Las palabras de Dafne se clavaban como un puñal en mi corazón. Deseaba con toda mi alma decirle que estaba equivocada, que no había nada en el mundo que me importara más que ella y nuestro hijo, pero no podía. La amenaza latente que se cernía sobre nuestros reinos pesaba demasiado, y su seguridad era lo único que podía priorizar. Debía alejarla, debía protegerla… incluso si eso significaba perderla. —No puedo creer que estés actuando así, Enzo —su voz temblaba, llena de una mezcla de dolor y furia—. Desde hace semanas apenas me hablas. Es como si… como si ya no te importáramos ni nuestro hijo ni yo. La miré a los ojos, incapaz de sostener su mirada más tiempo del necesario. Lo sabía. Sabía que la estaba hiriendo, pero lo hacía por su bien. Sin embargo, decir eso en voz alta sería mostrar

