El recibimiento en Licantia fue grandioso. Las calles estaban adornadas con banderas y flores, y la gente se agolpaba a los lados del camino, vitoreando nuestro regreso. A pesar del entusiasmo, mis pensamientos seguían nublados por el malestar que había sentido durante el viaje. Enzo, siempre atento, me sostenía de la mano mientras avanzábamos hacia el castillo. Al llegar, nos dirigimos directamente al salón principal, donde nos esperaban los consejeros y los miembros más destacados de la corte. Eric, nuestro beta, se adelantó para darnos la bienvenida. —Majestad, es un honor tenerlos de vuelta en casa —dijo con una sonrisa. —Gracias, Eric. Es bueno estar de vuelta —respondió Enzo, asintiendo con gratitud. Después de las formalidades, nos retiramos a nuestros aposentos. Sentía la neces

