27 de junio de 2016
El Congo, África.
Odio estar donde estoy, ya me terminé dos botes de bloqueador desde ayer, me arde la piel y detesto tener que dormir con una malla cubriendo mi cama, por los mosquitos y los demás bichos que parece que salen de todas direcciones y a todas horas, me pone de mal humor tener que estar pendiente de ver si no tengo un bicho sobre la cabeza, pero Igor así lo orquesto todo, incluso rentó una cabaña muy austera para la experiencia, cabañas de madera que tienen vecinos a unos minutos de distancia.
A Stella la gustó la idea, dice que así está más cerca de la naturaleza, en cambio yo, no puedo convencerme de que me guste.
Lo que a mi hermano mayor no.
Pesé a que en un principio Damién estaba más que conforme, fue hasta que descubrió a nuestra hermana cerca de un chico turista que, como nosotros, había ido de vacaciones austeras, y era nuestro vecino de la cabaña de al lado.
Parece celoso desde ayer, malhumorado, y no deja de verla cuando esos dos están hablando.
No puedo negar que yo tampoco estoy muy contento con eso, no dejó de hallarle defectos a ese chico de mirada simpática y rubio cabello principesco.
Quisiera que Stella me mirara con ese mismo entusiasmo con que lo veía en la fogata donde compartíamos con el grupo de turistas de las cabañas.
Y ahora, que, en mitad de la noche, Damién y yo descubrimos como Stella besaba al turista, el sentimiento se apoderó de mi como un camión estrellándose contra mí a cientos de kilómetros.
Ella sonrió sonrojada cuando la descubrimos, pero ninguno hizo nada, ni siquiera Damién quien solo entrecerró los ojos con la punzada de los celos asomando en sus ojos verdes.
Ni siquiera yo pude hacer algo al respecto, Damién no me lo permitiría si así fuera.
Ahora no puedo dormir de solo pensar que Stella hubiera besado a alguien más que no fuéramos nosotros.
¿Será que la estamos alejando de nosotros?