La atmósfera era densa, cargada de un hedor a azufre y muerte. Las entidades del mal protegían el bastión con furia y determinación, conscientes de que perderlo significaría una derrota estratégica para su causa. En medio del caos, Enzo se enfrentaba a una de las criaturas más aterradoras del ejército enemigo: un guerrero de piel grisácea, ojos rojos y músculos como acero, envuelto en una armadura negra que absorbía la poca luz que los rodeaba. El guerrero lanzó un golpe mortal que Enzo apenas logró esquivar, sintiendo cómo el aire le silbaba al rozarle el cuello. Retrocedió, recuperando el aliento mientras evaluaba al enemigo, consciente de que estaba al límite. -Eres un obstáculo - gruñó la criatura, su voz cavernosa y despectiva -. Tu derrota es inevitable. Nadie desafía a las entida

