Si los adultos no saben comunicarse, los niños sí. Tessa había hablado con las amigas de ballet de su hermana, y estas habían organizado una visita al hospital, una justo al mediodía, cuando a ellos no los llevarían porque estaban en la escuela. Eso incluía un par de amigos guapos —según Tessa—, quien las mandó, necesitaría todos los detalles más tarde, cuando la visitaran.
Vidal estaba sentado junto a su esposa, compartiendo un café y disfrutando de sus hijos más chiquitos.
—¿Podemos hablar? —pregunta Francesca.
—Ya hablamos esta mañana.
—Vidal, yo solo quiero tratar de explicar que...
—Hola, veo que está muy acompañada —comenta Emma.
—Su hermana mayor les ha invitado a visitarla. Ha venido su entrenadora con ellos.
—Me gustaría compartir un par de detalles con ustedes, si tienen tiempo —Iman se gira en la carriola y su madre le ve incrédula. Con todo el cinturón, ese niño es un peligro.
Francesca y Vidal aceptan, y Emma le da un par de golpecitos en la espalda.
Emma, en dos días, se había hecho una imagen muy clara de las figuras paternas de Anastasia. Tenía una mamá a quien admiraba e imitaba, pero de quien estaba profundamente decepcionada. Su papá era su escucha, su proyección; increíblemente, Anastasia sentía que su papá podía rescatarla de todo. Y Consuelo era una amiga, una con la que se le hacía fácil comunicarse cuando estaba lista.
—Anastasia tiene una depresión funcional.
—Tiene casi diez años, no puede tener una depresión funcional.
—Esta es la historia que ella me contó: se levanta sin ayuda de la alarma a las tres de la mañana, toma una ducha, se alista, se peina —a veces sola, otras con ayuda de sus hermanas o su madrastra—, se prepara su propio desayuno y su batido post-entreno. Baja, va al ballet con mamá, Consuelo o papá. Regresa tipo mediodía, se toma una ducha de nuevo, se peina, se viste y se pone a hacer los deberes hasta las tres, cuando llegan sus hermanos. A veces se demora con alguna actividad, pero es una estructura que ella controla, así como sus horarios para dormir, que son desde...
—A las ocho ya está en su habitación. Nueve, máximo.
—Siete horas... —comenta Emma.
—¿En qué tiempo hace cricket? ¿En qué momento se relaja y tiene un hobby? ¿En qué momento socializa si estudia desde casa? Necesito modificar la rutina a algo más saludable.
—Tenemos que donar a una escuela.
—Vidal, todo lo resuelves con dinero.
—Sí... lo único que no usé fue casarme por dinero. Por lo demás, todas las he experimentado de primera mano.
—Tengo un terapeuta familiar espectacular. Es necesario que asistan a terapia en familia porque son demasiadas personas y se les van a seguir pasando cosas. Francesca, esta es una lista de psicólogos para ti. Necesito que empieces hoy.
—¿La niña no estaría mejor conmigo? —pregunta Francesca—. Es un ambiente diferente, mi marido y yo pasamos en casas separadas y él está claro en que tengo cinco hijos pequeños que necesitan atención.
—No —responde su padre.
—No es bueno apartarla de sus hermanos. Anastasia se apoya mucho en Alice, Natalia, Tessa, Xavier y Alexander. Adora a sus hermanos. Parte de su rutina es ir a ver cómo están los bebés o tomar una siesta en la que no duerme con sus hermanitos. Su familia es con Vidal, aunque te pese. Que sí, eventualmente podría pasar tiempo contigo, eso sería espectacular. Pero primero necesitas aclararte, y creo que mientras viven ese proceso, por unos dos meses, recomiendo visitación controlada con tus hijos. Por su bien.
—Yo no quiero que ninguno de mis hijos sienta o piense que los abandoné.
—No los estás abandonando. Estás mejorando para ellos y para ti, y eventualmente lo van a entender. Ahora, si Anastasia pregunta por ti, es diferente, y trabajaremos con eso.
Francesca asintió, y programó su cita para esa misma tarde. Su hija estaba acompañada por sus tíos y su abuela cuando ellos regresaron de la reunión. Estaba jugando cartas contra Marita, mientras la miraba divertida porque iba ganando.
—Algo estás haciendo —la acusa Marita, y la pequeña se ríe.
—Soy impresionantemente buena en esto.
—¿Te gustó la cobija que te trajimos?
—Se siente muy "cosi", abuelo, muchas gracias.
Vidal le da un beso a su hija y le comenta lo valiosa e importante que es en su círculo. Ella sonríe maliciosamente, y Ada ingresa a la habitación.
—Servicio de nutrición y chineazón a domicilio.
—Ey, tía Ada.
—Escuché que planeabas enviar un correo de quejas al servicio de nutrición y pensé en prepararte algo rico para que no tengas que desgastarte.
—Ahh, qué maravilla —comenta—. ¿Este pan es fresco?
Su papá mira a Ada serio, antes de ver a Arturo sonriendo en la puerta. La mujer ha traído una colección de comida: primero la sopa por partes (las verduras, la proteína y el caldo en frascos diferentes para que ella pueda elegir cómo comerla), pan fresco, una gelatina artesanal —es una pieza de arte— y unas cuantas bebidas con hojas de esto y lo otro.
Anastasia está encantada y se compromete a comerse casi todo, a pesar de que no siente que puede. Se motiva a degustar y calificar la creación de su tía, la chef.
—Después, ¿quién se la aguanta en casa?
—Hasta que no te den el alta, yo voy a seguir trayéndote las comidas y te enviaré la app que usan mis clientes para que puedas dirigirme un poco.
—Este es mi sueño, tener chef privado —comenta sarcástica, y su tío Arturo le recuerda:
—Casarse bien no siempre es por dinero. A veces es por la que cocina mejor, la que es más ordenada y más divertida.
—Soy mucho más divertida, estás en lo correcto. Pero yo sí pensé en la plata. Una cosa es estar llorando en el jacuzzi y otra en un cuarto pequeño.
—A ustedes los voy a cancelar como tíos —comenta Vidal, y los tíos de Anastasia se ríen.
Anastasia pide un ratito a solas cuando le ponen el siguiente medicamento. Mientras todos salen, su mamá aprovecha para sentarse en el borde de la cama. Su papá hace de enfermero porque ya le da vergüenza que su hija se pare con todo el personal de salud.
—Stace, ¿tú sabes que eres lo más importante en mi vida?
—Tienes otros cuatro hijos.
—Correcto. Ellos son mis otros hijos, ya sabes. Pero tú eres mi hija, mi amiga, mi compañerita de vida, el amor de mi vida. O sea, no amo a nadie más que a ti.
—Francesca... —comenta Vidal, y ella le hace una seña para que se tranquilice.
—Yo también sé que soy un poco tu favorita.
—Vale. Yo he estado cometiendo un error tras otro en cuanto a mi vida amorosa. La verdad, me encantaría decirte por qué, pero no lo sé. Sé que amaba muchísimo a tu papá, pero es obvio que no nos hacíamos tan felices como él y Consuelo. Y con Teodoro, bueno, siempre ha sido difícil. Pero creo fielmente que es nuestro momento de ser pareja y felices. Sobre todos esos maridos y rupturas están tú y todos tus hermanos, y si algo aprendí es que no voy a forzarte a conocerle, a convivir con él o a creer que lo voy a hacer mejor. Independientemente de mi vida amorosa, soy tu mamá, y siempre quiero serlo. Siempre, siempre. Y quiero que me digas cuando algo te agobia, incluso si lo que te está agobiando soy yo. Y necesito que no te hagas daño porque lo normal es que los papás entierren a los hijos. Yo quiero verte feliz. Siempre.
—¿Incluso si ya no voy a ballet?
—Eso me... bueno... yo cambio de opinión todo el tiempo. ¿Recuerdas mis cejas hace seis años? —comenta su madre, y ella asiente. Las dos se ríen—. Pero necesitas seguir haciendo ejercicio.
—Y también quiero volver a cortarme el pelo.
—Aww, el pelo no... —se queja la mujer, y su hija se ríe.
—Y quizá, si tú no pasas todos los fines de semana con el señor ese ni vas a llevarte a Tessa a vivir contigo, yo pueda visitarte.
—Eso me encantaría. Y no voy a llevarme a Tessa porque no es lo que Tessa quiere —responde, y ella asiente—. ¿Algo más?
—Vas a ir a terapia.
—Sí, y después te cuento.
—Te amo.
—Te amo.
Vidal las ve abrazarse.