Capítulo 29 : El precio de la paz El aterrizaje en el pequeño aeródromo de una zona rural en el sur de Francia fue brusco, acorde con la precariedad de su huida. El aire allí no olía a sal marina ni a perfumes costosos, sino a tierra mojada y a lavanda silvestre. Para Mía, aquel aroma era la libertad. Marie había alquilado una cabaña de piedra en las afueras de un pueblo donde nadie hacía preguntas. Tras un viaje de horas en un coche de segunda mano, finalmente cruzaron el umbral de su nuevo refugio. —No hay lujos, Mía —dijo Marie, dejando las maletas sobre el suelo de madera que crujía—. Pero aquí somos solo dos mujeres extranjeras buscando tranquilidad. Nadie nos buscará en un lugar tan... ordinario. Mía caminó hacia la pequeña cocina y se sirvió un vaso de agua, intentando calmar la

