Capítulo 9

1113 Palabras
A pesar de que su madre ha bajado la voz, Marcia oye claramente la voz triste y distante de su madre desde la cocina, en la planta baja, decir las siguientes palabras: «Si no fuera por ella, quizá seguiríamos siendo felices». Marcia estaba tumbada en la cama, con las rodillas recogidas contra el pecho, las mantas subidas hasta la barbilla y su pequeño cuerpo temblando por el peso de unas palabras que no entendía del todo, pero que de alguna manera sentía en su corazón. Sus padres se peleaban porque ella estaba enferma, porque era una carga. Lo sentía con la certeza que solo un niño puede tener. Levanta la vista hacia la puerta de su dormitorio y ve a su hermana mayor, Annette, de pie allí, mirándola. Los ojos de la joven Marcia se llenan de lágrimas, y su hermana mayor se acerca y la abraza con fuerza. «No pasa nada, Marcia, no te preocupes, mamá solo está cansada, eso es todo», responde Annette, de once años, que asume más responsabilidades de las que debería tener una niña de su edad, mientras le frota la espalda a su hermana. ¡Estúpidos mamá y papá! ¿Por qué hablan tanto cuando Marcia está en casa? ¿No suelen tener estas conversaciones cuando Marcia está en el hospital? Piensa Annette enfadada. Marcia mira a su hermana, con los labios temblorosos y los dedos agarrados con fuerza a su hermana mayor. «Pero... si no estuviera tan enferma todo el tiempo, mamá no estaría tan enfadada, ¿verdad?». Annette le seca las lágrimas a su hermana, con el corazón encogido al mirar el pequeño rostro de Marcia. Niega con la cabeza a Marcia, sonriendo suavemente. Marcia puede ver la tristeza en los ojos de su hermana mayor. Abajo, la voz de su padre responde: «¡Tracy! ¡Las niñas están arriba! ¡Deja de hacer eso!». Las niñas pueden oír su voz, áspera y cargada de emoción. «¿Ves? No lo niegas», dice Tracy, con una voz más distante que antes. Las niñas oyen pasos subiendo las escaleras y, a continuación, la puerta del dormitorio de Marcia se abre de par en par. Su padre entra con una pequeña sonrisa en el rostro, con café en una mano y chocolate caliente en la otra; su expresión cambia cuando ve las caras de sus hijas mirándolo. ========== El café de Marcia está listo, y ella toma su espresso y da un pequeño sorbo. Ese fue el momento en que todo cambió para mí, reflexiona. Fue entonces cuando la culpa y la ansiedad comenzaron a invadir mi vida. Sacude la cabeza como para alejar esos pensamientos mientras se dirige a su oficina para llamar al siguiente número de su lista. Al entrar, suena el teléfono. Marcia suspira y lo descuelga mientras deja el café sobre la mesa. Responde amablemente, forzando una sonrisa en su voz. «¿Hola?», dice una voz, aparentemente repitiéndose. Marcia se obliga a concentrarse. «Sí, hola», dice Marcia, sentándose. «Soy Alister Conway, ¿hablamos hace unas semanas?». «Oh, sí, Alister», responde Marcia, incorporándose en su silla. Se trata de un cliente potencial que podría reportar importantes ingresos a su negocio. «¿Ha tenido ocasión de revisar nuestra propuesta?», pregunta, ocultando su aprensión y hablando en un tono agradable. Hay una pausa al otro lado de la línea, seguida del sonido de papeles revolviéndose. Marcia contiene la respiración, esperando. «Ah, sí. Sobre eso...», dice la voz del hombre. ========== Unos minutos más tarde, Marcia termina la llamada. Se recuesta en su silla y traza distraídamente con los dedos el borde de su taza de café. Su mente vuelve a vagar, una vez más, hacia su infancia. Habían pasado años desde aquel incidente en la cocina, y la culpa que sentía por las peleas y el distanciamiento de sus padres había crecido junto con la distancia entre ellos. Su ansiedad por las relaciones se había intensificado al ver cómo la relación cortés y fingida de sus padres se volvía más formal, más parecida a una obra de teatro en la que todos los actores tenían guiones prescritos y ellos, sus padres, simplemente interpretaban sus papeles. Como resultado, evalúa a todo el mundo, calculando quién es seguro y a quién debe mantener a raya, y como no se atreve a confiar en nadie, se esfuerza más que nadie en todo lo que hace. No puede permitirse ser una carga. ========== Su mente vuelve a Jullian, el hombre en el centro de esta tormenta que la rodea. Imagina sus penetrantes ojos azul claro, como relámpagos, y recuerda cómo esos ojos la hicieron sentir vista en aquel entonces. Ahora, esos mismos ojos trabajan en su contra desde detrás del telón. Jullian. El primer hombre al que había amado de verdad. Una cosa es luchar contra sus propias inseguridades y su doloroso pasado, pero ahora el hombre al que creía conocer mejor que nadie —y que ella creía que la entendía de la misma manera— está librando una guerra contra su negocio. Durante toda su infancia, Marcia no pudo dejar de culparse a sí misma por la ruptura de su familia. Cuando sus padres finalmente se divorciaron, justo antes de irse a la universidad, se encontraba en un momento muy bajo emocional y psicológicamente. Marcia se convirtió rápidamente en un tipo especial de mujer: brillante y encantadora, pero que nunca dejaba que nadie, especialmente del sexo opuesto, se acercara demasiado. Era fácil hablar con ella, pero nunca revelaba mucho sobre sí misma. Se reía mucho y casi siempre estaba rodeada de gente. Sin embargo, en lo que respecta a amigos, tenía muy pocos. Sus relaciones íntimas habían sido escasas y ninguna había durado mucho tiempo. Ella no huía de ellas; eran sus parejas las que sentían la presión o la distancia en sus ojos, en sus gestos, esa falsa fachada que había aprendido de sus padres, esa sensación de estar con un actor, al que se le había asignado un papel y un guion que debía interpretar. A algunos les ponía nerviosos y a otros les enfadaba. Pero a ella no le importaba; al fin y al cabo, era una obra de teatro. Hasta Jullian... Eso nunca había sido una obra, una actuación o un papel. Era un hombre que se había estado escondiendo, y ella era la única que podía verlo, al verdadero ÉL, o al menos eso había pensado todos esos años atrás. Lo que lo hacía aún más real para ella era la sensación que tenía al estar con él; siempre sentía que esos penetrantes ojos azul claro podían ver a través de ella, hasta llegar a su verdadero YO.
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