Elizabeth Blackwell El cielo sobre New York estaba gris, con nubes tan densas como los pensamientos que me cruzaban mientras entraba una vez más al tribunal federal. El juicio había terminado. Las máscaras habían caído. Las verdades se habían clavado como cuchillos en la médula de un sistema corrupto. Y ahora, solo quedaba el veredicto. La sala estaba llena. Periodistas, inversores, oficiales del FBI, representantes de los gobiernos involucrados, sobrevivientes de los atentados… y yo. La mujer que lo había perdido todo. Y que no se iría de aquí sin justicia. El juez Alexander Griffith entró al estrado, con su toga ondeando detrás como un manto de hierro. —Esta audiencia ha revelado una red de corrupción, conspiración empresarial, terrorismo y traición a niveles nunca antes vistos en

