Unos insistentes besos húmedos en mi cuello y el calor que desprende el cuerpo sobre el mío me obligan a abandonar el interesante sueño que estaba teniendo y a sonreír como una tonta cuando reconozco al dueño de los besos. Balthazar. En estas dos semanas, su nombre ha infestado mi cerebro y ya se niega a abandonarme si quiera un momento. Me obliga a pensarle cuando no está conmigo, a adorarle cuando me tiene en sus brazos y a desearle cuando me folla como sólo él sabe. Sus caricias, sus besos, sus actitudes posesivas y obsesivas. Todo me tiene tan inmersa en él que el tiempo pasa y se escurre entre mis dedos sin yo darme cuenta. Sin ser consciente de que, a cada minuto qué pasa, la amenaza se vuelve más contundente y peligrosa. Más corrosiva. Noto a Balthazar cada vez más tenso, pensat

