CAPÍTULO VEINTE El libro de hoy era otro que, personalmente, le encantaba. Se lo había leído a sí mismo al menos una docena de veces y aunque técnicamente se tratara de un libro infantil, tenía cierto atractivo que resonaba con todo el mundo—especialmente con cualquiera que estuviera lidiando con problemas de salud o algún tipo de discapacidad física. Leía las páginas de Tuck Everlasting como si fuera un sacerdote leyendo las Sagradas Escrituras. Sentía cada una de las palabras en su lengua y las expresaba con esmero. No se le escapaba la importancia que la historia tenía en su propia vida. Era el libro que le había leído su madre después de aquel día horrible—el día que se había quedado tumbado en el suelo de linóleo de la cocina, convencido de que se iba a morir y creyendo que el dolor


