Capítulo 2. La nueva Margarita

3059 Palavras
Capítulo 2. La nueva Margarita En el primer rellano, Sorelli chocó con el conde de Chagny, que subía las escaleras. El conde, por lo general tan tranquilo, parecía muy excitado. "Iba hacia ti", dijo quitándose el sombrero. "¡Oh, Sorelli, qué velada! Y Christine Daae: ¡qué triunfo!" "¡Imposible!", dijo Meg Giry. "¡Hace seis meses cantaba de maravilla! Pero déjenos pasar, mi querido conde", prosiguió la mocosa, con una salerosa reverencia. "Vamos a informarnos sobre un pobre hombre que fue encontrado colgado del cuello". En ese momento, el director en funciones pasó alborotando y se detuvo al oír este comentario. "¡Qué!", exclamó bruscamente. "¿Ya se han enterado? Bueno, por favor, olvídenlo por esta noche, y sobre todo no dejen que se enteren M. Debienne y M. Poligny; les disgustaría demasiado en su último día." Todos se dirigieron al vestíbulo del ballet, que ya estaba lleno de gente. El conde de Chagny tenía razón: ninguna gala había igualado a ésta. Todos los grandes compositores del momento habían dirigido por turnos sus propias obras. Faure y Krauss habían cantado; y, aquella noche, Christine Daae había revelado su verdadero yo, por primera vez, al público atónito y entusiasta. Gounod había dirigido la Marcha fúnebre de una marioneta; Reyer, su hermosa obertura de Siguar; Saint Saens, la Danse Macabre y una Reverie Orientale; Massenet, una marcha húngara inédita; Guiraud, su Carnaval; Delibes, el Valse Lente de Sylvia y los Pizzicati de Coppelia. La Srta. Krauss había cantado el bolero de Vespri Siciliani; y la Srta. Denise Bloch, la canción para beber de Lucrezia Borgia. Pero el verdadero triunfo estaba reservado a Christine Daae, que había comenzado cantando algunos pasajes de Romeo y Julieta. Era la primera vez que la joven artista cantaba en esta obra de Gounod, que no había sido trasladada a la Ópera y que se reestrenó en la Ópera Cómica después de haber sido producida en el antiguo Teatro Lírico por Mme. Carvalho. Los que la oyeron dicen que su voz, en estos pasajes, era seráfica; pero esto no era nada comparado con las notas sobrehumanas que emitió en la escena de la prisión y en el trío final de Fausto, que cantó en lugar de La Carlotta, que estaba enferma. Nadie había oído ni visto nada igual. Daae reveló una nueva Margarita aquella noche, una Margarita de un esplendor, un resplandor hasta entonces insospechados. Toda la casa enloqueció, poniéndose en pie, gritando, vitoreando, aplaudiendo, mientras Christine sollozaba y se desmayaba en los brazos de sus compañeras y tenía que ser llevada a su camerino. Sin embargo, algunos abonados protestaron. ¿Por qué se les había ocultado un tesoro tan grande durante tanto tiempo? Hasta entonces, Christine Daae había interpretado una buena Siebel a la Margarita de Carlotta, demasiado espléndidamente material. Y había sido necesaria la incomprensible e inexcusable ausencia de Carlotta en esta noche de gala para que la pequeña Daae, de un momento a otro, mostrara todo lo que sabía hacer en una parte del programa reservada a la diva española. Pues bien, lo que los abonados querían saber era, ¿por qué Debienne y Poligny habían solicitado a Daae, cuando Carlotta cayó enferma? ¿Conocían su genio oculto? Y, si lo sabían, ¿por qué lo habían mantenido oculto? ¿Y por qué lo había ocultado ella? Curiosamente, no se sabía que tuviera un profesor de canto en ese momento. A menudo había dicho que pensaba practicar sola en el futuro. Todo era un misterio. El conde de Chagny, de pie en su palco, escuchó todo este frenesí y participó en él aplaudiendo ruidosamente. Philippe Georges Marie Comte de Chagny tenía sólo cuarenta y un años. Era un gran aristócrata y un hombre apuesto, por encima de la mediana estatura y con rasgos atractivos, a pesar de su dura frente y sus ojos más bien fríos. Era exquisitamente educado con las mujeres y un poco altivo con los hombres, que no siempre le perdonaban sus éxitos en sociedad. Tenía un corazón excelente y una conciencia irreprochable. A la muerte del viejo conde Philibert, se convirtió en cabeza de una de las familias más antiguas y distinguidas de Francia, cuyas armas se remontaban al siglo XIV. Los Chagny poseían una gran cantidad de propiedades; y, cuando el viejo conde, que era viudo, murió, no fue tarea fácil para Philippe aceptar la gestión de un patrimonio tan grande. Sus dos hermanas y su hermano, Raoul, no quisieron oír hablar de división y renunciaron a reclamar sus partes, dejándose enteramente en manos de Philippe, como si el derecho de primogenitura nunca hubiera dejado de existir. Cuando las dos hermanas se casaron, el mismo día, recibieron su parte de manos de su hermano, no como algo que les perteneciera por derecho, sino como una dote por la que le dieron las gracias. La condesa de Chagny, nacida de Moerogis de La Martyniere, había muerto al dar a luz a Raoul, que nació veinte años después que su hermano mayor. A la muerte del anciano conde, Raoul tenía doce años. Philippe se ocupó activamente de la educación del joven. Para ello contó con la admirable ayuda de sus hermanas, primero, y de una vieja tía, viuda de un oficial de la marina, que vivía en Brest y que transmitió al joven Raoul el gusto por el mar. El muchacho ingresó en el buque escuela Borda, terminó el curso con honores y dio tranquilamente la vuelta al mundo. Gracias a poderosas influencias, acababa de ser nombrado m*****o de la expedición oficial a bordo del Requin, que iba a ser enviada al Círculo Polar Ártico en busca de los supervivientes de la expedición de D'Artoi, de los que no se sabía nada desde hacía tres años. Mientras tanto, disfrutaba de un largo permiso que no terminaría hasta dentro de seis meses, y ya las viudas del Faubourg Saint-Germain compadecían al apuesto y aparentemente delicado mozalbete por el duro trabajo que le esperaba. La timidez del joven marinero -casi diría que su inocencia- era notable. Daba la impresión de que acababa de dejar el delantal de las mujeres. De hecho, acariciado como estaba por sus dos hermanas y su vieja tía, había conservado de esta educación puramente femenina unos modales que eran casi cándidos y estaban marcados por un encanto que nada había sido capaz de mancillar. Tenía poco más de veintiún años y aparentaba dieciocho. Tenía un pequeño bigote rubio, unos hermosos ojos azules y la tez de una muchacha. Philippe mimaba a Raoul. Para empezar, estaba muy orgulloso de él y se complacía en prever una gloriosa carrera para su vástago en la marina, en la que uno de sus antepasados, el famoso Chagny de La Roche, había ostentado el rango de almirante. Aprovechó la licencia del joven para mostrarle París, con todas sus delicias lujosas y artísticas. El conde consideró que, a la edad de Raoul, no conviene ser demasiado bueno. El propio Philippe tenía un carácter muy equilibrado tanto en el trabajo como en el placer; su conducta era siempre intachable; y era incapaz de dar un mal ejemplo a su hermano. Lo llevaba con él a todas partes. Incluso lo introdujo en el vestíbulo del ballet. Sé que se decía que el conde estaba "en buenos términos" con Sorelli. Pero difícilmente podría considerarse un crimen que este noble, soltero, con mucho tiempo libre, sobre todo desde que sus hermanas se establecieron, viniera a pasar una o dos horas después de la cena en compañía de una bailarina que, aunque no era muy, muy ingeniosa, tenía los ojos más bonitos que jamás se hayan visto. Y, además, hay lugares donde un verdadero parisino, cuando tiene el rango del conde de Chagny, está o******o a mostrarse; y en aquel momento el foyer del ballet de la Ópera era uno de esos lugares. Por último, Philippe tal vez no habría llevado a su hermano entre los bastidores de la Ópera si Raoul no hubiera sido el primero en pedírselo, renovando repetidamente su petición con una suave obstinación que el conde recordó más tarde. Aquella noche, Philippe, después de aplaudir al Daae, se volvió hacia Raoul y vio que estaba muy pálido. "¿No ves", dijo Raúl, "que la mujer se desmaya?". "Tú también pareces desmayarte", dijo el conde. "¿Qué te pasa?" Pero Raúl se había recuperado y estaba de pie. "Vamos a ver", dijo, "nunca había cantado así". El conde dirigió a su hermano una curiosa mirada sonriente y pareció bastante satisfecho. Pronto llegaron a la puerta que conducía de la casa al escenario. Numerosos abonados se abrían paso lentamente. Raoul se rasgaba los guantes sin saber lo que hacía y Philippe tenía un corazón demasiado bondadoso para reírse de él por su impaciencia. Pero ahora comprendía por qué Raoul estaba distraído cuando se le hablaba y por qué siempre intentaba que todas las conversaciones girasen en torno al tema de la Ópera. Llegaron al escenario y se abrieron paso entre la m******d de caballeros, tramoyistas, figurantes y coristas, Raoul a la cabeza, sintiendo que el corazón ya no le pertenecía, con el rostro encendido por la pasión, mientras el conde Philippe le seguía con dificultad y sin dejar de sonreír. Al fondo del escenario, Raoul tuvo que detenerse ante la irrupción de la pequeña tropa de bailarinas que bloqueaba el paso por el que intentaba entrar. Más de una frase burlona salió de los pequeños labios maquillados, a las que no respondió; y al fin pudo pasar, y se zambulló en la penumbra de un pasillo en el que sonaba el nombre de "¡Dae! Daae!" El conde se sorprendió al comprobar que Raúl conocía el camino. Nunca le había llevado él mismo a casa de Christine y llegó a la conclusión de que Raoul debía de haber ido solo mientras el conde se quedaba hablando en el vestíbulo con Sorelli, que a menudo le pedía que esperara hasta que llegara la hora de "seguir" y a veces le entregaba las polainas con las que bajaba corriendo de su camerino para preservar la impecabilidad de sus zapatos de baile de raso y sus medias color carne. Sorelli tenía una excusa: había perdido a su madre. Aplazando unos minutos su habitual visita a Sorelli, el conde siguió a su hermano por el pasillo que conducía al camerino de Daae y vio que nunca había estado tan abarrotado como aquella noche, cuando toda la casa parecía excitada por su éxito y también por su desmayo. Pues la muchacha aún no había vuelto en sí; y el médico del teatro acababa de llegar en el momento en que Raoul entraba pisándole los talones. Christine, pues, recibió los primeros auxilios del uno, mientras abría los ojos en brazos del otro. El conde y muchos más permanecían agolpados en la puerta. "¿No cree, doctor, que sería mejor que esos señores desalojaran la habitación?", preguntó fríamente Raúl. "Aquí no se respira". "Tienes toda la razón", dijo el médico. Y despidió a todos, excepto a Raúl y a la criada, que miraba a Raúl con ojos del más indisimulado asombro. Ella no le había visto nunca y, sin embargo, no se atrevía a interrogarle; y el doctor imaginó que el joven sólo actuaba como lo hacía porque tenía derecho a hacerlo. El vizconde, por lo tanto, permaneció en la habitación observando a Christine mientras volvía lentamente a la vida, mientras que incluso los administradores conjuntos, Debienne y Poligny, que habían venido a ofrecer su simpatía y felicitaciones, se vieron empujados al pasillo entre la m******d de dandis. El conde de Chagny, que era uno de los que estaban fuera, se rió: "¡Oh, el pícaro, el pícaro!" Y añadió, en voz baja: "¡Esos jóvenes con sus aires de colegialas! Así que es un Chagny después de todo". Se volvió para ir al camerino de Sorelli, pero se encontró con ella en el camino, con su pequeña tropa de temblorosas bailarinas, como ya hemos visto. Mientras tanto, Christine Daae lanzó un profundo suspiro, que fue respondido por un gemido. Giró la cabeza, vio a Raúl y se sobresaltó. Miró al médico, al que dedicó una sonrisa, luego a su doncella y después de nuevo a Raoul. "Monsieur", dijo ella, con voz no muy por encima de un susurro, "¿quién es usted?". "Mademoiselle", respondió el joven, arrodillándose sobre una rodilla y apretando un ferviente beso en la mano de la diva, "soy el chiquillo que se lanzó al mar para rescatar su pañuelo". Christine volvió a mirar al médico y a la criada, y los tres se echaron a reír. Raúl se puso muy rojo y se levantó. "Mademoiselle", dijo, "ya que le complace no reconocerme, me gustaría decirle algo en privado, algo muy importante". "Cuando esté mejor, ¿te importa?" Y le tembló la voz. "Has sido muy buena." "Sí, debe irse", dijo el doctor, con su sonrisa más agradable. "Déjeme atender a mademoiselle". "Ahora no estoy enferma", dijo Christine de pronto, con extraña e inesperada energía. Se levantó y se pasó la mano por los párpados. "Gracias, doctor. Me gustaría estar solo. Por favor, váyanse todos. Dejadme. Me siento muy inquieto esta noche". El médico intentó protestar brevemente, pero, al percibir la evidente agitación de la muchacha, pensó que el mejor remedio era no frustrarla. Y se marchó, diciendo a Raúl, fuera: "No es ella misma esta noche. Normalmente es tan gentil". Luego dio las buenas noches y Raúl se quedó solo. Toda esta parte del teatro estaba ahora desierta. La ceremonia de despedida tenía lugar sin duda en el vestíbulo del ballet. Raoul pensó que Daae podría ir a ella y esperó en la silenciosa soledad, ocultándose incluso en la sombra favorable de una puerta. Sentía un terrible dolor en el corazón y era de esto de lo que quería hablar con Daae sin demora. De pronto se abrió la puerta del vestidor y la criada salió sola, cargada de bultos. Él la detuvo y le preguntó cómo estaba su señora. La mujer se rió y dijo que se encontraba muy bien, pero que no la molestase, pues deseaba que la dejasen en paz. Y siguió su camino. Una sola idea llenó el ardiente cerebro de Raúl: ¡por supuesto que Daae deseaba que lo dejaran solo! ¿No le había dicho que quería hablar con ella en privado? Casi sin respirar, subió al vestidor y, con la oreja pegada a la puerta para oír su respuesta, se dispuso a llamar. Pero se le cayó la mano. Había oído la voz de un hombre en el vestidor, que decía, en un tono curiosamente magistral: "¡Christine, debes amarme!" Y la voz de Christine, infinitamente triste y temblorosa, como acompañada de lágrimas, respondió: "¿Cómo puedes hablar así? ¡Cuando canto sólo para ti!" Raúl se apoyó en el panel para aliviar su dolor. Su corazón, que parecía haber desaparecido para siempre, volvió a su pecho y latía con fuerza. Todo el pasadizo resonó con sus latidos y los oídos de Raúl se ensordecieron. Seguramente, si su corazón seguía haciendo tanto ruido, lo oirían dentro, abrirían la puerta y el joven sería rechazado en desgracia. ¡Qué posición para un Chagny! ¡Ser sorprendido escuchando detrás de una puerta! Se tomó el corazón con las dos manos para detenerlo. La voz del hombre volvió a hablar: "¿Estás muy cansado?" "¡Oh, esta noche te di mi alma y estoy muerta!" Contestó Christine. "Tu alma es algo hermoso, niña", respondió la voz del hombre grave, "y te lo agradezco. Ningún emperador recibió jamás un regalo tan justo. Los ángeles lloraron esta noche". Raúl no oyó nada después. Sin embargo, no se marchó, sino que, como si temiera que le descubrieran, volvió a su rincón oscuro, decidido a esperar a que el hombre saliera de la habitación. Al mismo tiempo, había aprendido lo que significaba el amor y el odio. Sabía que amaba. Quería saber a quién odiaba. Para su gran asombro, la puerta se abrió y apareció Christine Daae, envuelta en pieles, con el rostro oculto en un velo de encaje, sola. Cerró la puerta tras de sí, pero Raoul observó que no echaba la llave. Pasó de largo. Ni siquiera la siguió con la mirada, pues sus ojos estaban fijos en la puerta, que no volvió a abrirse. Cuando el pasadizo volvió a estar desierto, lo cruzó, abrió la puerta del vestidor, entró y cerró la puerta. Se encontró en la más absoluta oscuridad. Habían apagado el gas. "¡Hay alguien aquí!", dijo Raúl, con la espalda apoyada en la puerta cerrada, con voz temblorosa. "¿Por qué te escondes?" Todo era oscuridad y silencio. Raúl sólo oía el sonido de su propia respiración. No se daba cuenta de que la indiscreción de su conducta sobrepasaba todos los límites. "¡No te irás de aquí hasta que yo te deje!", exclamó. "¡Si no respondes, eres un cobarde! Pero te desenmascararé!" Y encendió una cerilla. La llama iluminó la habitación. No había nadie en la habitación. Raúl, girando primero la llave de la puerta, encendió el gas. Entró en el vestidor, abrió los armarios, buscó, palpó las paredes con las manos húmedas. Nada. "¡Mira aquí!" dijo, en voz alta. "¿Me estoy volviendo loco?" Permaneció diez minutos escuchando el estallido del gas en el silencio de la habitación vacía; amante como era, ni siquiera pensó en robar una cinta que le hubiera proporcionado el perfume de la mujer que amaba. Salió, sin saber lo que hacía ni adónde iba. En un momento dado de su caprichoso avance, una corriente de aire helado le golpeó en la cara. Se encontró al pie de una escalera, por la que, detrás de él, una procesión de obreros transportaba una especie de camilla, cubierta con una sábana blanca. "¿Cuál es la salida, por favor?", preguntó a uno de los hombres. "Justo delante de ti, la puerta está abierta. Pero déjanos pasar". Señalando la camilla, preguntó mecánicamente: "¿Qué es eso?" Los obreros respondieron: "'Ese' es Joseph Buquet, que fue encontrado en el tercer sótano, colgado entre una granja y una escena del Roi De Lahore". Se quitó el sombrero, retrocedió para dejar sitio a la comitiva y salió.
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