Beso hasta que no queda aire en nuestros pulmones. Cada aliento que tomamos se funde en uno, creando un ritmo que se siente eterno. Cuando finalmente nos separamos, los dos nos tumbamos en la cama, intentando recuperar el aliento. Nuestros pechos suben y bajan, nuestros corazones laten tan fuerte que parece que puedan salirse del pecho.
De repente, me echo a reír, el sonido rebota por la habitación, chocando contra las paredes.
—Parece que no es solo Dimka quien besa chicas aquí —suelto, recordando cómo le vi ayer en esta misma cama con alguien. Y ahora estamos aquí, Katrin y yo, y todo me parece tan absurdo y gracioso a la vez.
Katrin me da un codazo en el hombro con el suyo, su risa mezclándose con la mía.
—Idiota —dice, sin que su voz lleve enfado, solo calidez y una ligereza juguetona.
Estamos tumbados uno al lado del otro, y por un momento hay silencio. Pero no es un silencio incómodo, es algo acogedor, lleno de comprensión y calma. Nos limitamos a mirar al techo, escuchando cómo nuestros corazones se van calmando poco a poco.
Luego me giro hacia ella, sintiendo cómo mi corazón se llena de calor y ternura. Despacio, para no asustarla, le paso el brazo por los hombros y la acerco más. Ella no se resiste, como si hubiera estado esperando este momento. Su cuerpo, tan frágil y cálido, se presiona contra el mío, y siento que su respiración se vuelve más constante, más tranquila.
Su cabeza descansa sobre mi hombro, y su brazo me rodea la cintura, como buscando apoyo y protección. En ese contacto hay tanta confianza, tanto amor, que siento que todo dentro de mí se suaviza. Su pelo, tan suave y fragante, me roza ligeramente la mejilla, y no puedo evitar besar la parte superior de su cabeza.
Permanecemos así un rato, saboreando el momento. Todo lo que vino antes parece lejano y sin importancia. Ahora mismo solo somos nosotros, nuestra cama y el silencio que habla más fuerte que cualquier palabra.
La Rebelde me mira, y en sus ojos veo una pregunta. No dice ni una palabra, pero su mirada lo dice todo: —¿Qué quieres? ¿Qué sientes? ¿Me quedaré en tu vida o me dejarás ir?—
Quiero gritar que no lo sé. Que estoy perdido. Que no puedo elegir entre el dolor que me ha causado y el amor que aún vive en mí, a pesar de todo. Quiero decirle que ella es mi Rebelde, la que siempre me hace sentir vivo, incluso cuando duele. Pero las palabras no salen.
Y en ese momento, me doy cuenta de que no quiero que se vaya. No quiero que su risa, su sonrisa, su presencia se conviertan solo en un recuerdo.
Y en ese silencio, me doy cuenta de que, a pesar de todos los errores, las peleas y el dolor, aún nos encontramos el uno al otro. Porque somos nosotros. Y ningún rencor puede destruir lo que hay entre nosotros.
—Lo siento, Max —su voz es baja, pero hay una sinceridad en ella que cala hondo.
Sé que es hora de dar por zanjada esta historia. Katrin ya se ha disculpado varias veces, y para mí, con eso basta. Aunque, siendo sincero, sus lágrimas me bastan: tanto las que derrama en el apartamento cuando me voy como las que llora hoy. Cada una de sus lágrimas siento como una marca en mi alma, pesada e insoportable, como una piedra que llevo arrastrando desde hace demasiado tiempo.
Esa tarde, cuando cierro la puerta tras de mí, su llanto resuena por el pasillo vacío. Bajo las escaleras, y cada escalón me retumba en las sienes, como si mi corazón intentara liberarse de mi pecho. No miro atrás, aunque todo dentro de mí me grita que pare, que me dé la vuelta, que la abrace. Pero sé que sería un error. Los dos sabemos que es el final, aunque ninguno quiera admitirlo.
Y hoy… hoy sus lágrimas son silenciosas, pero aún así me cortan el alma.
—Está bien, te he perdonado, mi chica —digo, insinuando que estoy listo para volver a nuestra relación pasada.
Sí, hace unos días quiero borrarla de mi vida para siempre. Pero ahora, mirándola, me doy cuenta de que no quiero que se vaya. Katrin es una parte de mí, una parte de mi vida, y la quiero. Ese sentimiento me desgarra en dos. Una mitad me grita que tengo que terminar esto y volver a mi vida antigua, donde no hay dolor ni resentimiento. La otra mitad me suplica que la abrace, a mi Rebelde, y que no la deje ir nunca.
La miro y siento que mi alma se rompe en pedazos. Los recuerdos de nuestras peleas, de los momentos en que nos hicimos daño, pasan por mi mente como esquirlas afiladas. Recuerdo cómo sus palabras me hieren, cómo digo cosas de las que luego me arrepiento. Pero al mismo tiempo, recuerdo los momentos en que reímos juntos, cuando su voz me suena como la melodía más bonita, y su tacto me hace sentir como en casa.
—¿Eso significa que vuelvo a ser tu novia? —Sus ojos se abren con sorpresa y esperanza.
—¿Tú quieres serlo? —Le doy la oportunidad de decidir el destino de nuestra relación. Es su elección, y quiero que la tome con conciencia.
—¿Que si quiero ser tu novia? Sí quiero, sin duda —Su rostro se ilumina con esa misma sonrisa que tanto me gusta. Es sincera, ligera y llena de alivio.
—Bueno, dado que no hay más candidatas para el puesto y tú eres la única, ¡enhorabuena! Tienes el trabajo. Suerte y éxito para ti —bromeo, intentando aligerar el ambiente.
—¿De verdad? ¡Oh, qué maravilla! Gracias —responde mi chica con el mismo humor, sus ojos brillando de risa y felicidad.
Los dos nos reímos, y en ese momento todo encaja. Volvemos a estar juntos, y eso es lo único que importa.
Katrin se tumba de lado y su mano se acerca a mi camiseta. La levanta con cuidado para mirar el lugar donde su "travesura" salió mal. Sus ojos se ponen serios cuando ve la marca roja en mi pecho.
—Max, de verdad no quiero que termine así —Sus dedos tocan suavemente la piel alrededor de la inflamación—. Nunca más haré algo así. Lo prometo.
—Te creo —La miro a los ojos—. Pero quedemos en algo: no más experimentos, ¿vale?
La Rebelde asiente, sus labios tiemblan en una sonrisa.
—Trato hecho —Se aprieta contra mí, apoyando la cabeza en mi hombro.
Su mirada baja hacia el lugar donde su pequeña broma le salió el tiro por la culata. En mi pecho, una quemadura de un rojo intenso se destaca, ahora para ella no solo una marca de una reacción alérgica, sino un recordatorio de su descuido.
—¿Qué más te dijo la doctora? —Pregunta, frunciendo ligeramente el ceño. Su voz es baja, casi disculpándose, como si tuviera miedo de oír algo desagradable.
Al notar su expresión, decido aligerar un poco el ambiente.
—Me pregunta cómo he conseguido una quemadura alérgica tan bonita. Yo le digo que soy tan ardiente que hasta el pecho me empieza a dar quemaduras —digo con una sonrisa burlona, esperando hacerla sonreír—. Pero ella no aprecia mi chiste.
Sin embargo, su rostro se ilumina con una leve sonrisa, y un cálido destello aparece en sus ojos.
—Bueno, yo sí lo aprecio —Katrin se burla de mí ligeramente—. ¿Qué te dice en serio?
—La doctora me examina, dice que soy alérgico a algunos componentes. Me da una pomada y unas pastillas. Solo empiezo a usarlas hoy porque la vi esta mañana —Hablo con calma, sin querer preocuparla más.
—¿Y cuánto tiempo se quedará así de rojo intenso? —Su voz suena un poco ansiosa, como si esta marca fuera a quedarse por mucho tiempo, un recordatorio de su error.
Sonrío, intentando tranquilizarla.
—Menos de una semana, y luego se irá desvaneciendo —Mi voz es alentadora.
Veo que su rostro se relaja un poco, y aparece alivio en sus ojos. Asiente, como aceptando mis palabras, y se tumba junto a mí, sintiendo cómo la tensión se desvanece poco a poco, dejando espacio para la cómoda calma y el calor que compartimos en este momento.
Decido cambiar de tema, sintiendo cómo la tensión entre nosotros crece, como una nube antes de la tormenta. Mi voz suena un poco más cortante de lo que pretendo, pero no puedo contener los celos y la preocupación que me abruman.
—Entonces, ¿dónde has estado? ¿A qué discotecas vas mientras yo no estoy? —No quiero pensar en la posibilidad de que ella esté en algún sitio sin mí, sobre todo en lugares donde las cosas puedan salir mal, como aquella primera noche en una discoteca.
La Rebelde me mira, y una sombra de cansancio parpadea en sus ojos, como si estuviera agotada no solo físicamente, sino también emocionalmente. Su voz es baja, casi un susurro, pero cada palabra resuena en mi cabeza.
—No he ido a ningún sitio más lejos que la tienda de licores. Me quedo en casa y bebo.
Su confesión cae sobre mí como un mazazo, pero, para mi sorpresa, siento alivio. Me alegra, porque no quiero saber que ella está en algún lugar sin mí, especialmente en sitios donde las cosas puedan descontrolarse. En el fondo sé que no es sano alegrarse de que esté sola y bebiendo, pero en ese momento me parece el menor de los males.
Suspiró, intentando aliviar la tensión, y dirijo la conversación hacia algo más neutral.
—¿Vienes a clase conmigo mañana, o te lo saltas otra vez? —Intento sonar más suave.
Quiero que esté cerca, para poder estar seguro de que está bien.
Katrin sonríe, pero su sonrisa parece más un intento de ocultar algo que una expresión genuina de alegría.
—Bueno, aún no todo el mundo ha visto mi nuevo vestuario, así que supongo que tengo que ir a enseñarlo —Intenta convertirlo en una broma.
Pero yo puedo ver que hay algo más detrás de esa broma. Parece que, después de todo lo ocurrido, su nuevo vestuario no le importa en absoluto. Sus palabras suenan como un intento de distraerse, una forma de escapar de la realidad que parece presionarla por todos lados.
—Bueno, te despertaré por la mañana. Si todavía estás aquí, claro —Digo, sin estar seguro de qué elegirá.
Mi voz suena insegura porque no sé si querrá quedarse o si preferirá tomar un taxi a casa. Busco una respuesta en sus ojos, pero me parecen cerrados, como si ella misma no supiera lo que quiere.