Los hermanos se pueden odiar, se pueden dejar de hablar, se pueden enemistar y lastimar, pero en momentos de angustia y necesidad, la sangre no puede olvidar. Y Hades no fue la excepción. Aunque juró que no ayudaría a Poseidón con Rebeca, no soportaba verlo sufrir de esa forma. Después de tantos siglos buscando la felicidad y corriendo tras ella, no podía dejar que la maldita muerte los separara. Mucho menos después de oír a Rebeca en el inframundo. Al llegar su alma a su mundo, él fue en su busca, quería conocer a la mortal que había robado el corazón de su hermano y lo había vuelto un alfeñique en sus manos. ―Así que tú eres la mujercita de mi hermano ―dijo en cuanto la vio y la escaneó de arriba abajo―. Rebeca. Ese es tu nombre, ¿verdad? Hades tenía la mala cualidad de perturbar a c
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