La navidad pintó las calles de Miami y, he de decirlo, nuestro propio espíritu. Ahora eran tres casas las que nos habíamos esmerado por decorar: La de mamá, donde sería también la recepción de nuestra boda por petición suya, la de Liz y Alondra, que estaba magnífica inspirada en una Navidad Disney que alegró a los niños con la alocada cantidad de peluches que adornaban el árbol, y la nuestra, que era el paraíso para Amaloha, quien miraba con emoción las estrellas, luces y colores desde que despertaba hasta que se dormía. Fue un arduo trabajo, pero todos quedamos felices con los resultados, y sólo sirvió para tener más recuerdos juntos, cómo familia, cosa que tenía a mi madre de muy buen humor. Debía ir al trabajo, era un asunto importante en el que tenía que chequear varios papeles de rep

