POV · HANNA WELLS
Lancé un zapato. Le dio a Justin en la espalda con un golpe que debería haber sido más satisfactorio de lo que fue.
—¡Ow! ¡¿Qué mierda?! —se apartó, se bajó de la cama, agarró algo para cubrirse. Alana se hundió entre las sábanas riéndose —esa risa de chica que sabe que ganó, que siempre supo que iba a ganar, que nunca tuvo ninguna duda de que iba a ganar.
Yo seguía de pie en ese umbral con una sola zapatilla puesta y el corazón martillando tan fuerte que lo sentía en los dientes. Temblaba. Todo en mí temblaba. Pero no bajé la mirada.
—¿Eres idiota, Justin? —mi voz se quebró en la primera sílaba y se recompuso en la segunda y llegó firme al final, y eso me costó más de lo que nadie va a saber nunca—. ¿Todo esto? ¿Los mensajes, las citas, los "te quiero"? ¿Era todo una broma para ti?
Justin se pasó una mano por el pelo sudado. La chaqueta del equipo colgaba en la silla detrás de él —el logo de los FoxIce bordado en el pecho— y me miró de la manera en que la gente mira cosas que ya no le interesan.
Sacudió la cabeza. Despacio. Con lástima fingida. Como un adulto con una niña que está haciendo una rabieta en el supermercado.
—¿De verdad creías —dijo, y su voz era tan calmada que fue peor que si hubiera gritado— que alguien como yo podría quererte?
Hizo una pausa. Dejó que eso aterrizara. Dejó que todos los que estaban grabando lo tuvieran bien capturado.
—Mira a tu alrededor, Hanna. —Abrió los brazos, señalando la habitación, la casa, Briar entera como si fuera suya—. Esto es Briar. Yo soy un Acker. ¿De verdad creías que me iba a conformar con una becada pobre y encima mojigata que ni siquiera me dejaba tocarla?
Alguien al fondo del pasillo soltó una carcajada. Pequeña. Controlada. Como una puñalada con bisturí.
—Eres aburrida, Hanna —siguió Justin, con esa voz de alguien que está diagnosticando, no insultando—. Eres una nerd que sabe sacar buenas notas y que se cree que eso es suficiente para estar aquí. Para estar conmigo.
La bofetada le cruzó la mejilla antes de que mi cerebro procesara que yo era quien la había dado.
Mi palma ardía. Justin ni siquiera parpadeó. Se tocó la cara despacio, como considerando algo, y después sonrió. No una sonrisa de rabia. Una sonrisa de alguien a quien acabas de darle exactamente lo que quería.
—Qué valiente —dijo suave—. Pobrecita becada.
Alana desde la cama añadió: —Siempre supe que eras un proyecto de caridad, Hanna. La pregunta era cuánto tiempo tardaba Justin en darse cuenta.
Más risas. Más pequeñas. Más distribuidas. Venían de todos lados ahora, del pasillo, de la puerta, de la chica rubia con la chaqueta de los Panthers que murmuraba algo en el oído de la que tenía al lado.
Hay un umbral de dolor pasado el cual el cuerpo deja de registrar los golpes individuales. Empieza a registrar el volumen total. Y el volumen total de esta habitación, de estas risas, de estas caras iluminadas por las pantallas de sus teléfonos, era demasiado para que mi cuerpo lo procesara en tiempo real. Así que lo registré en diferido. Lo registré como algo que le estaba pasando a otra persona. Lo registré desde fuera.
Justin dio un paso hacia mí. Yo retrocedí hasta golpear el marco de la puerta con la espalda, y él extendió la mano —con esa calma calculada que era peor que cualquier violencia— y me agarró del pelo. No un jalón brusco. Uno lento. Controlado. Lo suficiente para que yo no pudiera mover la cabeza, lo suficiente para que tuviera que mirarlo, lo suficiente para que los teléfonos lo captaran bien.
—Se acabó el juego —susurró, y su voz era tan baja que era casi íntima, lo cual la hacía aún más horrible—. Te usé para una apuesta. Una apuesta de que te metería en mi cama antes de que terminara el semestre. Perdí. Eres demasiado estirada, demasiado correcta, demasiado… —dejó que la pausa durara lo que duró—. Aburrida.
Me soltó. Como si soltar algo sin valor fuera exactamente eso: un gesto neutro, sin consecuencias. Y entonces la chica rubia del pasillo levantó su teléfono más alto y gritó con una alegría que me heló la sangre:
—¡Sonríe, Hanna! ¡Ya tienes doscientas personas viéndote en directo!
Las carcajadas estallaron. No el tipo de risa que pasa y se va. El tipo que se organiza. Que encuentra su ritmo. Que se convierte en coro.
—¡Esa cara, Dios mío! —¡Alana, mándame el video, te lo juro que lo pongo en mi historia! —Pobre chica. Pobre, pobre chica.
Esa última la dijo alguien con voz de lástima fingida. Ese tono específico que significa: no me das pena de verdad, me das asco, pero disfrazo el asco de pena porque así duele más y yo quedo mejor.
—Mojigata —susurró alguien a mi derecha. —¿Trajo brownies? —dijo otro con incredulidad genuina, señalando la caja que yo seguía sosteniendo contra el pecho—. Le trajo brownies caseros. Qué… —Una pausa burlona—. Qué tierno.
Nueva oleada de risas.
Alana se asomó desde la cama con las sábanas enrolladas alrededor y me miró con esa expresión y dijo, en voz suficientemente baja para que sonara como confidencia y suficientemente alta para que todos la oyeran:
—Sabías que no eras su tipo, Hanna. En el fondo siempre lo supiste.
Y eso fue lo que me rompió. No Justin. No la apuesta. No los teléfonos ni las risas ni el video que ya tenía doscientas personas viéndolo en directo. Eso. Porque era verdad, y Alana lo sabía, y yo lo sabía, y ahora todo el mundo lo sabía.
Un sollozo me escapó. Uno solo. Pequeño. Empujé a los dos chicos que bloqueaban la salida.
Bajé las escaleras tropezando, con una sola zapatilla puesta, con la caja de brownies todavía en la mano hasta que la solté en el tercer escalón y escuché cómo rebotaba abajo. No miré atrás. Las lágrimas me nublaban la vista y el sonido de las risas venía detrás como algo físico, persiguiéndome por el pasillo, por las escaleras, por el salón principal donde las personas que habían formado el círculo se apartaron para dejarme pasar.
Alguien me dijo algo cuando salí por la puerta. No lo procesé. Solo escuché la última palabra: —…viral.
El aire de la noche me golpeó en la cara. Frío. Real. La única cosa real en los últimos diez minutos. Mi Honda Civic beige estaba exactamente donde lo había dejado. Abrí la puerta. Me derrumbé en el asiento. La cerré.
El silencio dentro del coche fue como sumergirse en agua tibia después de haber estado bajo el hielo. Apoyé la frente en el volante. No pensé nada coherente. Solo imágenes: la sonrisa de Alana. La pausa de Justin antes de detenerse. La luz roja parpadeante de los teléfonos. La caja de brownies rebotando escaleras abajo.
Giré la llave. El motor tosió y arrancó. Metí marcha atrás. Pisé el acelerador. Cerré los ojos durante medio segundo porque los tenía tan llenos de lágrimas que de todas formas no podía ver bien.
CRASH.
El impacto me lanzó hacia adelante. El cinturón me cortó el pecho. Por un segundo la mente se quedó completamente en blanco y después el pánico volvió, más grande, más caliente, más imposible.
Miré el retrovisor. n***o. Brillante. Esa plata del logo captando la poca luz disponible como si estuviera diseñado específicamente para ser lo más caro que hubiera visto en mi vida.
Un Aston Martin.
Ese coche valía más de lo que mi madre gana en un año. Ese coche era exactamente el tipo de coche que conduce exactamente el tipo de persona que puede destruirme en este campus sin esforzarse demasiado, y yo lo acabo de abollar con mi Honda de segunda mano.
Salí del coche. La puerta del Aston Martin se abrió. Un hombre salió. Cerró la puerta y metió las manos en los bolsillos de su chaqueta. Los Black Panthers. El logo bordado en el pecho. Por supuesto.
Levanté la vista. Y el resto del universo dejó de existir durante exactamente tres segundos.
Era alto de la manera en que algunos chicos son altos —no solo en centímetros sino en presencia. Pelo n***o, descuidado de esa forma que cuesta dinero que parezca descuidado. Mandíbula que parecía diseñada por alguien que odiaba la impercción. Y ojos azules que en la oscuridad eran casi grises, que me escanearon con la eficiencia fría de alguien evaluando un problema menor.
Garret Graham. El capitán de los Black Panthers. El rival de mi ex.