Amatista se sentó bajo su roble favorito tocando su laúd. El ruido de cascos se acercó y el instrumento se deslizó de sus manos cuando el mensajero estuvo a la vista. ¿Era la librea real que llevaba? El dragón rojo de Cadwallader resplandecía sobre un campo blanco, y las mismas galas cubrían su caballo. Desmontó y entregó las riendas a un mozo de cuadra igualmente sorprendido. Se acercó a ella, la miró y le dedicó una sonrisa que casi derritió las cuerdas de su laúd. “¿Está la señora Sabina por aquí?” Preguntó. Levantando la mandíbula del suelo, Amatista se puso de pie y se sacudió la hierba de la falda. “Mi madre está en la cama, señor, pescó una espantosa gripe de verano. ¿Puedo entregarle el mensaje?” “Supongo que sí. Es de parte del rey”. Él le entregó un rollo de pergamino grabado c

