CAPÍTULO VEINTIDÓS El salón de Isaac Newton era espacioso, con una gran chimenea, un mobiliario elaborado y todo tipo de obras de arte. También estaba lleno de gente. Al parecer, Oliver y sus amigos habían interrumpido una especie de velada. El hombre tenía el mismo aspecto que en los libros de historia. El pelo largo, ondulado y canoso. La nariz puntiaguda. Un pequeño hoyuelo en la barbilla. Llevaba una chaqueta de seda marrón y unos calcetines blancos que le llegaban hasta las rodillas. Oliver estaba profundamente asombrado al verlo. —Entrad, entrad —dijo Newton. Señaló a una mesa donde había diferentes tipos de teteras—. Tés de China. Por favor, dejadme que os sirva algo. Oliver negó con la cabeza. —Ah, no, nosotros no estamos aquí por el té, nosotros… Newton interrumpió. —¿Habéi

