Amanda caminó sin rumbo durante varios minutos. Intentaba aguantar las lágrimas, pero éstas no paraban de caer. Tenía tanta rabia. ¡Cómo podía ser que el idiota de su novio no confiaba en ella! Nunca le había dado motivos para dudar. Además, habían pactado que si alguno de los dos dejaba de querer al otro o le empezaba a interesar otra persona, terminarían la relación para no hacerse daño. ¿De verdad él la creía tan canalla para engañarlo de esa forma? ¡Y tan tonta para hacerlo a la luz del día, cuando cualquiera podría verla! Cuando por fin se detuvo, estaba en una estación del tren, muy lejos de la casa de Rubén, y también de la suya. Tomó su móvil y marcó a Eva. —Hola, Amanda, ¿cómo estás? —¿Podemos juntarnos? ¿puedo ir a tu casa o algo? —Claro, linda, ¿estás bien? —No... —Ven a m

