EL ABISMO DE LA VERDAD
El aire en la planta alta siempre se sentía más espeso, como si el oxígeno se negara a subir las escaleras para encontrarse con mi enfermedad.
Louisa Miller, era la sombra de lo que había sido antes, su sonrisa alegre había desaparecido, sus ojos habían perdido su brillo, la mayoría del tiempo estaba cansada, triste, o sumida en un silencio s*****a.
Esa tarde, apoyada en el marco de la puerta de su habitación, respiraba con una fragilidad intentando disfrazar un suspiro. El silencio de la casa, ese que tanto había reclamado, ahora le parecía una fría mortaja.
Abajo, en la cocina, el mundo seguía latiendo con una calidez que la hería más que cualquier síntoma físico.
Bajó un par de peldaños, movida por una curiosidad masoquista, una necesidad de verificar que su plan de sustitución avanzaba según lo previsto. Se detuvo en el descanso de la escalera, oculta por la penumbra de un jarrón antiguo. Desde allí, la vista hacia la cocina era perfecta.
Dylan estaba de pie frente a la isla de mármol, intentando picar unos tomates para la cena. Se veía distraído, con la mente a kilómetros de distancia, probablemente en el informe médico que Louisa le había prohibido mencionar. O en alguna conversación con Marcus. De repente, el cuchillo resbaló.
—¡Maldita sea! —exclamó Dylan, soltando el utensilio que cayó en un golpe seco al suelo.
Un hilo de sangre, rojo y escandalosamente vivo, comenzó a brotar de su dedo índice. No era una herida profunda, pero fue el catalizador de la escena que Louisa más temía y, a la vez, más buscaba.
Miriam, que estaba guardando la vajilla, dejó todo de lado con una agilidad felina. En un segundo, estaba frente a él.
—Déjame ver, Dylan. Quédate quieto —dijo Miriam con esa voz dulce, maternal.
Louisa observó, con el corazón golpeando sus sienes, cómo Miriam tomaba la mano de su esposo. No fue un roce accidental; fue un gesto de posesión suave. Miriam envolvió la mano de Dylan entre las suyas para inspeccionar el corte, y luego, con una delicadeza que rayaba en lo íntimo, llevó la mano de él bajo el chorro de agua fría.
La imagen se congeló en la retina de Louisa: los dedos de Miriam entrelazados con los de Dylan, la cabeza de ella inclinada hacia él, y Dylan… Su Dylan, no se apartó.
No hubo el rechazo que Louisa, en un rincón oscuro de su alma, todavía esperaba. Al contrario, él exhaló un suspiro de alivio, dejando que ella cuidara de él.
En ese instante, Louisa sintió que la punzada no estaba en sus pulmones, sino en el centro exacto de su identidad. Los celos no fueron una emoción sana, fueron un impacto crudo, agrio, físico. Sintió como si un ácido corrosivo le recorriera las venas.
—“Miriam ya no es una intrusa” — pensó con un horror gélido —. La intrusa aquí soy yo.
El dolor emocional fue tan violento que desencadenó una respuesta violenta en su cuerpo agotado. Se giró para huir, para volver a su refugio antes de que ellos la vieran y descubrieran que la "villana" seguía teniendo corazón. Pero al dar el primer paso de regreso, el suelo pareció licuarse.
Un espasmo agudo, como un rayo de hielo, le atravesó el pecho de parte a parte, robándole el aliento de cuajo. Louisa abrió la boca para pedir ayuda, pero solo salió un estertor seco. Su visión se llenó de estática blanca. El mundo se inclinó en su eje peligrosamente.
—¡Mami!
La voz de Luca, que había estado jugando en el pasillo con sus camiones de madera, sonó extrañamente lejana. Louisa trató de estabilizarse sosteniéndose contra la pared, pero sus dedos, entumecidos, solo arañaron el papel tapiz. Sus rodillas cedieron. Cayendo al piso.
—¡Mami!... ¡Mami no te mueras! —el grito de Luca desgarró el aire de la casa, cargado de una angustia que ninguna madre debería escuchar jamás—. ¡Mami, despierta! ¡Mami!
Louisa sintió el impacto de la madera contra su mejilla. El frío del suelo fue lo último que registró antes de que la voz aterrada de su hijo se convirtiera en un eco difuso que se apagaba en la nada absoluta.
POV: DYLAN
El grito de Luca fue como un disparo en el pecho. Dylan soltó la mano de Miriam con una violencia que hizo que ella retrocediera. No necesitó procesar las palabras del niño; el tono de terror fue suficiente para que su instinto se activara.
Corrió hacia las escaleras, subiéndolas de dos en dos, con el corazón queriendo salir por la boca. Al llegar al descanso, la imagen que vio lo golpeó como un mazo: Louisa estaba tendida en el suelo, pálida, con una mano extendida hacia adelante como si hubiera intentado alcanzar algo que ya no estaba.
Luca estaba arrodillado a su lado, sacudiendo de los hombros a su madre gritando: ¡Mami despierta! ¡DESPIERTA!
La desesperación de Luca se veía reflejada en sus mejillas empapadas de lágrimas.
—¡Louisa! ¡No, no, no! —Dylan se desplomó a su lado. La tomó en sus brazos y su cabeza cayó hacia atrás, inerte. Estaba fría.
Terriblemente fría—. ¡Louisa, mírame! ¡Abre los ojos, Lu, por favor!
Dylan temblaba de miedo al ver a su esposa sin reacción. Sebastián llegó seguido de Martha, que al ver el cuadro empezaron a llorar.
Miriam de pie detrás de Dylan, con el rostro desencajado, miraba el cuadro sin saber si decir lo que sabía o callar como lo había prometido. Dylan ni siquiera la miró. Solo podía ver la fragilidad de su esposa, esa mujer que se había pasado meses alejándolo con insultos y frialdad, pero que en ese momento no era más que una muñeca de porcelana rota en sus brazos.
—¡Llama a la ambulancia! ¡Ahora! —le rugió a Miriam sin apartar la vista de Louisa.
Dylan la apretó contra su pecho, meciéndola involuntariamente.
—¡No me hagas esto, Lu. No me castigues así. No te vayas odiándome, por favor…!
Miriam llamó a emergencias y luego llevó a los niños a la habitación de arriba.
Los médicos la estabilizaron rápidamente. En minutos, Dylan se encontró sentado junto a la camilla clavando sus ojos en el rostro pálido de su esposa.
El trayecto en la ambulancia fue un borrón de luces rojas y sonidos estridentes que Dylan apenas recordaría después. Solo recordaba el peso de la mano de Louisa en la suya, una mano que se sentía cada vez más ligera, como si el espíritu de ella se estuviera evaporando.
MIENTRAS EN EL HOSPITAL
Sofía estaba en la entrada de Urgencias, terminando de hablar con el Dr. Marcus.
Había ido a recoger los nuevos medicamentos, aquellos que Marcus le había confesado que eran "solo para el confort", una frase elegante para decir que el final estaba cerca.
—Ella está equivocada, Marcus —decía Sofía, ajustándose el abrigo—. Está intentando que todos la odien. No sé cuánto más pueda soportar Dylan este teatro.
Marcus asintió con una tristeza profesional.
—El miedo a dejar un vacío a veces hace que la gente intente quemar el bosque antes de irse, Sofía. Pero ese fuego también la está quemando a ella.
Sus palabras se cortaron cuando el chirrido de unos neumáticos y el aullido de una sirena irrumpieron en la entrada. Las puertas de la ambulancia se abrieron de golpe y los paramédicos bajaron una camilla a toda velocidad.
Sofía sintió que el mundo se detenía. Sobre la camilla, Louisa parecía una sombra de sí misma. Su piel tenía un matiz grisáceo que gritaba su fin. Al lado, aferrado a la barandilla de la camilla como si su propia vida dependiera de ello, estaba Dylan.
Su ropa estaba manchada de sangre (el pequeño corte del tomate que ahora parecía una ironía cruel) y su rostro estaba desfigurado por el llanto.
—¡Louisa! —gritó Sofía, dando un paso adelante, pero Marcus fue más rápido, interceptando la camilla.
—¿Qué pasó? —preguntó Marcus, ya en modo médico, mientras revisaba las pupilas de Louisa.
—Se desplomó... Luca la encontró —sollozó Dylan, tropezando con sus propios pies mientras intentaba seguir el ritmo de la camilla que entraba al hospital—. No respiraba bien, Marcus. ¡Haz algo! ¡Por favor, haz algo! ¡No la dejes morir!
Rápidamente llegaron a la zona de triaje. Las enfermeras intentaron separar a Dylan de la camilla, pero él se resistía, seguía aferrado a la mano de Louisa con una fuerza que rayaba la locura.
— Señor tiene que salir y dejarnos trabajar. — dijo una enfermera. Pero Dylan no la escuchó. No escuchaba a nadie.
— Dylan, espera afuera. Por favor. — le pidió Marcus.
Dylan negó con la cabeza.
—No me dejes, mi amor... —le suplicaba Dylan, con la voz quebrada, pegando la frente a la mano de ella—. No me dejes, Louisa. He aguantado tus gritos, tus desplantes, tu silencio... pero esto no lo podré soportar. No sabría que hacer sin ti. No hay nada para mí después de ti, Louisa.
En la puerta, Sofía buscó la mirada de Marcus. La escena era desgarradora, la imagen pura de una desnudez emocional insoportable. Al ver la expresión de desesperación de Dylan ambos sintieron un nudo en sus estómagos y el frío de la derrota instalarse en los huesos.
Ambos bajaron la cabeza al unísono. Sofía cubrió su boca con la mano para ahogar un sollozo. Sabía lo que Louisa estaba intentando hacer con su "farsa", pero al ver a Dylan así, destruido, se daban cuenta de que el amor de ese hombre no tenía póliza de seguro posible.
No importaba cuánto veneno inyectara Louisa en sus recuerdos; si ella moría alejandolo, Dylan moriría con ella.
Dentro de la habitación, el monitor comenzó a emitir un pitido rítmico, rápido, desesperado, como si el corazón de Louisa estuviera intentando decidir si quedarse en el mundo de los vivos o seguir finalmente el camino de los muertos.