3 Todo lo que pisas es territorio enemigo

4430 Palavras
Mi primer día oficial de clases y: 1. Tenía resaca. 2. Mis ojeras parecían las de la novia cadáver. 3. Cada vez aumentaba más la sensación de que Aegan Cash iba a cobrarse mi burlita. Artie me había advertido que podía ser un m*l comienzo solo por haberlo insultado. En la vida normal, es malo insultar a las personas, sea cual sea su nivel social. En la vida de Tagus, solo es una condena insultar a los elegidos. Y Aegan era el elegido número uno. Existía un gran grupo de gente que lo seguía con fidelidad política, que respetaba la historia del apellido Cash, que admiraba ese linaje, que estaría dispuesta a darme la espalda por creer que podía desafiar el statu quo. Daba miedo si lo pensabas, pero yo decidí que, si el rechazo y la exclusión era lo que venía, lo enfrentaría con mi metro sesenta de estatura y la barbilla en alto, porque sí había sido una tontería insultar a Aegan la noche anterior, pero no lo admitiría. Por supuesto, no me esperaba lo que en realidad pasó. Atravesé las puertas del monstruo arquitectónico que era el edificio del Colegio de Ciencia y Artes Liberales. Por los pasillos, unos cuantos grupos me miraron como si fuera el único ser humano que había evolucionado del Homo sapiens a una especie nueva y tóxica. Otros, al pasar a su lado, asintieron como diciendo: «Vas por buen camino, chica». En la primera clase hubo silencios juzgadores e incómodos, pero luego, en la siguiente, un grupo de chicas me sonrió con aprobación. ¿Qué significaba? ¿Había hecho bien o había hecho m*l? No estaba segura, pero sentí cierta satisfacción porque, no te voy a mentir, eso de pasar desapercibida por los pasillos con la cabeza baja, mordiéndome el labio y apretando los libros contra el pecho en definitiva no era lo mío. En cambio, ¿ser vista por haber hecho lo que alguien no tuvo el valor de hacer antes? Gracias, gracias, lo aceptaré encantada. Aunque... tal vez no debí cantar victoria tan rápido. Sí habría consecuencias por mis actos, y eso lo entendí en la última hora, cuando fui a la clase extra que había podido elegir a mi gusto: literatura. El resto era pintura, audiovisual, música o manualidades, y yo no era nada buena en las artes plásticas si no se trataba de hacer figuras estúpidas u obscenas con plastilina. El aula era, debo decir, impresionante, como todas las que había visitado ese día. La pizarra era un rectángulo transparente para escribir con marcadores acrílicos. Las mesas eran de un reluciente blanco, cada una con dos asientos. Me senté en la que estaba más cerca del gran ventanal de cristales azulados, desde el que se veían los verdes y extensos jardines de Tagus, y esperé. La clase se llenó rápidamente con unos veinte estudiantes. Una mujer alta, delgada y con cuello largo que me recordó a un cisne se situó frente a la pizarra. Tenía un aire bohemio e interesante, como el de una escritora sin mucho éxito, pero con mucho talento. Dijo que era la profesora Lauris y nos dio la bienvenida a los alumnos de primer y segundo año a la clase de Literatura. —Formaremos parejas de lectura —empezó a explicar—. En todo el semestre debatiremos y trataremos de entender nuevas perspectivas. ¿Por qué para algunos las cosas son azules o para otros son amarillas? Intentaremos entender eso, así que escojan a una persona y cambien de mesa si es necesario. Giré la cabeza para escoger a alguien o para ser escogida, preparada para mi primera interacción social exitosa, pero solo vi el asiento vacío a mi lado porque por distraída y confiada no me había fijado en una cosita: el salón se había llenado, pero nadie se había sentado junto a mí. Mi mesa era la única con un solo integrante. Alrededor, los estudiantes se movieron de un lugar a otro para ubicarse con su pareja. Esperé a alguien, intenté hablarle a alguien, pero todos me ignoraron y evitaron mi mirada. Hicieron como si en mi silla no hubiera una persona, solo aire. Dejaron el mensaje muy claro: nadie quiere formar pareja contigo. Al final me quedé sola. Se hicieron las parejas y a mí no se me paró ni una mosca. ¿Que si eso me impactó? Por supuesto, pero lo disimulé. —Derry —me dijo la profesora Lauris por encima de las voces de los estudiantes al darse cuenta de la situación—. Compartirá sus opiniones conmigo. Genial. Y además mi pareja sería la profesora, como si fuera una niña de primaria rechazada, algo que nunca antes me había sucedido. Alguien se burló por lo bajo, pero no supe quién. Decidí no dejar que eso no me afectara. Éramos adultos, ¿no? Lo tomé como un adulto. —Bien —continuó la profesora, de nuevo frente a la pizarra, ya con la clase tranquila y en silencio—. Anotaré algunos... Se interrumpió de repente porque alguien llamó a la puerta del aula. Todos miramos hacia la entrada. Ya con quince minutos de clase iniciada, Adrik Cash se encontraba de pie bajo el marco de la puerta. Sostenía su mochila con una mano, y lo envolvía un aire somnoliento, con el cabello demasiado desordenado. No tenía cara de querer estar ahí. De hecho, parecía que acababa de levantarse y que había ido a clase solo para que no le pusieran falta. En cualquier otro caso, era obvio lo que debía suceder ahora: una reprimenda de la profesora y la prohibición de entrar, pero no era así para los Cash. Nunca era igual para ellos. Yo no lo sabía del todo en ese momento. Lo fui descubriendo poco a poco. Era como si el mundo se obligara a funcionar diferente para adaptarse a lo que fuera mejor para los tres hermanos. Eran impunes a lo que se solía castigar. Tenían puertas abiertas donde solo había muros para otros. Eran superiores solo por su sangre y su historia. Así que la profesora le dedicó una sonrisa afable, sin reproche. Incluso me dio la impresión de que se alegraba de verlo allí. —Cash, pase —le dijo, señalando el interior del aula—. Ya se me hacía raro que no estuviera aquí. Me temo que se perdió la elección de parejas; trabajará con Derry, que ha sido la única que se quedó sola. El silencio fue sepulcral. —¿Es necesario? —preguntó él tras un momento. —Sí, esta vez no lo dejaré trabajar solo. —No dio derecho a réplica la profesora—. El trabajo en grupo es importante. Pensé que diría algo más, pero Adrik avanzó hacia la mesa sin decir palabra, todavía casi arrastrando la mochila. Algunos se susurraron cosas y luego me miraron. Yo me mantuve quieta, sin dejar traslucir nada que pudiera dar de qué hablar. Llegó hasta el lugar vacío y se sentó a mi lado. Dejó caer la mochila, colocó los antebrazos sobre la mesa y miró al frente. Una suave brisa que olía a loción de afeitar masculina me golpeó la cara y amenazó con causarme alergias. Nota que no necesitas: casi todo me hacía estornudar y terminaba enojada por estornudar tanto. La clase continuó. —Anoten los nombres de los autores que estudiaremos este semestre —explicó la profesora, de espaldas a nosotros—. Mientras tanto, tomen una hoja y pregunten a su compañero sus gustos literarios. Abrí mi libreta y saqué una hoja. Tomé un bolígrafo, hice dos columnas con nuestros nombres yme quedé en silencio por un instante. La verdad era que no quería preguntarle nada a Adrik. Otro de mis grandes defectos: era orgullosa, pero eso seguramente ya lo notaste, jejé. Igual no fue necesario —El retrato de Dorian Gray —dijo él de repente, sin mirarme. Me dejó extrañada. A mí también me gustaba mucho ese libro. No había leído todos los libros del mundo, claro, pero durante un largo tiempo en el que no había tenido ganas de socializar con nadie, leer se convirtió en uno de mis refugios, y ese tipo de historias que reflejaban los errores y la podredumbre humana eran de mis favoritas. Anoté el título en las dos columnas. Después golpeé la hoja con la punta del bolígrafo, pensativa. —¿Por qué te gusta? —no pude evitar preguntar. Adrik se tomó su tiempo. Incluso pensé que iba a ignorarme como el resto de los alumnos, pero un momento después alzó los hombros. —Te enseña que puedes ser casi perfecto por fuera, y en realidad estar malditamente podrido por dentro —respondió sin más. Me fijé en que tenía una voz suave y taimada. Comparada con la potente y enérgica voz de su odioso hermano, la suya era intrigante y, por desgracia, era placentero escucharla. En cuanto al libro, otra sorpresa para mí, yo opinaba lo mismo. Las palabras salieron solas de mi boca: —Y que el poder corrompe el alma. —Que el poder, en realidad, es una debilidad —asintió él. Entonces giró la cabeza y me observó. Tenía los ojos de un gris oscuro, nubloso, plomizo. Unas tenues ojeras le daban aspecto cansado. La comparación con su hermano fue inevitable: mientras que la mirada de Aegan era desafiante y estaba rebosante de altivez, la de Adrik era penetrante, un tanto misteriosa, difícil de sostener, pero interesante... Era un Cash. No debía olvidar que era un Cash. Y con los Cash había que ir con cuidado. Siempre. —Bien. —Carraspeé y devolví la mirada a la lista—. ¿Otro? —Estuve leyendo Diálogo entre un sacerdote y un moribundo. Es un relato corto, pero sería interesante ver qué opinan. —¿Lees al Marqués de Sade? —le pregunté, ceñuda. Él alzó los hombros con indiferencia y se apoyó en el respaldo de la silla, muy relajado. De forma distraída y aburrida, comenzó a rascar la mesa con la uña del dedo índice. —¿Y qué si lo hago? —Es repulsivo —opiné. —Exacto. —Debí imaginarlo... —murmuré, negando con la cabeza mientras escribía el título. Adrik soltó una risa apática que pareció más un resoplido. Giré los ojos. Él, su hermano y todo lo que representaban estaban empezando a revolverme el estómago de una forma desagradable, pero debía calmarme. No podía estar a la defensiva con tanta obviedad. Acababa de llegar, se suponía que no tenía ninguna razón para detestarlos tanto, ¿no? Así que debía comportarme. —Solo dime otro libro —pedí, seca. —Expiación de Ian McEwan. —Uno que sí hayas leído —me corregí. —¿Por qué piensas que no he leído ese libro? —inquirió como respuesta. —Pues porque no —contesté simplemente. Hubo una leve elevación en su comisura derecha que dio la impresión de ser una pequeñísima sonrisa, aunque no pude identificar de qué tipo era. ¿Diversión? ¿Burla? ¿Nada? —No te parece posible que yo pueda leer un libro de ese tipo solo porque he dicho que he leído algo del Marqués de Sade, ¿verdad? —replicó, tranquilo, pero al mismo tiempo algo afilado. —No, no es... —intenté defenderme, pero Adrik continuó: —¿O es que ahora crees que siempre leo cosas del estilo del Marqués de Sade? —Que no, es que... Adrik se inclinó hacia delante y apoyó el codo en la mesa para hablar conmigo con un aire más confidencial. Fijó sus ojos grises en mí. Fue intimidante, y yo no me intimidaba con facilidad. —Odio al Marqués de Sade —me susurró, serio—. Es tan repulsivo. Son solo perversiones y fantasías frustradas escritas para aliviarse, pero... al lector real le interesa leer cualquier tipo de libro. No quiere decir que todos vayan a gustarle, quiere decir que es abierto, que es curioso, que da oportunidades, y sobre todo que no pierde el tiempo criticando sin bases o apoyando las absurdas críticas de otros, porque forma su propia opinión y le basta con eso. A mí me basta con eso. —Y concluyó con—: ¿No pudiste imaginar que esas eran mis razones o es que te resulta más fácil juzgar a las personas solo porque les gustan las cosas que a ti no te gustan? Con eso me dio dos fuertes y triunfantes bofetadas mentales. Pero me negaba a quedarme callada porque primero muerta y calcinada que derrotada por alguien. Exhalé y sacudí la cabeza, abrumada por la rapidez de sus palabras. —No, espera —me apresuré a decir, reacomodándome, lista para entrar en debate—. Solo creí que no leerías algo así porque eres... —¿Un Cash? —completó al instante. Pestañeé, incrédula. —Pues... sí. —Vaya —se rio con una risa casi imperceptible, pero de sorpresa. Ni siquiera me dio tiempo de decir algo más. Alzó la mano hacia Lauris y dijo en voz alta: —Profesora, ¿puedo trabajar solo este semestre? —Toda la atención del aula recayó en él. Lauris dejó de escribir en la pizarra y lo miró con curiosidad—. Es que mi compañera cree que por mi apellido soy un e******o y que por mis gustos soy un enfermo repulsivo. Y, la verdad, eso me parece muy prejuicioso. Otra bofetada. La clase entera me miró. Algunos se taparon las bocas para reprimir las risas, pero aun así se oyeron unas cuantas. Me ardió la cara de indignación y vergüenza, y de nuevo me sentí el centro de un asunto que podía empeorar solo para mí. —¡No es verdad! —me defendí rápidamente, negándome a parecer una estúpida—. No es cierto. Yo solo dije que... Quise decir que... Pero sí había quedado como estúpida. No pude salvarme. Me quedé cortada porque en realidad no podía decir mis razones para considerar a Adrik un i****a, no las más lógicas, y todos lonotaron. Sí, fui un chiste total. —Me temo, Adrik —dijo la profesora tras callar a los alumnos—, que esta es una mayor razón para que trabajen juntos y debatan sus puntos de vista, lo cual es el objetivo de la clase. Y no nos separaron, pero durante el resto de la hora no volvimos a cruzar palabra. Apenas sonó la campana de final de mañana, Adrik no esperó ni dos segundos para coger su mochila y desaparecer. Me alivió no tenerlo cerca, pero en el fondo me quedó una molesta e irritante sensación de haber sido derrotada por él. Normalmente, yo sabía defenderme en cualquier debate, pero tuve que admitir que me había dejado como una estúpida en menos de cinco minutos de una forma sorprendente, casi... admirable. No, admirable no. Debía tener mucho cuidado con él. Podía ser el Cash más peligroso, aunque supuse que era difícil que ganara a Aegan. ¿O la crueldad era menos nociva que la inteligencia? Fui al comedor para el almuerzo, en donde Artie había prometido que me esperaría. Hasta ese momento había asociado los comedores a sitios ruidosos, abarrotados, con olor a comida y suelos llenos de manchas. En Tagus, por supuesto, no era así. El comedor era sofisticado y limpio, y la gente —que no era mucha— hablaba con un tono moderado. La comida no era la preferida de todos los paladares exigentes de los estudiantes acostumbrados a los restaurantes del campus, pero había quien solo tenía tiempo de ir allí. Dejé mi bandeja con pollo y puré de patata de mala gana sobre la mesa. Artie alzó la vista desde su cuaderno. Comía y estudiaba al mismo tiempo con su portátil delante. Llevaba unas grandes gafas de pasta que no sabía que usaba y un cintillo delgado en el cabello corto. Otra vez detecté en ella ese gesto de morderse el labio inferior como si fuera una chica de Crepúsculo. Analizándola, lo asocié a inseguridad. Inquietud. Artie era inquieta, pero no del tipo hiperactivo, sino del tipo nervioso. La pregunta era: ¿por qué? —¿Qué pasa? —me preguntó al notar que yo no estaba muy contenta. Suspiré. —Pensé que Literatura sería... —¿Qué? —me interrumpió de golpe, repentinamente atónita—. ¿Estás en Literatura? —Sí —asentí, extrañada por su reacción—. ¿Por qué lo dices así? —Es la clase de Adrik —contestó al instante—. Su terreno. Su dominio. La nota de pánico que detecté en su voz me dejó más extrañada, pero eso tenía sentido. Hasta la profesora dio la impresión de adorarlo. Necesité información. —Dime cuáles son las clases que los Cash dominan, por favor —le pedí, y para explicar mi petición añadí—: Así tendré cuidado de no elegirlas. Artie no me oyó. De hecho, entró en una especie de momento de emergencia que me sorprendió. —Antes que nada, tienes que dejar ya mismo Literatura —dictaminó, y soltó su tenedor para buscar algo en el portátil con rapidez—. Sé que hay un formulario para hacer cambios de asignatura por aquí.... —No —intenté detenerla—. No voy a cambiarme. Puedo evitar las demás asignaturas, pero ya estoy en esta, e irme sería como gritar: ¡soy cobarde! Ella me miró como si no me comprendiera. —En el punto en que estás, ¿te importa lo que puedan pensar los demás si dejas la clase? — replicó con desconcierto—. Ya te buscaste problemas con Aegan. ¿Ahora vas a buscártelos con Adrik? Lo mejor es que te alejes de él antes de que las cosas empeoren. Fruncí las cejas, repentinamente enojada. —¿Solo por estar en una clase con él estoy buscándome problemas? —Me refiero a que es obvio que hay un choque entre tú y ellos, y te lo digo solo porque... —Les tienes miedo —completé por ella con obviedad—. ¿O creíste que no me había dado cuenta? Artie suspiró, miró hacia los lados para comprobar que nadie estuviera oyéndonos y luego se inclinó hacia delante para reducir el rango de alcance de su voz. El pánico pasó a su mirada. —Jude, sé que te hizo sentir bien retar a Aegan —me susurró con un tono de que hablaba muy en serio—. Te confieso que hasta yo disfruté al ver su cara de sorpresa cuando ganaste, pero para mantener rivalidad con alguien como él, como mínimo debes tener su mismo nivel social, porque, si no, te destruirá en un segundo. Estaba segura de que era una advertencia muy importante, pero no me asustó. —Temerle a una persona con poder solo la hace más poderosa —fue lo que le dije. Ella apretó los labios y se reacomodó en la silla. Miró de nuevo la pantalla del portátil. Hubo algo misterioso en su silencio hasta que por fin murmuró: —Tú no sabes de lo que son capaces de hacer aquí. De lo que Aegan es capaz. —¿Y tú sí lo sabes? —pregunté de vuelta al instante—. Si es así, dímelo. No dijo nada, y su silencio fue una respuesta que me dejó mirándola con extrañeza. Quizá ella también veía a los Cash como figuras a las que había que evitar molestar porque tenía muy arraigado el estilo de vida de la élite de Tagus, donde solo por tener un apellido famoso la gente se ganaba el respeto de todos, pero no el mío. Yo sabía que los tipos como Aegan estaban llenos de una sola cosa: defectos que se esmeraban en ocultar. Aunque no por eso debía discutir con Artie. O sea, tenía un carácter tipo Shrek, y si me buscaban, la discusión la seguía hasta el final, pero ¿discutir por esos tontos? No. No era así como quería llevar las cosas. Antes de poder decirle algo para reparar la pequeña discusión, nuestra mesa fue asaltada por Dash y Kiana. Ella se deslizó en el asiento de enfrente, junto a Artie, con el rostro ardiendo por la emoción de un buen chisme. Dash se deslizó a mi lado, con una sonrisa amplia y fascinada. Se descolgó la mochila de unamarca cara y comenzó a sacar un montón de billetes para dejarlos frente a mí. —No tiene ciencia que juegues si dejas el premio —me dijo, y por último depositó un reloj sobre el puñado de dinero—. Lo salvé todo anoche antes de que le cayeran encima. Alterné la mirada entre él y los billetes. —¿Qué es esto? —Lo que ganaste en el póquer —respondió Kiana con mucha obviedad—. ¿O solo te acuerdas de que le metiste un pepino por el culo a Aegan? La verdad era que había olvidado por completo esa parte del dinero de la apuesta. —Pues eso me pareció más que suficiente recompensa —admití. —Bueno, pero ganaste la satisfacción y además dos mil dólares —señaló Dash, acercándome más los billetes. El agua que estaba tomando en ese momento se me salió por la nariz. Tuve que cubrirme la boca para no hacer un desastre. Sí, también había olvidado la cantidad de la apuesta. —¿Dos mil? —solté, estupefacta. —Ni que fuera tanto —resopló Dash con un ademán de indiferencia. ¿Le parecía poco? No salía de mi asombro. —Dios, Jude, dejaste a Aegan con cara de imbécil derrotado —dijo Kiana con una enorme sonrisa de alegría—. ¡Fue icónico! ¡Épico! ¡Inesperado! —Ahora nadie para de hablar de eso —asintió Dash en un tono más bajo. —Pero no es todo —continuó Kiana—. Nadie ha visto a Aegan desde anoche. —Creo que lo avergonzaste tanto que no quiere dar la cara o no sabe qué cara dar —agregó Dash entre risitas. —O puede estar muy ocupado planeando cómo aplastarla —intervino Artie, concentrada en su portátil, pero con la oreja atenta. De nuevo habló con demasiada seguridad sobre la crueldad de Aegan. No dudaba de que fuera cierto lo que decía, y ahora no dudaba de otra cosa: ella sabía algo. Artie sabía más de lo que demostraba. Bueno, eso era obvio, pero sabía algo que tal vez Kiana y Dash no. —Como sea, acabas de cambiar las reglas del juego en todos los niveles —suspiró Kiana, sin caber en su felicidad. Resoplé y miré mi puré mientras lo picaba con la punta del tenedor. Ya había perdido el apetito. —No hay juego. —Negué con la cabeza. —Todo con los Cash es un juego —me advirtió esa vez Dash, muy seguro—. Y al final solo hay un ganador. —Ellos —afirmó Artie. De acuerdo, era un poco irritante que creyeran que ganarían siempre. Sí, sí, era territorio de los Cash. Cualquiera los preferiría a ellos antes que a una desconocida con la valentía por las nubes, pero yo no era asustadiza ni cobarde. Podía enfrentar lo que viniera. Debía enfrentarlo. Había llegado a Tagus dispuesta a lograr todo lo que me había propuesto. Sobrevivir a Aegan Cash solo era el nuevo reto. —¿Qué puede hacer? —refuté, entornando los ojos—. Es adulto, y es un chico. Los chicos no andan con venganzas estúpidas. Dije eso solo para parecer indiferente. —Podría dejarlo pasar —asintió Artie, gracias a Dios, considerando otras posibilidades—. Es bastante maduro para muchas cosas y no le gusta perder tiempo con tontadas. Me pregunté cómo estaba tan segura de eso. Luego recordé que ahí todos sabían hasta a qué horas orinaban los Cash. Que conocieran bien la personalidad de Aegan no era raro. —Pero hay veces que es muy c***l —dijo Kiana—. De una forma condenadamente inteligente y cuidadosa. ¿Recuerdan lo que pasó con Pierre? Dash apoyó la barbilla en la mano e hizo pestañeos nostálgicos. Solo en ese momento me fijé en que tenía los ojos delineados de azul, y que se le veía fabuloso. —Ay, Pierre —suspiró con ensueño y tristeza—. Todavía recuerdo cuando en esa fiesta lo encontré fumando en el baño y me hizo cosas con la lengua que no sabía que podían hacerse y... Kiana le puso una mano frente a la cara para interrumpirlo. —¡Asco! —gritó—. No me refería a que recordaras todas las cosas que pasaron. Lo que quiero saber es qué pasó entre él y Aegan. Dash asintió y guardó silencio. —Bien, ¿qué le pasó a Pierre? —pregunté yo, Doña Impaciencia. —En la clase de Debate internacional corrigió a Aegan en su argumento —reveló Kiana—. Bueno, dijo que estaba equivocado, y sí lo estaba, pero nadie debía decirlo. El caso fue que Aegan perdió puntuación por eso. —Aegan lo aceptó, pero luego... —Dash se interrumpió, manteniendo el suspense. Y Kiana complementó el relato: —Tres clases después, al finalizar su argumento, cada persona del aula acribilló a Pierre a preguntas. Preguntas muy difíciles que hicieron que el pobre entrara en pánico y que, debido a la presión, no pudiera defenderse. Salió hiperventilando y corriendo de la clase. —No, aprobó —negó Kiana como si fuese peor aún—, pero lo logró a base de metanfetaminas. Esa semana lo vieron comprando. Después no asistió más a Tagus. Los que eran sus amigos dicen que sus padres se lo llevaron porque empezó a hacerse adicto. Tal vez sigue en rehabilitación. Dash puso cara de tragedia de novela. —No he vuelto a encontrar otra lengua igual —fingió sollozar. Kiana entornó los ojos ante su melodrama. —La cuestión es que Aegan actúa estratégicamente —sostuvo—. Los que atacaron el sistema fueron expulsados y considerados unos vándalos, pero sabemos que el hackeo fue planeado por Aegan. Más que inteligente: hacía que otros realizaran el trabajo sucio para mantener sus manos limpias. Las jugadas más sucias y efectivas eran ejecutadas por personas así. Quizá sí había que tenerle un poco de miedo a ese Cash. —Pues habrá que esperar para ver qué sucederá... —fue lo que dije con un encogimiento de hombros. Y sí, pasarían muchas cosas. Solo que no como todos esperábamos. Ni como planeamos.
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