CAPÍTULO CUARENTA Y DOS Rómulo marchaba, liderando a su ejército a través de los bosques ardientes de la selva, con los sonidos de miles de botas crujiendo las hojas detrás de él, los cielos llenos del sonido de gritos de dragones por encima, y sonrió en señal de triunfo. Aquí estaba, invencible, habiendo cruzado el océano con una flota de barcos, al mando de su ejército, y los dragones, en la última etapa de su marcha, a sólo unos minutos de llegar al cañón y siendo capaz de destruir el Escudo. Había llegado su hora de la venganza, para tener el control completo del mundo. Mientras marchaban, los dragones caían en picado y soplaban fuego, destruyendo kilómetros de bosque, diezmando a las criaturas que vivían en este lado del cañón. Los dragones habían sacado a las criaturas fuera de lo

