BASTIAN — Ahora que ya sabes la verdad, ¿Me dejarás entrar o seguirás con tu berrinche? — Vi cómo sus ojos brillaban de rabia, de deseo, de todo lo que sentía por mí y no quería admitir. Estaba ahí, respirando fuerte, con las mejillas encendidas, la boca entreabierta, mirándome con una mezcla de furia y necesidad. — Maldita sea, Elena… — Murmuré, avanzando hasta ella. No retrocedió. No huyó. Se quedó firme, desafiante, como si me retara a hacer lo que ambos sabíamos que iba a pasar. — Dime que no me quieres, dímelo a la cara. — Exigí, con la voz grave, los dientes apretados. — No te quiero… — Susurró, pero no me convenció ni un poco. — Mentira. — Solté con una sonrisa torcida. La acorralé contra la puerta, mis manos a cada lado de su rostro, obligándola a mirarme. — Dímelo bien, sin

