Scarlett:
Era hora de la cena, al parecer, vendrían unos ministros o no sé qué cosa, era algo que no me interesaba, sólo debía tener en mente que eran importantes y debía comportarme, aunque eso me hiciera morderme la lengua, necesitaba ser “buena” con él para que me dejará abrir un albergue para las personas vulnerables, sacar a niños, mujeres embarazadas y ancianos; si lo encontraba de buenas, quizás me dejará mejorar la vida de aquellos que se quedaban ahí.
Nara me había ayudado a vestirme para la ocasión, había dejado que me pusieran el estúpido corsé, mi ropa se transparentaba un poco y no era bueno que me vieran así.
Había caminado al gran comedor con mi mano en su brazo, sonriendo, aparentando que era el ser más feliz del mundo, si tan sólo supieran que sólo deseaba una cosa: volver a mi casa.
Al entrar en el comedor pude notar lo bien decorado que estaba; la mesa era grande, quizás para unas veinte personas o más. La mesa era de cristal, en el centro había una estrella tallada de tal manera que lo hacían ver como un sol, salvo que este sería n***o, me imaginaba habían usado obsidiana o algún material parecido, el resto de la mesa era de madera, ébano quizás. La oscuridad de la mesa era opacada por las luces colocadas por todo el lugar, lograban que todo pareciera de otro mundo, y bueno, en teoría lo era. De manera caballerosa mi “marido” me presento con todos aquellos hombres que no me interesaba conocer, al finalizar todo el espectáculo me había ayudado a sentarme.
Mientras hablaban de temas de política y otras cosas que me dio flojera pillar; yo me hacía la esposa tonta que sólo sonreía, reía cuando era necesario y asentía obediente, toda la noche, y eso que hubo momentos donde quise estamparles cada plato en sus arrugadas caras cuando hablaban de manera despectiva de las personas de Ignis, lugar de donde provenía la pequeña Sky; en definitiva, esto debía valer el albergue, me colgaran del dedo pequeño del pie si no.
- Es un placer conocerla su majestad –había dicho uno de ellos, el cual me parecía menos viejo que el resto, y eso era decir mucho.
- Lo mismo digo –le sonrío con falsedad intentando no retirar de manera brusca mi mano, la cual parecía tener pegamento en la suya. Omito una cara de asco al sentir sus húmedos labios sobre mi mano, me había dado escalofríos, de esos que te hacen sentir insegura y asqueada, quería irme a mi habitación para lavarme con cloro.
- Esperamos verlo de nuevo ministro –dice mi “marido” rodeando mi cintura, me apresuro a colocar una de mis manos en su pecho y la otra en su cadera.
- Claro que si su majestad, claro que sí –pronuncia sin dejar de verme, sin ser consciente aprieto con fuerza la cadera de Kaled, este parece entender el mensaje porque me cubre con su cuerpo, de manera protectora pero sin que sea tan obvio, agradezco en silencio.
Cuando el último invitado se va, corro a la habitación, me saco todo y lo dejo en un pequeño sofá; me pongo una camisa que uso para dormir y me dejo caer en la cama, que horrible experiencia, que asco de tipo, me había lavado la mano hasta dejarla roja, pero eso no había quitado la horrible sensación de repulsión que tenía.
- Siento que tuvieses que pasar por eso –su voz me hace saltar del susto, le miro con sorpresa.
- No fue tu culpa, la culpa es de ese bastardo que no es capaz de respetar a una mujer, muy independiente de su estatus social –me siento, cruzo los brazos molesta con el maldito sujeto que piensa que soy un trozo de carne; frustrada por no haberle podido poner un estate quieto e irritada por el maldito corsé del demonio.
- En la siguiente ocasión, te prometo que serás libre de retirarte en cuanto acabemos de cenar –dice estoico, alzo una ceja sorprendida, lo miro atenta, buscando un indicio de lo que sea que lo haga actuar así.
- Gracias –digo sincera–, y bueno, ya que estamos en esas –le muestro mis dientes una sonrisa mezclada con ojos del gato con botas.
- No –dice tajante, suspiro, ya lo veía venir, no es como que esperase un sí de buenas a primeras.
- Pero no sabes lo que te voy a pedir –digo en tono inocente–, además, me porte bien –sonrío ladeando la cabeza.
- ¿Qué es lo que quieres pedirme? –pregunta tras resoplar, se cruza de brazos mientras me analiza, o eso creo que hace.
- Que me dejes hacer un albergue donde pueda tratar a los niños, mujeres y ancianos de Ignis –digo seria mirándolo a los ojos.
- No –repite, su mirada es fría, parece un témpano de hielo.
- ¿Por qué no? –me pongo de pie y me acerco a él.
- No lo merecen y además... –alzo la vista al cielo, lo interrumpo.
- Te lo estoy pidiendo por los inocentes, los demás pueden ser castigados, por ahora –digo bajo–, haré lo que quieras pero, déjame hacerlo, por favor –lo miro a los ojos, no dejaría que más mujeres sufrieran el destino de la madre de Sky.
- Dos cosas, una, la pequeña tiene que vivir ahí –abro la boca para replicar, él alza la mano, dándome a entender que no está a discusión–, dos, tendrás cumplir con tus obligaciones como mi esposa –dice con esos ojos como una tormenta embravecida, trago saliva, sabía que sin importar qué, en algún punto pasaría esto... sólo que deseaba que no fuera tan pronto.
Kaled:
Mis palabras la habían dejado muda, sin embargo, había algo más que cumplirle su capricho o más allá de quererla en mi cama, era algo necesario para mi supervivencia. La razón de porqué un Dios se casaba con una humana, fuera de que era un castigo; era por la energía que nos aportaban, nos alimentábamos de ellas, si bien un abrazo era bueno, tener relaciones era mejor, podías pasar semanas sin necesidad de follar de nuevo.
- ¿Qué? –me mira como si le hubiese dicho que tenía que matar a alguien.
- No es por gusto, es por necesidad –digo sin inmutarme–. La razón de casarnos con ustedes, fuera de si es o no un castigo; es para alimentarnos de su energía, no las vamos a dejar secas ni cansadas –digo cortando su pregunta–, al menos no por esa razón –digo bajo, da un respingo mientras se sonroja.
- Si lo hago, ¿me dejarás ayudarles? –me mira seria, casi puedo decir que es un sí.
- Sí –digo alzando mi mano–, es una promesa, a partir de mañana comenzará todo –digo mirándola atenta.
- Esta bien –dice tras suspirar–, sólo debes saber una pequeña cosa antes de comenzar –me mira con una seriedad de muerte.
- ¿Qué?, ¿me vas a decir que eres virgen? –digo con burla, era imposible que a sus veintitrés lo fuera.
- No le veo la gracia –se cruza de brazos–, y si, lo soy, soy virgen –a pesar de su molestia, puedo ver un ligero rubor en sus mejillas.
- ¿Por qué? –la pregunta sale sin pensar, ella rueda los ojos, la miro sin inmutarme por su mal humor.
- No tenía tiempo, además –suspira con pesar–, los chicos del pueblo eran todos idiotas –sonríe sin gracia.
- Bueno, eso no lo esperaba, yo –rasco mi nuca nervioso, jamás me había encontrado en esta situación–, ¿lo haré con cuidado? –es más una pregunta que una afirmación.
- Tengo una idea –dice seria mirándome a los ojos, no estaba tan seguro de que me gustará, pero bien podría equivocarme.