—¿A qué se refiere? —preguntó la señorita Haldin—. ¿Qué es lo que siempre ha sabido? Razumov levantó la cabeza; estaba pálido e invadido por un sufrimiento silencioso. Sin embargo, aquella expresión en sus ojos, esa expresión apagada y de obstinación ausente que impresionaba y sorprendía a todo el que hablaba con él, empezó a diluirse. Pareció como si volviera en sí, como si su conciencia despertara al contemplar la maravillosa armonía de los rasgos, de las líneas, de las miradas, de la voz que hacían tan única a la muchacha que tenía delante, tan remota y tan por encima de la idea común de belleza. Se quedó mirándola tanto tiempo que se ruborizó ligeramente. —¿Qué es lo que ya sabía? —repitió ella. Esta vez Razumov logró sonreír. —Lo cierto es que de no haber sido por un par de palabr

