Mi corazón da un respingo al verle por fin, y todo mi interior hormiguea con ansias de tocarle. Cuando su mirada se estrecha con la mía, contengo mi respiración y todo parece desaparecer a nuestro alrededor por breves segundos. Hasta que Balthazar aparta la mirada primero y observa a Adara con una frialdad intimidante. —Largo — le ordena, sin dejar lugar a réplica, lo cual la castaña no tarda en acatar, huyendo de la habitación sin preámbulos. —No la trates así — me quejo, pero Balthazar me ignora. El susodicho no tarda en acercarse a la camilla en la que me encuentro, dando largos pasos mientras analiza mi rostro con rapidez, buscando no sé qué, lo cual me hace fruncir el ceño en confusión. Suspiro y niego, extendiendo la mano. —Eres intratable — ruedo los ojos. Sorpresivamente, mi a

