Cap.06

1061 Palabras
Sin embargo, esta vez no se siente con la misma intensidad que en la noche, sino que es más como una ligera caricia que se desliza por mi espalda, erizando mi piel y los vellos de mi nuca y haciendo hormiguear la punta de mis dedos de ansias de estirar mis brazos e ir en busca de la frialdad que parece ser menos intensa ahora. ¿Por qué se siente menos pesado que anoche? Extrañada, doy un paso hacia adelante, alejándome del frío contacto y me giro para encararlo, aumentando las palpitaciones de mi corazón al sentir aquella frialdad de frente pero un poco más alejada. Como si estuviera a pasos de mí. — ¿Pierdes la fuerza cuando el sol está arriba? ¿Eres un fantasma vampiro? — pregunto como una idiota hacia la nada, llenándome de valor y ahuyentando el terrorífico sentimiento de estar haciendo algo incorrecto al hablarle. Tal vez estoy volviéndome loca, pero esta es una situación muy peculiar y demasiado interesante para un alma tan curiosa como la mía. Sabiendo que no obtendré respuesta, suspiro y me giro de nuevo, ignorando su silenciosa e invisible presencia. Busco en el frigorífico, esperanzada de encontrar por lo menos unos hielos en la nevera, lo cual hallo sin tener que buscarlos mucho. Un poco más dudosa esta vez, me acerco hacia las alacenas y comienzo a abrir sus oscuras puertas en busca de algo que pueda usar para verter el agua. Y, para mi grata sorpresa, me encuentro con toda una vajilla de cristal de lo más hermosa y cara que he visto en mi vida. El abogado dijo que la casa estaría amueblada y que nada faltaría. Todo fue comprado nuevo antes de mi llegada, pero no esperaba que también me compraran la vajilla. Para ser justos, él no me había dicho mucho de nada cuando me entrego las llaves de la casa, solo me hizo firmar papeles y papeles, y cada vez que intenté extraer un poco de información, su semblante empalidecía y ponía excusas absurdas para desaparecer. Cuando por fin sacio la sed, dejo el vaso sobre la encimera y me encamino hacia la salida de la cocina, dispuesta a ir hacia mi coche y comenzar a bajar las cajas. Sin embargo, el sonido del vidrio deslizándose sobre el mármol de la cocina, me alarma. Me giro, encontrándome con que el pequeño vaso de cristal se ha movido de donde lo he dejado y ahora está en la esquina más cercana a mí. —Raro — susurro. Extrañada, me acerco hacia la isla de nuevo y observa a mi alrededor, intentando descifrar en qué parte de la cocina se encuentra el fantasma. Aun lo siento aquí. Cuando no logro encontrarlo ni sentirlo, simplemente bajo mi atención hacia el vaso de vidrio, dispuesta a tomarlo y llevarlo al fregadero para que no termine en el suelo como mi teléfono. Pero, cuando observo más atentamente el vaso, noto que, sobre el vidrio empañado por el contraste del agua helada con el aire caliente, hay una corta palabra escrita en él. "No" Mi respiración se queda atorada en mi pecho y mi corazón comienza a latir desenfrenadamente al observar aquella única palabra que comienza a borrarse en el vidrio, pero que se observa claramente, confirmándome que no estoy alucinándolo y que aquel ente acaba de contestarme. —¿No qué? — me pregunto en un susurro hacia el vacío, luego de unos segundos de estar tomando respiraciones profundas para calmarme — ¿No pierdes la fuerza con el sol o no eres un fantasma como Casper? — pregunta de nuevo. Debe sonar como una burla, pero por dentro estoy cagada de miedo por cualquier otra respuesta que pueda surgir. Sin embargo, esta vez no hay respuesta. Pero aun siento su presencia en la sala y su atención sobre mí. Suspiro con frustración y dejo el vaso en el fregadero. —Esto es de locos — susurro, saliendo de la cocina y sintiendo a cada paso que me alejo, como su mirada me perfora la espalda — ¿No tienes otra cosa más interesante para ver del otro lado, Casper? — suelto al aire, con mal humor por su persistencia observándome como un maldito acosador. Por obvias razones, no recibo respuesta. Pero me sorprendo cuando dejo de sentirlo por fin. No me sigue cuando salgo de la casa hacia el coche. Aliviada, me apresuro a tomar la caja que contiene algunos de mis snacks favoritos y artículos de cocina que tenía en mi habitación de la universidad. Muero de hambre y la cabeza esta matándome, definitivamente necesito comer y un descanso de esta loca situación. Parezco una loca al tomar todo esto como si fuera lo más normal, hablándole al fantasma que me ha encadenado a la cama y me ha obligado a sentirle hurgar en mi interior con su lengua, pero ¿qué más puedo hacer? Él no me ha lastimado, al contrario, me ha dado el mejor sexo de mi vida. Y, por más que esta situación sea de lo más irracional, no hay lugar al que pueda volver si me voy de aquí. Desistí de mi residencia universitaria cuando me mudé y abandoné los estudios. Además de no haber forma en el mundo en que vuelva a vivir con mis padres. De retomar los estudios de abogacía que nunca quise y que ellos seleccionaron para mi sin mi consentimiento. Pero, sobre todo, no pienso volver a Filadelfia, donde el imbécil abusivo de Thomas Lance debe estar buscándome. Prefiero mil veces quedarme con mi bien dotado fantasma, que volver a esa vida. Por lo que, más que segura de mi decisión, dejo de pensar tanto y por un rato solo me dedico a tomar cajas del coche y adentrarlas a la casa, haciendo de cuenta que toda la situación es normal y que solo estoy mudándome a una casa perfectamente normal y sin ningún fantasma semental con un m*****o gigante. Luego de dejar todas mis cajas a un lado de la puerta principal, busco entre ellas la que contiene comida, la cual es fácil de encontrar, ya que tiene escrita la palabra "diabetes" por todos lados, cortesía de mi madre, quien, al ver todas las golosinas y comida chatarra que había puesto allí, no dudó en regañarme, siendo esa la última conversación que tuvimos antes de que partiera.
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