El viento del sur de Licandor era gélido y cortante, pero Enzo lo ignoraba mientras avanzaba al frente de su comitiva. Había viajado sin descanso para llegar hasta el punto más alejado de su reino, donde Dafne estaba tratando de apaciguar los disturbios. Su llegada debía ser inesperada, pero necesaria. Cuando llegaron a la plaza central del pueblo, los aldeanos y nobles los recibieron con una mezcla de respeto y sorpresa. En el centro, entre todos, estaba Dafne, quien apenas disimuló su sobresalto al verlo. —Luna Dafne, todo está listo para comenzar la reunión —dijo uno de los ancianos del consejo local. Dafne asintió, y sin apartar la mirada de Enzo, se giró con aire sereno, fingiendo indiferencia. Durante la negociación, ambos mantuvieron las formas. Los lugareños plantearon sus preo

