Atrapada en sus brazos.

2899 Palabras
PVO Kassandra. —¡¿Qué, qué?! ¿Ese boom asesino de afuera es tu... —¡Shhh!—Coloco mi mano completa en su boca para callarla.—¿Si deseas, te puedo dar un megáfono para que lo anuncies a la comunidad femenina de la universidad y así me terminen por linchar? Ella niega con la cabeza de inmediato. Y yo agradezco al cielo que no haya nadie en el salón de clases, o ya hubiese llamado la atención del club de fans de ese hombre. Y lo que menos quiero es eso. Hace unos días que me enteré de que ese tipo, Sadrac, es el nuevo guardia de seguridad de la universidad. Algo que sería normal, si no fuese él, ¡justo él! ¿Pero porque está aquí? ¿Será por su camisa? —A ver, vuelve a decirlo, porque yo aún no te creo nada.—Me cruzo de brazos y, por curiosidad, alzo mi vista hacia afuera.—¿Lo estás buscando, cierto? —No te lo voy a negar—respondo sin dejar de buscar con la vista.—Ese hombre es un obsesivo, mira que venir hasta Berlín solo por una camisa, y que yo recuerde, sí le pagué. —¿Segura que está aquí por ti?—Se para a mi lado.—Quizá solo sea casualidad, Kassandra, y tú estás exagerando. Quisiera que fuese casualidad, pero lo que pasó después de perder la consciencia esa noche aún me deja más claro todo: ese hombre está aquí por mí. —No, sé que él quiere algo, de lo contrario no me hubiese besa..—Me tengo que morder la lengua para no decir esa palabra. Si Ginny se entera, me va a... —¡¿Te besó?!—Mi frente se pega sola contra la ventana.—¡Ah, no! Eso sí no me contaste, y exijo ahora mismo que me cuentes todo con lujo de detalles, Kassandra Sterling, ahora. Levanto la cabeza y me froto la frente. No dolió, pero lo que me sorprende es lo astuta que es Ginny para leer a las personas, o suponer algo que no dije. —Kassandra, por Dios, me estás dejando sin uñas, niña, y eso no se hace a una amiga. —¿Amiga?—Refunfuño sarcástica.—Que yo recuerde, mi amiga—hago énfasis en esa palabra—me abandonó para irse a tener sexo con su novio toda la madrugada, a pesar de que solo dijo que iría al baño. ¿Ya lo recuerdas? —Sí, ya lo recuerdo, ¿y qué pasó?—Se tapa la boca y pareciera que los ojos se le van a salir.—¡¿No me digas que fue en la fiesta de mi Ilenko que pasó?! Hago un puchero y desvío los ojos de nuevo al patio. —¡Dios, no!—Da saltitos eufóricos.—¡Te comiste a ese guardia! Vuelvo a golpearme la frente con la ventana. En serio, no sé cómo llega a esas conclusiones tan precipitadas, aunque bueno, casi. Aún puedo recordar esas palabras que creí fueron parte de mi imaginación. "Vas a ser tú quien me busque, sirenita, quien me necesite, quien termine pidiéndome más cuando te tenga gritando mi nombre bajo mi cuerpo" ¿P-pero por qué dijo eso? ¡Es ilógico! Yo no quiero nada con ese hombre, por más bueno que esté. —¡Ay! Te sonrojaste.—Se señala con el dedo.—Eso significa que sí ¡ya no eres virgen! —¿Qué? ¿Doña perfecta ya no es tan perfecta?—Y quien menos quería que escuchara: Rena y su grupo.—¿Escucharon eso, chicas? Kassandra “fenómeno” Sterling ya no es virgen. Me pregunto quién habrá sido el desafortunado. —Oye repite eso...—Aparto a Ginny y niego. No vale la pena con este grupo de envidiosas. —Mejor vámonos, yo no tengo que darles ninguna explicación a nadie sobre mi vida. Tomo mi mochila, mi libro y salgo a paso apresurado por su lado, pero ante mi apuro, una de ese trío de arpías levanta su pie, haciendo que caiga de cara contra el suelo. Mierda… mi rostro. —¡Kassandra! Mi amiga corre en mi auxilio y me ayuda a sentarme. Por supuesto, su preocupación es por mi rostro, el que creo que me va a doler por unos días. Mis lentes se acaban de romper, y en mi frente debe haber un chichón, y si no es hoy, aparecerá mañana. —¡¿Pero qué rayos te pasa?! ¡Bruta!—Les grita mi amiga, sin importarle que sean más. —Que sea una cuatro ojos y no vea bien no es nuestro problema—responde la tonta de Rena, que mantiene su sonrisa de triunfo y burla. "Dios, en serio yo amo al prójimo, pero algunos no se dejan" —Eres una... Ginny se levanta enfurecida y, antes de que pueda detenerla, se lanza contra la chica que me puso el pie. Lo que pasa después es un griterío, el caos. Ambas caen al suelo, gritan, luchan, forcejean, pero Ginny es una fiera que logra arrancarle varios mechones. Lo veo en el suelo, en sus manos. La pobre solo llora y ahora suplica por ayuda, y por más que le pido que pare, no escucha razones. Creo que alguien no sabía que era cinturón n***o, y ahora lo lamenta. Quiero reír y lanzarle porras para que la deje calva, pero el ligero dolor en mi nariz me hace detenerme. —¿Qué es lo que está pasando aquí?—Una voz masculina, una que logro reconocer, me congela en mi lugar. —¡Ayuda! Esa mujer es una salvaje—vocifera Rena con voz angustiada.—Va a matar a mi amiga. ¡Ayuda, por favor! A pesar de mi estado de petrificación, producto del miedo y la ansiedad, logro dar unos pasos hacia Ginny, de espaldas hacia esa persona que se acerca cada vez más. —G-ginny, ya, suéltala.—Suplico, y lo hace, no sin antes darle una buena cachetada que creo le rompe un diente. —Eso es para que aprendas a no meterte con nosotras, ¡Barbie operada!.—Gruñe, sacudiéndose las manos.—¿Y ustedes qué? ¿También quieren? Rena y su otra amiga se apresuran y van en auxilio de su amiga, que comienza a llorar a moco tendido porque ahora se hacen las víctimas. —¡Ellas!.—Nos señalan.—Ellas nos atacaron sin motivo alguno, señor, solo porque nos reímos de... —¡Tú le pusiste el pie, maldita bruja mentirosa!—Refunfuña mi amiga, a quien tengo que sostener para que no empeore las cosas. —N-nosotras solo reímos por su torpeza.—Dice la otra, que pone cara de víctima. —¡¿Torpeza?!—Vuelve a gritar.—¡Tú le pusiste el pie y ella se cayó al suelo! Se lastimó. —¿Qué? Ese hombre, antes de que me dé cuenta, ya está frente a mí. Y mi amiga, que no le había quitado la vista de encima al grupo de arpías, recién se da cuenta de que es él, Sadrac, y se queda paralizada al tenerlo a solo unos centímetros. —U-ustedes es... No puedo decir nada para hacerla callar, para evitar que siga soltando tonterías, porque él me está mirando. Fijamente, con una preocupación que me desarma. Su mano roza mi rostro, y sé que debo estar roja, no solo por el golpe, sino por la forma en que me observa. Estoy a punto de decir algo, pero me detengo al ver que su expresión cambia. Se endurece, se vuelve oscura, peligrosa. Y entonces siento miedo, mucho miedo. —Lárguense antes de que las reporte o les pase algo peor.—Dice él, apartándose un poco de mí. —¿Qué? ¿Pero fue esta salvaje la que... —¡He dicho que se larguen!—Vocifera, y el pasillo donde estamos queda en completo silencio. A pesar de que hay pocas personas a esta hora, salen corriendo como ratas, incluidas el grupo de arpías que no sueltan ni una sola palabra más después de aquel grito gutural que asustaría a cualquiera, incluso a mí, que me encojo como un caracolito del miedo. Solo Ginny, como valiente que es, y más emocionada por tener de cerca al dios griego de la universidad, se queda a mi lado, pero no por mucho. —Mierda.—Gruñe, y vuelve su atención hacia mí. Toma mi rostro sin pedir permiso y me observa fijamente, deteniéndose sobre todo en mi frente y mi magullada nariz. Como es de esperarse, su expresión de enojo no cambia—al contrario, empeora—y continúa examinándome por largos y eternos segundos, y yo, yo no puedo evitar ponerme nerviosa bajo su mirada Mientras lo hace, aprovecho para observarlo de cerca. Y aparte de su delicioso olor, lo que realmente capta mi atención son sus ojos grises, con un iris ambarino que me deja sin aliento. Jamás he visto unos ojos tan bellos y letales en mi vida. Y es terrible que sea él, justamente él, quien los tenga. —M-mi amiga se lastimó bastante feo, señor guardia, y todo por culpa de esas arpías que le pusieron el pie, pero no parece nada grave.—Dice mi amiga con voz aduladora.—Debería ir a la enfermería, que le pongan algo para el dolor y evitar que le quede marca. —Tienes razón.—Murmura Sadrac, y por un segundo nuestras miradas se cruzan. —Esto me recuerda que tengo algo muy importante que hacer.—Dice Ginny, levantando su cartera y la mía—Amiga, lo siento, pero tú sabes que esto es importante, además, estás en manos seguras. Esta loca, no pensará en... —G-ginny, no, espera, te acompa... Pero antes de que pudiera reclamarle que no me deje sola con este peligroso hombre—porque lo es, tiene una gran bandera roja en su cabeza—la muy traidora sale casi volando. En un par de segundos, ya no quedaba ni su perfume. ¡Ginny!!!! —Yo puedo ir sola, gra... ¡Ahhh! Antes de que pudiera tan solo dar un paso, este hombre me alza en brazos, ¡sin mi permiso!. De nuevo haciendo lo que quiere. Es un completo descarado. —Oiga.—Le reclamo entre molesta y avergonzada.—Bájeme, yo puedo ir sola, no me lastimé las piernas, solo fue un rasponcito, nada más. Pero, a pesar de mi reclamo, él no me baja. Al contrario, hace un extraño movimiento hacia su radio y sigue avanzando en silencio, con una dureza en su rostro que me hace bajar la mirada. La verdad no lo entiendo. Es un guardia, y debería agradecerle por aparecer y ahuyentar a esas ratas, pero se está pasando, y aún más cuando salimos de la universidad y me entra a un auto n***o blindado. ¡¿Pero qué demonios?! —O-oiga, espere, ¡¿a dónde me lleva?! —Avanza.—Ordena él con voz gruñona, y el chófer solo obedece. Yo aprieto mis manos contra mi pecho, porque me vienen a la cabeza esas sucias palabras que dijo mientras estaba en el limbo del sueño y la realidad. —E-esto es un secuestro, deténganse.—Digo con la voz más seria que puedo.—He dicho que se detengan o estarán en serios problemas. Los voy a denunciar. Sadrac suelta una risita hermosa, malévola, pero hermosa, que me eriza la piel y me indica que poco o nada le importa mi pedido. —Guarda silencio, o esa herida en tu nariz se va a hacer más grande.—Gruñe, visiblemente enojado.—Y no creo que quieras tener una marca en tu rostro por el resto de tu vida, ¿verdad? —¿Marca? Saco mi espejito y me veo el rostro. Tengo que ahogar el grito que quiero lanzar al ver mi cara. Tengo un raspón en la frente y una heridita en el puente de la nariz, nada grave, pero se ve feo. —Ya llegamos, señor.—Dice de pronto el chófer, y el malvado señor de mirada oscura me saca sin pedirme permiso. —Espera, ¿a dónde... Pero me detengo al ver que estamos entrando a una clínica, a una de las importantes de la ciudad, cabe resaltar. ¿Me trajo a una clínica solo por un raspón? —Bienvenido, señor... digo, ¿en qué lo puedo atender? —Llama a tu mejor médico.—Me mira de reojo y la doctora me dirige la mirada.—Ella está lastimada y necesito que la revisen. —O-oye, no, solo me caí y... —En la habitación 5, por favor, en seguida iré yo personalmente a revisarla. A pesar de mi negativa y con pasos torpes, el hombre toma mi mano con firmeza y me arrastra hacia esa habitación, sin importar mi opinión. Pero tampoco es como si pudiera reclamarle. Aún debe seguir molesto por haberme escapado aquel día en la playa. No, mejor espero y después aclaro ese asunto. —O-oye—susurro, apartando mi mano de la suya—. Esto es… exagerado. —Nada es exagerado si se trata de tu rostro. Trago saliva al escuchar su voz en ese silencio absoluto y sentir su mano recorrer mi cara una vez más. —¿Te duele? —N-no, nada.—Miento, bajando la mirada. —¿Segura? —Dije que no.—Refunfuño, y aunque quiero lanzarle mil cosas más, me abstengo. La puerta se abre, dejando ver a la doctora que, a pesar de las heriditas que tengo y de decirle que no es nada, me revisa como si fuera una paciente grave. Me coloca cremas, una pequeña venda y jura, casi promete a ese hombre, que estaré bien, para salir enseguida. ¡Pero qué tal! Si yo soy la paciente, es a mí a quien debería decírselo. Pero cuando la puerta se cierra y nos quedamos solos, toda mi valentía para hacerlo se me esfuma. —Y-yo debo irme.—Digo, y avanzo hacia la puerta, pero él coloca su mano encima.—Oye, d-debo irme. —¿De nuevo te vas a escapar? ¡No!!!! ¡Sí lo recuerda! —D-de qué habla? Yo no... —¿No me conoces?—Me corta, tomando de nuevo mi rostro entre sus manos.—¿En verdad me vas a negar... sirenita? Mi corazón se acelera de manera inexplicable y mis mejillas se tornan rojas. No sé qué me pasa, pero que me llame así solo hace que me ponga nerviosa. No, debería. —N-no me llame así.—Aparto sus manos.—Y no, no lo voy a negar, ¿acaso me está siguiendo, señor guardia? —¿Señor guardia?—Alza una ceja. —Sí, guardia, ¿o cómo quiere que le llame, eh? Sadrac, a pesar de que sigue mirando con fijación mi herida, vuelve a acercarse, con con esa aura maligna que lo rodea. No me gusta, pero tampoco soy capaz de apartarlo. —Dí mi nombre, sirenita, solo llámame por mi nombre.—Murmura como si fuese una orden, y posa su dedo en mi labio.—¿Lo recuerdas, verdad? —S-sadrac.—Diablos, ya me delaté. —Sí, así debes llamarme.—Murmura esta vez con una sonrisa.—Y a tu otra pregunta, pues no. No te estoy siguiendo, esto es... casualidad. Yo nací y vivo en Berlín. ¡No puede ser!!!! —P-pues... no te creo, ¿me vas a decir que estabas de paseo en la playa de Nueva York y de pronto nos encontramos así como así? Sadrac suelta una risita hermosa, pero sin dejar de apartar su mano.¡Ag! —Ya ni recuerdo qué hacía en esa playa, pero qué más da.—Se encoge de hombros.—Lo que sí recuerdo es que una niñita arruinó mi camisa valorizada en 500 dólares y se largó sin pagarla. Paso saliva. Y ahora que hago cruces, todo tiene sentido: él quiere que le pague su costosa camisa, que debe valer un mes de su salario. Por eso me sigue. No hay otra explicación. —Y para colmo de males, acaba de dañarse el rostro.—Dice, esta vez mirando mis labios como si fueran comestibles. —Y-yo te lo pagaré, en serio y... —¿Y cómo será esa paga?—Me jala hacia él por la cintura, causándome un estremecimiento por su cercanía.—¿Me gustaría saberlo? —D-dinero.—Digo, a duras penas. —Yo no quiero dinero, eso no me importa.—Replica, como si en verdad no le importara.—Yo quiero otra cosa. —¿Q-qué cosa? Se lo que quiere, o al menos lo imagino. Su cercanía y esa manera de mirar mis labios me lo dicen, pero no me aparto. No sé qué le pasa a mi cuerpo que no reacciona a mis pensamientos de auxilio. Y antes de que puedan unirse mis neuronas, Sadrac se lanza a besarme, pero no es un beso tierno, no de esos que deseaba en mi primer beso. Aun así, dejo que él me enseñe, que me devore hasta el aliento. Sin darme cuenta, ya había caído...en las garras de mi Sr Oscuro.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR