que explicar — tomo un largo trago de agua. Y me sorprendo cuando Balthazar hace exactamente lo que le digo. Empieza a hablar y no se detiene.
—Bien, en un principio, tienes que saber que la existencia de la humanidad no se trata de un ser mayor o de un creador del todo. Somos creación del universo, así como para el universo. Los humanos y los demonios, somos energía, evolución — lo miro, totalmente anonadada —. La energía que nos compone genera expansiones que repercuten en el mundo, así como en nosotros mismos. Todo ser vivo en el planeta es energía, pero lo que nos diferencia a nosotros de los animales, las plantas, es el alma. Fuimos creados con ella para dar balance en el universo — toma mi tenedor y me da de comer.
Sonrío, pero me niego a interrumpirlo mientras mastico y él me habla.
—Existen fuentes de energía inmensas, poderosas. El océano, los árboles, la tierra. Fuentes que han de necesitar la energía de la que nuestras almas están hechas para encontrar un balance. Por eso, fuimos creados como medios de equilibrio, como el epítome de aquello que complementa al mundo. No somos producto de Dios, Odín, o del maldito Abraham Lincoln. Somos producto de energía. Y cada quien la lleva configurada de diferente forma en su interior — me da otro bocado, y trago al instante.
«Su configuración trata de lo que cada persona lleva en sí mismo y aporta al mundo. Por lo tanto, existen dos tipos de ellas, el alma oscura y el alma pura — me sonrojo cuando toma una servilleta de papel y me limpia la comisura de la boca.
Lo miro en todo momento, y no puedo evitar sonreír como una idiota. Pero me obligo a concentrarme mientras le oigo seguir hablando.
—Todo lo que lo que hizo, todo lo que fue, todo lo que el individuo es, fue y será, genera un impacto en el mundo. Genera energía... o la quita. Y eso es lo que define si lo que el individuo posee es un alma pura u oscura. Es definido por aquello que opaca o acrecienta lo que la compone en sí. Aquello que dicta si, en la muerte, el alma logra encontrar la paz eterna, o vivir condenado a vagar por el mundo muerto llamado limbo.
—Vaya — susurro, completamente fascinada con cada revelación que sale de su boca.
—Cada vez que un humano destruye el alma de otro humano, ya sea violentándola, asesinándola o apagando su pureza de formas que no puedan volver a lo que realmente era, destruye la suya propia y la oscurece. Ata su destino al limbo entre la muerte definitiva y el mundo real, el lugar donde las almas oscuras terminan — explica, haciéndome una seña para que siga comiendo. Al instante, le hago caso, porque quiero seguir escuchándolo —. Ese es el lugar donde yo nací — revela.
Me sorprendo, procesando eso.
—¿Cómo es posible? — pregunto.
Aprieta los labios, y parece estar pensando cómo explicarme lo siguiente. Se inclina sobre la encimera y mantiene su peso sobre sus antebrazos mientras me mira.
—Mis padres fueron dos de las almas oscuras más antiguas. Dos humanos condenados al limbo perpetuo por cargarse decenas de almas. Ambos tan poderosos como para poder crear vida aun después de la muerte, para crearme a mí — explica. No habla de sus padres con afecto, sino con indiferencia. Pero si veo un índice de orgullo cuando dice cuán oscuros eran —. Cuanto más un humano asesina, violenta o apaga un alma, la suya se deshumaniza más y termina siendo solo un vestigio de lo que realmente fue. Mis padres fueron las almas más oscuras que existieron en todos los tiempos, teniendo el poder suficiente como para crearme a mí. Ambos dieron su oscuridad para crear la mía y darle a mi secta un líder que los gobernara como ellos no podían hacerlo desde el otro lado.
«Los demonios puros, como lo soy yo, que nací de la oscuridad de dos almas y en el limbo entre la vida y la muerte, son los únicos seres que pueden salir de allí y surgir en el mundo de los vivos.
Cada palabra que sale de sus labios, cada oración que termina, cala en lo más profundo de mi cabeza, e intento procesarlo todo con rapidez mientras él sigue explicando.
—¿Estás queriendo decir que, si voy por la vida empujando ancianos y escupiendo bebés, terminaré en el lugar en el que tú naciste? — pregunto, medio histérica por todo lo que me va revelando. Una carcajada ronca escapa de sus labios, y contengo mi risa, porque realmente es una duda que tengo.
—No, Valerie, si haces eso solo harás que me ría de ti — niega, divertido. Vuelve a llenar mi vaso con agua mientras sigue hablando —. Terminarás en el limbo si asesinas a esos ancianos o a esos bebés — explica.
Lo miro, pero mi cabeza está yendo a mil por minuto. Miro mi plato casi vacío, procesando todo lo que me acaba de decir. Y aprecio que me dé el tiempo mientras vuelve a llenarme el plato y yo enumero lo que sé hasta ahora.
Alma oscura: asesinar, violar, apagar pureza de otra alma.
Alma pura: ser un buen ciudadano y ayudar a cruzar a los ancianos por la calle.
Balthazar nació en el limbo y sus padres son dos asesinos en serie.