XXXVI

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XXXVISevillano y Argüelles, que al principio le habían oído con algo de respeto, en cuanto oyeron aquella salida, titubearon entre la compasión y la risa, prevaleciendo al fin la primera, que expresó Sevillano en esta forma: —Hace bien usted en despreciar tales miserias. Nada más repugnante que hacer burla de un hombre digno y desgraciado. Aquí me trajeron también los muñecos esos; pero no los quise ver... Ahora, si ustedes quieren, tomaremos café. Entró el mozo con el servicio; Villaamil rehusó cortésmente el obsequio, y los otros dos se sentaron para tomar á gusto, en vaso muy colmadito, el brebaje aromático que es alegría y consuelo de las oficinas. —Pues le he de decir á usted—manifestó el cesante con la serenidad de un hombre dueño de sus facultades,—que se vaya usted haciendo á la

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