La celebración de Elena y Ariel estaba en su máximo esplendor; el recinto no podía ser más digno de una de las hijas de los alfas más prominentes de nuestra sociedad. Pude notar en el rostro de Dafne la terrible incomodidad que estaba experimentando; no obstante, se obligaba a sonreír para mantener las apariencias. —Cariño, no te preocupes, podemos irnos en cualquier momento si lo deseas. No tienes que permanecer en este lugar si no te sientes bien —le dije, tratando de demostrarle mi apoyo incondicional. —No, mi amor, no les voy a dar el gusto de que logren su cometido. Ya les he dejado muy claro que, les guste o no, ahora soy su reina y, como tal, deben respetarme, aunque, por supuesto, que el comentario no le hizo mucha gracia a mi hermana, pero no me importa, ya no pienso vivir baj

