Jamás diré que el Duque Daigo no cumple sus promesas, aunque preferiría que, por su edad, su memoria estuviera deteriorada. – Mi señora, ella es la institutriz Valdera, ya he hecho espacio en su horario para que puedan pasar juntas tres horas durante cinco días a la semana. – Muchas gracias – aprecio tanto que mi mayordomo se haya tomado la molestia de privarme de mi tiempo con mis mucamas para tomar clases de etiqueta. Desearía poder despedirlo. Los ojos de la institutriz son fríos, me mira desde arriba con una expresión dura, no tengo un buen presentimiento sobre todo esto. – Barbilla arriba – me empuja el rostro con la punta del abanico – espalda recta – me empuja hacia el frente – no baje la mirada, relaje los hombros, quiero verla caminar. Apostaría lo que fuera a que voy a hace

