El regreso al reino había sido tan sombrío como el horizonte cubierto de nubes oscuras que presagiaban tormenta. Enzo y yo, agotados pero decididos, nos enfrentábamos a una nueva amenaza: una enfermedad misteriosa que se había propagado como un incendio voraz, devastando a nuestra gente. No había tiempo para descansar, no había lugar para la calma. Las calles de nuestro reino, normalmente vibrantes y llenas de vida, estaban ahora desiertas. Solo se escuchaban los gemidos de los enfermos y los llantos de los familiares. El aire estaba cargado de miedo y desesperación. Enzo había convocado a todos los curanderos y sabios, pero hasta ahora nadie había encontrado una solución. —Dafne, necesitamos encontrar una cura rápido —me dijo Enzo, su voz reflejando la tensión que ambos sentíamos. Asen

