Prólogo

234 Palabras
“¡Papá!” La pequeña Topacio gritó. Se liberó del agarre de su madre y corrió tras el prisionero magullado y sangrante. Sabina agarró a su hija. “No, quédense atrás”, advirtió mientras dos guardias arrastraban a su esposo, sus cadenas raspaban el piso de piedra. Cayó de rodillas y sus ojos se encontraron. Ella se congeló de terror. “Ed...” Su nombre se atascó en su garganta. Levantó una mano sucia para advertirla que se alejara. Los guardias lo levantaron de un tirón y lo empujaron hacia adelante, ignorando a la mujer horrorizada. Verlo sufrir así le desgarró el corazón. “¿Adónde llevan a papá?” Los gritos de Topacio resonaron en las paredes de piedra. Las antorchas pulsaban al unísono con su demanda. “No lo sé, pequeña. No lo sé”. Pero Sabina sí lo sabía. Ella temía este día. Su amado Eduardo, encarcelado en esta inmunda y apestosa prisión por el cruel rey Enrique VII, había sido condenado a muerte. Su mente la hizo retroceder a través de los años: el cortejo apasionado, el matrimonio bendecido, el regalo de Dios de tres niñas preciosas. Cuando las oscuras fauces de la escalera se lo tragaron, Sabina se deslizó al suelo entre sollozos desgarradores. Al ver a su madre así, Topacio comenzó a llorar. Esa escena la habría de perseguir por el resto de sus días.
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