El conserje había dispuesto sobre la mesa, cerca del fuego, chuletas, galantina, una langosta, un postre y dos botellas de Burdeos. Un recibimiento tan bueno emocionó a Deslauriers. —Me tratas como a un rey, palabra. Hablaron de su pasado, del porvenir; y, de vez en cuando, se cogían las manos por encima de la mesa, mirándose con ternura un momento. Pero llegó un recadero con un sombrero nuevo. Deslauriers comentó en voz alta su brillo. Luego el sastre en persona fue a entregar el traje que acababa de planchar. —Parece que te vas a casar —dijo Deslauriers. Una hora después apareció un tercer individuo y sacó de una gran bolsa negra un par de botas relucientes, espléndidas. Mientras que Frédéric se las probaba, el zapatero observaba socarronamente el calzado del provinciano. —¿El seño

