Eliana Dios mío. En cuanto Enzo se va, recargo mi espalda en la puerta y toco mis labios, están hinchados, un poco adoloridos, pero eso no me importa en lo más mínimo. Mi mente viaja a su confesión, al descubrimiento del capítulo de su vida que hasta este momento había permanecido oculto en la penumbra. Fragmentos de un pasado que podían haber desencadenado tormentas de dudas y desconfianza en mí. Pero a medida que las páginas se desplegaban, me encontré enfrentando una encrucijada entre aferrarme a esos relatos pasados o abrazar el presente que podemos compartir. Esas historias de errores, decisiones cuestionables y arrepentimientos se alzaban como espectros que amenazaban con oscurecer la imagen de Enzo tal como lo conozco ahora. Sin embargo, algo en su mirada, en la sinceridad con la

