Cinco años después. La lluvia caía inclemente cuando el auto estacionó frente al atrio del templo de arquitectura colonial que, aunque pequeño comparado con las grandes catedrales, había sido uno de los primeros construidos en la ciudad. Una mujer lo conducía y en el asiento de atrás, otra comprobó que salir en ese momento era una imprudencia pese a que faltaban cinco minutos para la hora pactada. Nerviosa, miró por el retrovisor a la conductora en tanto planchaba con las manos la tela impecable de la larga falda de su vestido. —No te preocupes, cabezota. La lluvia se irá pronto y podrás entrar. Vas a deslumbrarlos a todos, empezando por mi jefe —dijo Vanessa girando en su asiento hacia su amiga. Se veía maravillosa, envuelta en el radiante blanco del ajuar de novia que ella misma le ay
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