MILAGRO PRESTADO

2032 Palabras
MILAGRO PRESTADO ​La noche en la habitación principal de los Miller se sentía como un barco recuperado del fondo del mar. Tras meses de naufragio, de dormir en orillas separadas y de gritos y rechazos silenciosos, el aire finalmente se había calmado. Dylan descansaba con una pesadez que solo conocen los que han cargado demasiado peso en sus hombros. Su respiración era un sonido rítmico que Louisa sentía contra su propia piel. Él la rodeaba con un brazo, con una fuerza delicada, intentando impedir que ella se deslizara hacia la eternidad antes de tiempo. ​Pero Louisa no podía dormir. Sus ojos estaban fijos en el juego de sombras que la luna proyectaba sobre el papel tapiz, pensando en lo cerca que estuvo de no volver a ver esas paredes. El dolor físico estaba ahí, como un latido constante bajo sus costillas, recordándole que su cuerpo era ahora una estructura frágil, pero su mente estaba extrañamente lúcida esa noche. Louisa no se movió, no quería despertar a su esposo. Cerrando los ojos hizo una oración, nacida de la desesperación de una madre y de una esposa. De una mujer que suplicaba una tregua al cielo. ​"Sé que mi tiempo ha llegado, lo siento con cada punzada en mi cuerpo — susurró con su corazón en la mano —. Sé que no hay marcha atrás, vi éstas mismas señales en mi madre, este avance cruel en mi sangre reclamando mi fin. Pero hoy, mientras siento el calor de Dylan, te suplico un milagro de tregua. Solo por unos días. Dame una tregua donde el dolor se convierta en un eco lejano, donde mis pulmones no quemen al inhalar y mis piernas no fallen al dar un paso... Tragando sus lágrimas continuó: — … Dame la fuerza para volver a ser la Louisa de la que él se enamoró, no esta frágil sombra. Dame unos días para que mis hijos graben en sus retinas mi sonrisa y no mi agonía. Permíteme, por favor…volver a ser la mujer de Dylan, con toda la fuerza de mis sentidos. Por favor... solo te pido unos días de calma, Señor, por favor...Solo unos dias” ​Se quedó dormida con esa súplica en sus labios, entregándose al sueño mientras una lágrima solitaria se perdía en la almohada. ​Cuando los primeros rayos del sol de abril atravesaron las cortinas, Dylan despertó con el sobresalto habitual. Su primer instinto fue tocar la mano de Louisa para comprobar su temperatura, temiendo el frío de la ausencia. Pero esta mañana, lo que encontró fue distinto. ​Louisa estaba sentada en el borde de la cama, cepillándose el cabello. La palidez cadavérica que la había acompañado en la UCI había sido reemplazada por un rubor natural, un color melocotón que iluminaba sus mejillas. Sus ojos, antes hundidos y opacos, brillaban con una chispa de vida que parecía desafiar todas las leyes de la lógica. ​—Buenos días, dormilón —dijo ella, sonriendo. Su voz no era un susurro roto, sino una melodía clara. ​Dylan se incorporó, frotándose los ojos, incrédulo de lo que veía. —Lu... ¿Cómo estás? Te ves... te ves increíble. ​—Me siento como si hubiera nacido de nuevo, Dylan. La presión en mi pecho se ha ido. Es como si el destino me hubiera concedido un permiso. ​Dylan no quiso hacer más preguntas. No quiso analizar si eso se trataba de la famosa "mejoría antes de la muerte" o un milagro real; solo quiso vivirlo. El temor dejó de existir. Dylan bajó a la cocina y, con una determinación que Miriam no esperaba, le dio el día libre. ​—Vete a casa, Miriam. — Pero, me necesitan… ¿Quién va a cuidar de los niños y la casa? — Queremos estar en familia, Miriam. No vuelvas hasta mañana —ordenó Dylan. ​Miriam, que lucia un vestido ajustado con la vana esperanza de captar la atención de Dylan en el desayuno, se quedó lívida. Miró a Louisa bajar las escaleras con una elegancia que Miriam envidio con cada fibra de su ser. No vio a una moribunda; vio a la dueña y señora de la casa Miller reclamando su trono. ​Sofía, por su parte, entendió el lenguaje de las miradas. —Aprovecharé el día para comprar unas cosas que necesito. Disfruten de su día. ​Esa mañana, los niños no fueron al colegio. La cocina se convirtió en el epicentro de un terremoto de alegría. Louisa, que semanas atrás no podía sostener una cuchara sin temblar, ahora dirigía la preparación de galletas de chocolate con la precisión de un general. ​Luca medía la harina con una seriedad cómica, mientras Martha se encargaba de que cada galleta tuviera el doble de chispas de chocolate. El pequeño Sebastián, reía cada vez que Dylan se llenaba la nariz de harina "accidentalmente" para hacerlo reír. ​—¡Mamá, mira mi galleta! ¡Es un corazón gigante! —gritó Martha emocionada. ​Louisa la tomó en brazos. Por primera vez en meses, pudo sostener el peso de su hija sin que el mundo le diera vueltas. Aspiró el olor de su champú, cerrando los ojos para guardar ese aroma en el rincón más sagrado de su memoria. Dylan puso la música favorita de Louisa. Mientras cocinaban bailaban al ritmo de una canción que Louisa tarareaba. Cuando las galletas estuvieron listas se acurrucaron todos en el gran sofá de cuero de la sala. Los niños se pegaban a Louisa como imanes, absorbiendo su calor, sintiendo a su madre, disfrutando de sus caricias suaves y su voz dulce y firme. Dylan observaba la escena desde el marco de la puerta, con una cámara de fotos en mano, capturando cada sonrisa, cada gesto, sabiendo que esas imágenes serían el tesoro que sostendría a sus hijos cuando el invierno llegara de nuevo. ​Las risas de sus hijos con las narices llenas de migas de galleta y chocolate quedaron grabadas en video. Louisa miró a Dylan sonriendo. — Te amo Dylan. Mucho. A lo que él respondió: No más que yo. Te amo Louisa Miller y te amaré siempre. ​Al caer la tarde, cuando el sol empezaba a teñir las paredes de un tono ámbar y los niños estaban sumergidos en un maratón de dibujos animados en el salón, rodeados de cajas de pizza y restos de galletas, Louisa buscó la mano de su marido. ​—Dylan... acompáñame arriba. Siento que necesito descansar un poco. ​Dylan asintió, su corazón le dolía un poco al pensar que el milagro se estaba agotando. Ayudó a Louisa a subir, abrazándola de la cintura, escalón por escalón, cargando su peso. Pero al entrar en la habitación, ella no se dirigió a las sábanas para dormir. Se giró y cerró la puerta con llave. El sonido del cerrojo hizo que Dylan se detuviera en seco. ​La luz de la tarde entraba filtrada, creando una atmósfera de penumbra dorada. Louisa comenzó a desabotonar su abrigo, dejando que cayera al suelo. Debajo llevaba una camisola de seda color perla que se deslizaba sobre su piel como una caricia. Se acercó a él, Dylan pudo ver en sus ojos algo diferente a la fatiga, el fuego que siempre lo había vuelto loco. ​Ella rodeó su cuello con sus brazos, obligándolo a inclinar la cabeza hacia ella. —No quiero dormir, Dylan —susurró contra sus labios—. Quiero que me ames. ​Dylan se tensó, sus manos se posaron en su cintura con una delicadeza extrema, casi con miedo de que se rompiera entre sus dedos. —Lu... mi vida... no quiero hacerte daño. Estás recuperando tus fuerzas, tu cuerpo ha pasado por tanto... No me perdonaría si te lastimo por mi egoísmo. ​Louisa se pegó más a él, permitiendo que Dylan sintiera el calor de su cuerpo, el latido firme fuerte de su corazón. —Me harías más daño negándome un derecho que deseo con toda mi alma, Dylan Miller. Soy tu mujer. Soy la Louisa que juró amarte en la salud y en la enfermedad, y hoy, el cielo me ha dado un soplo de salud para recordarte quién soy. No me trates como si fuera de cristal. Trátame como la mujer que te desea. ​Dylan sintió que las lágrimas acudían a sus ojos. La tomó por el rostro, besándola con una devoción que parecía una plegaria. —Eres tan hermosa, Lu… Tan hermosa. ​Sus labios se deslizaron por sus mejillas buscando sus labios. El calor que sintió en su boca le recordó a la Louisa que había amado tantas veces. ​Dylan la desvistió con lentitud, besando cada centímetro de su piel, deteniéndose en las marcas de las agujas del hospital para borrarlas con sus besos. Ella lo buscaba con una urgencia que rompía cualquier precaución. El contacto de sus cuerpos quemaba cada pensamiento, ocultando cada recuerdo doloroso. En ese momento solo existían dos almas con hambre de amor. ​Sobre las sábanas Dylan se movía con ella con una armonía perfecta, cuidando cada suspiro, pero permitiendo que ella guiara el ritmo de su entrega. Louisa se sentía plena, se sentía viva. Sus sentidos vibraban con cada movimiento sintiendo despertarse de un largo letargo. Cada roce de sus pieles, el sabor de sus besos, el sonido de sus nombres susurrados en la oscuridad... todo era un banquete para sus alma hambrientas. — Te extrañe tanto, Lu… Tanto mi amor. — susurró Dylan en su oído. Lamiendo el lóbulo de su oreja. ​En ese momento, no había cáncer. No había metástasis. No había dolor. Solo existía el hombre que la amaba, a pesar de sus mentiras y de su enfermedad, y la mujer que luchaba por darle un recuerdo imborrable. Fue una intimidad cargada de una tristeza dulce, una comunión donde el placer era una forma de decir mil cosas, sin necesidad de palabras. Cada te amo resonaba con un gemido en las paredes. ​Mientras el sol terminaba de ocultarse, Dylan la mantuvo abrazada, con la cabeza de Louisa descansando en su pecho. Podía sentir el sudor enfriándose en sus pieles entrelazadas y la paz que emanaba de ella. ​—Gracias, Dylan —susurró Louisa, cerrando sus ojos—. Gracias por hacerme sentir viva una vez más. Gracias por amarme otra vez. ​Dylan apretó el abrazo. Beso su cabello aspirando su aroma. Sabía que ese momento era un regalo prestado, una joya que el destino les había permitido sostener antes de reclamarla. Mientras escuchaba la respiración tranquila de Louisa, Dylan agradeció al cielo ese día feliz. De galletas de chocolate, ver a sus hijos riendo y volver a vivir el amor apasionado con su esposa, no sabía cuánto duraría ese milagro, pero estaba dispuesto a disfrutarlo, segundo a segundo. ​Abajo, el televisor seguía encendido, y el sonido de las risas de los niños le recordaba que la vida, a pesar de su crueldad, era hermosa. Dylan cerró los ojos, aspirando el aroma del champú de Louisa, grabándolo en lo más profundo de su ser, jurando que, sin importar lo que el mañana trajera, ese día maravilloso sería el que recordarán sus hijos cuando pensaran en su madre. ​Louisa dormía desnuda en sus brazos, con una sonrisa de satisfacción en los labios y el color todavía presente en sus mejillas. Dylan sintió estar en paz con el cielo. Agradecido por unas horas de dicha, por haberle permitido volver a ser feliz en el cuerpo de su esposa. Mientras ellos descansaban abrazados bajo las sábanas y la alergia reinaba en la casa de los Miller, la vida seguía su curso. Y el odio de Miriam se hacía más grande. Ella había vuelto en su auto, esperando ser necesitada, pero en su lugar, escuchaba las risas de los niños, y la habitación de Dylan a media luz. Lo obvio no tuvo necesidad de explicación. La rabia de Miriam salpicada caliente en el volante. Recordando las palabras de Sofía: “Ese hombre nunca se enamorara de ti” — Ya lo veremos. Cuando su esposa muera y necesite de mí, olvidará a esa moribunda y se entregará a mí.
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