Sofía Corría. El viento golpeaba mi rostro con la misma fuerza con la que mi corazón latía desbocado. El vestido, mojado y pegado a mi cuerpo, dificultaba cada paso que daba entre las sombras del bosque. Sabía que tenía que salir de ahí, que no podía dejar que él me alcanzara. Pero la tierra, mojada por la lluvia implacable, me traicionó y torcí el tobillo con un crujido sordo. Me caí al suelo, la humedad se filtró rápidamente, empapándome aún más. El dolor fue punzante, pero lo peor fue lo que escuché después: sus pasos. Santiago. El sonido de su acercamiento era inconfundible. Mi cuerpo temblaba, no de frío, sino de rabia, de desesperación. Intenté levantarme, pero el tobillo no respondió. No podía dejar que me alcanzara. No podía. —¿Pensaste que podrías escapar? —su voz llegó a mí

