Lunes. Otra vez llegó Literatura, la clase que, por desgracia, compartía con Adrik.
Lo vi apenas entré al aula, ya sentado en nuestra mesa. Me pregunté qué se le ocurriría decir ese día. ¿Que estaba atentando contra su integridad? ¿Que lo estaba amenazando de muerte? ¿Que lo había pinchado con una jeringa contaminada por debajo de la mesa?
Dejé la mochila en el suelo y me senté en mi sitio. Entonces percibí un olor a chocolate, y vi que el muy i****a estaba cortando en trocitos una barrita por debajo de la mesa para comérsela despacio, ignorando claramente el letrerito junto a la pizarra que decía: no comer en el aula.
El Cash anarquista, claro.
La profesora llegó un par de minutos después, y tras decir cosas poco importantes, se situó frente a la clase y empezó el tema del día.
—Aquí hay cuatro géneros literarios —dijo, señalando lo que había escrito unos segundos atrás en la pizarra con marcador azul—. Ciencia ficción, thriller, romance y fantasía. Escojan uno.
Luego escucharemos las elecciones de sus compañeros y los porqués, y al final cada pareja deberá ponerse de acuerdo y elegir un género.
La profesora fue preguntando de mesa en mesa. En parte, resultó aburrido porque todos escogían los mismos géneros: romance y ciencia ficción. Nadie tuvo que intentar convencerse de nada.
Cuando llegó a nuestra mesa, yo fui la primera en hablar:
—Thriller —elegí, muy entusiasmada.
—Fantasía —escogió Adrik.
No me sorprendió que difiriera. Ya era obvio que teníamos perspectivas que chocaban. Y, ¡por Dios!, ¿podía dejar de masticar?
—¿Por qué fantasía, señor Cash? —le preguntó Lauris con interés. ¿Y por qué no le llamaba la atención por comer en clase?
Él alzó los hombros en un gesto de simpleza.
—Me gustan las batallas, los dragones y esas cosas —se limitó a responder sin dar más explicaciones.
A mí me pareció una razón estúpida.
—¿Por qué el thriller, señorita Derry? —pasó a preguntarme la profesora.
Me reacomodé en la silla, preparada para contestar de forma magistral.
—Es un género muy real, y además la intriga mantiene interesado al lector, se sale de lo convencional y los clichés pueden tomar giros inesperados —argumenté, inspirada, y luego con una sonrisita astuta agregué—: Pero si debo responder de forma tan simple como mi compañero, diré que me gustan los asesinatos.Se oyó una pequeña risita en alguna parte. Esta vez no me iba a dejar m*l. Por mi —dudoso— honor que no.La profesora asintió. Iba a continuar con la mesa siguiente, pero entonces Adrik emitió un resoplidoisa de burla hacia mi respuesta, como si hubiese si—¿Muy real? —repitió mis palabras. Después negó con la cabeza—. La lectura es aventura, escape, entretenimiento, infinito. La realidad es dura, cruda, asfixiante, cerrada y limitativa. ¿Para qué buscar realidad en un libro si ya lidiamos todos los días con ella? Está ahí, dictando que algo azul solo debe ser azul, exigiendo que algo redondo solo sea redondo. ¿Qué pasa si yo quiero que el color sea verde o la forma sea triangular? ¿O qué pasa si yo no quiero que haya color alguno ni forma alguna? No, no hay nada interesante en lo real. Si leo, es porque quiero olvidarme durante un rato de esta aburrida y cuadrada humanidad.do ridícula. De nuevo captó toda la atención.
Tras la última palabra, un par de chicas se mordieron los labios, embelesadas. Los chicos, por otro lado, asintieron en un reflexivo acuerdo, como si nunca hubiesen escuchado nada más cierto. Incluso la profesora pareció complacida.
¿Y yo? Pues mi cara expresó un gran: ¿qué demonios...?
—Una opinión interesante —dijo Lauris, aprobando a Adrik—. Supongo que, si la señorita Derry siempre lee lo mismo, debería darle una oportunidad al tipo de lectura de su compañero. Dejaremos la fantasía como género de este grupo.
Pude haber partido por la mitad mi bolígrafo si lo hubiese tenido en la mano y no sobre el cuaderno. Otra vez. ¡Otra vez! Pero ¿qué demonios tenía Adrik que triunfaba en todo en esa maldita clase?
La profesora continuó y habló de manera general:
—Discutan qué libro del género elegido les gustaría leer mientras escribo la cita final del día en la pizarra
.Abrí la libreta de mala gana y empecé a anotar la cita. No propuse ningún libro. Me quedé totalmente callada durante el resto de la clase porque no tenía ganas de ser la compañera colaboradora. No estaba acostumbrada a ser superada así en algo que sentía que dominaba.
Cuando terminó la hora, cogí mi mochila y me levanté para largarme, pero antes de que diera un paso, Adrik me preguntó mientras guardaba su libreta:
—¿Qué libro vamos a leer?
—No lo sé, ¿el experto en fantasía no eres tú? —repliqué sin ánimos de sonar agradable.
—Puedo recomendarte algunos. —Se encogió de hombros—. Eso si prefieres leer en vez de enfadarte.
—No estoy enfadada —me defendí, frunciendo el ceño. Aunque sí lo estaba, pero no quería darle la razón. Ya se la daban todos en la clase. Era suficiente.
Le di la espalda y pasé junto a su silla mientras mentalmente me repetía: «Vete, no debes decir nada que no debas. Vete, Jude, no puedes decir nada que no debas. Vete, Ju...».
—Solo te falta sacar las uñas para arañarme la cara —dijo él de pronto.
Maldición.
Me detuve. En cuanto me giré, vi que tenía un poco elevada la comisura derecha en una pequeña sonrisa socarrona. Pero ¿qué se creía? ¿El dios de literatura solo por caerle bien a la profesora? ¿El misterioso chico oscuro al que no se podía ignorar porque, a pesar de que parecía no tener intenciones de verse genial, se veía odiosamente genial? Pues yo me creía la chica que no se tenía
que quedar callada por el deslumbramiento. Y... con poco control de la ira.
—¿Me estás comparando con un animal? —le pregunté con detenimiento en tono retador.
—Hasta aquí te veo erizada —añadió, colgándose la mochila en un hombro.
Entorné los ojos.
—Cuidado con lo que me dices porque yo creo que eres todo lo que los demás no admiten —le solté entre dientes.
—Y tú para mí eres más creída de lo que es razonable soportar —replicó sin alterarse en absoluto.
No me lo callé:
—Imbécil.
—Qué poco ingenio para los insultos —se burló descaradamente.
—Tengo más, pero usaré ese para no quedar peor de lo que tu hermano me ha dejado delante de todos —le corregí en un tono tranquilo.
Adrik asintió como si finalmente entendiera algo. Su sonrisa adquirió un aire amargo.
—Ah, claro, Aegan caga y a mí me salpica la mierda —suspiró—. Es bastante justo que por eso me detestes, sí.
Asumía que yo lo detestaba. Mi parte más sensata me invitó a calmarme un poco para dejar de transmitir odio con tanta obviedad. Al final, él no era Aegan, a quien sí quería dirigir toda mi ira sin compasión. Debía aguantarme y no caer en provocaciones. Eso era dar ventaja.
—¿Qué libros tienes? —decidí ceder, aunque no muy contenta, para alejar la idea de que «lo detestaba».
—Te los dejaré y tú escoges. —Se encogió de hombros.
—De acuerdo —acepté. Mi mandíbula estaba tensa—. Edificio F, piso cinco, apartamento dos. Adrik hizo un leve asentimiento y me rodeó para avanzar entre la fila de mesas. Quise dejar que saliera primero, pero él se giró como si se hubiese olvidado de decirme algo. Y me lo dijo, mirándome fija y fríamente con sus ojos intimidantes:
—Será mejor que pongas los pies en la tierra, Jude Derry. Estás volando peligrosamente alto.
Salió del aula y me dejó la furiosa sensación de que acababa de amenazarme, sobre todo por el tono bajo y arrastrado en que lo había dicho. Solo en ese momento me di cuenta de que ¡lo había invitado al lugar en donde vivía! ¡A mi lugar seguro!
Medio ofuscada por ese e******o error, salí del aula para volver al apartamento. No le presté atención a nada, hasta que llegué en una bicicleta de alquiler. En Tagus, todo el mundo tenía coche, aunque no lo usaban para casi nada porque a las partes centrales e importantes del lugar se podía llegar caminando. Quizá los ecológicos y yo éramos los únicos que no teníamos casi nada.
Cuando abrí la puerta, me encontré a Artie caminando de un lado a otro mientras memorizaba algo para algún examen. Lo solté:
—Adrik va a venir a dejar unos libros.
Se hizo un extraño silencio en el que Artie quedó en shock con la boca formando una «O» y con los ojos bien abiertos.
—¿Vendrá? —inquirió un momento después con un hilo de voz pasmado.
Solté aire y me moví para dejar mi mochila sobre el sofá.
—Creo que sí. Eso dijo.
—¿A este apartamento? —preguntó también.
—Pues aquí es donde estamos.
—¿Hoy?
—Sí, pero no sé a qué hora.
—¡¡¡Dios santo!!! —gritó de repente.
Entonces corrió hacia su habitación como si tuviera que solucionar una urgencia y empecé a escuchar cómo abría cajones de golpe, buscando cosas en uno y en otro con desesperación mientras decía:
—¡No puedo estar así! ¿Qué debo ponerme? ¿Qué me puse ayer? ¡Dios, tengo tan poca ropa!
Se ocupó en revolver hasta el más mínimo rincón de su habitación, tratando de decidir qué ponerse. Yo, mientras tanto, atendí mi móvil, que sonó de repente. En la pantalla vi que era una llamada de Tina, desde casa, donde también estaba mi madre. Bueno, desde lo más cercano a ella.
—Hola, Tina —saludé con alegría al contestar.
—¿Cómo estás, guapa? —saludó también—. ¿Qué tal es el asombroso Tagus?
Tina hablaba como si fuera una gran amiga y no una madrastra. Nunca se andaba con rodeos si necesitaba decirte algo. Lo mejor que le había pasado a mi madre había sido conocerla en su grupo de apoyo y enamorarse de ella. Ambas habían sufrido mucho, y aun así Tina había dejado su vida, se había mudado con nosotras y había reunido la paciencia necesaria para cuidar de mi madre.
—Genial, es todo deslumbrante por aquí —admití, jugando con mi boli—. Te puedes desplazar en carritos de golf.
—Procura no atropellar a nadie que no lo merezca, por favor.
Reí por su comentario.
—¿Cómo has estado? ¿Cómo está mamá? —pregunté, ya entrando en el tema en el que, por más que no quisiéramos, siempre debíamos entrar—. ¿Ha... progresado?
—La verdad, sí está bien y sí ha progresado; mejor de lo que creerías. —En su voz se escuchó cierta alegría—. Hemos convertido tu habitación en una sala de cine y esta noche nos veremos una maratón de Rocky.
Eso me gustaba. Me gustaba cualquier idea que la ayudase.
—¿Aún tiene reservas? —pregunté, yendo directa a lo que me importaba saber.
—Sí, no te preocupes por eso.
—Claro que me preocupo —repliqué en un suspiro.
Tras un pequeño silencio, añadió:
—¿No has cambiado de idea? Todavía puedes...
—No.
Me moví hacia la ventana para alejarme lo más posible de la habitación de Artie antes de seguir hablando:
—No volveré a explicar por qué, ¿de acuerdo?
Por detrás de mí, Artie gritó con entusiasmo:
—¡He encontrado un chaleco que no uso desde hace mucho tiempo!
Tina soltó un suspiro al otro lado.
—Te dejaré para que sigas con lo tuyo —se despidió, de nuevo decepcionada—. Textéame cuando puedas. Y vuelve a pensarlo, ¿sí? Tu madre y yo... te estaremos esperando siempre.
—Adiós.
¿Esperarme? Era lo que menos debían hacer.
Me quedé pensando en que debía guardar muy bien los dos mil dólares y el reloj que había ganado jugando al póquer porque me ayudarían mucho después, hasta que Artie salió de su habitación, agitada.
—¡Listo! —exclamó con entusiasmo, mostrándome su outfit de tejanos ajustados, camisa blanca y chaleco azul—. Ahora mejoraré un poco mi pelo.
Bueno, al menos ella no tenía problemas con recibir a un Cash en el apartamento.
Yo me dediqué a hacer mis tareas porque necesitaba ocupar mi mente sí o sí. Funcionó. Pasé toda la tarde lidiando con un trabajo. Para cuando llamaron a la puerta, a diferencia de Artie, yo estaba hecha un lío. Llevaba un boli en la oreja y unas mallas negras. Iba descalza y no parecía una persona de la que alguien en Tagus quisiera hacerse amigo.
O una persona preparada para lo que vi al abrir la puerta.
Adrik, con su cara obstinada y somnolienta.
Y a su lado, Aegan, alto, imponente, rebosante de energía y carisma.
Ni siquiera tuve tiempo de procesar su obviamente inesperada aparición porque ambos entraron en el apartamento como si una odiosa voz que solo ellos escucharon hubiese gritado: «¡Adelante, chicos, son bienvenidos!».
—No sé por qué tenía la idea de que todos los apartamentos en Tagus eran iguales —comentó Aegan mientras se movía por la salita y lo miraba todo con curiosidad—. Ya veo que no.
Además de que nadie lo había invitado, estaba criticando mi apartamento. Qué descaro.
—¿Qué haces aquí? —le solté, sin saludar. Quería dejarle claro que me habría esperado antes el apocalipsis que su presencia en mi casa.
—Supe que Driki iba a venir a traerte unos libros y decidí acompañarlo —contestó tranquilamente, como si no necesitara explicar nada más.
¿Driki? Oh, por Dios. ¿Llamaba Driki a Adrik? Al desviar la vista hacia Adrik y comprobar queno se había inmutado, lo confirmé. Pude haberme reído con lágrimas, mocos y todo, pero eso habría arruinado mi postura de «lárgate», así que me mantuve seria. El único sonido que se escuchó fue la p**a de libros que Adrik, alias Driki, dejó caer sobre el escritorio. Aterrizaron de forma odiosa.
—Aquí están —dijo.
—¿Eso es todo? —repliqué, porque en realidad me había imaginado más opciones del maestro de la fantasía y solo había tres libros.
—He seleccionado los más ligeros para ti —contestó.
Y eso me tomó por sorpresa. Mucha sorpresa. Tanta sorpresa que balbuceé:
—Ah..., ¿en serio? Pues gracias, supongo, no me lo espera...
—Los escogí porque los otros son muy valiosos, y no quiero que los toques —me interrumpió con los ojos algo entornados, al darse cuenta de que yo lo había malinterpretado—. No me gusta prestarlos a nadie. Además, aquí cualquiera puede comprarse sus propios libros.
Y la sorpresa desapareció.
Claro, así tenía sentido. Obviamente, Adrik no iba a seleccionar libros de forma especial para una desconocida. ¿Qué me había creído yo?
Para salvar aquel momento tan raro, Artie salió de su habitación. Fue chistoso porque pasó de avanzar hacia nosotros muy animada a detenerse de golpe. Como no llevaba las gafas, la expresión de asombro por lo que vio ante ella fue notable.
—Hola, Adrik —saludó en un tono perplejo—. Hola..., Aegan.
Luego me miró como diciendo: «Joder, no me dijiste que serían dos».
Los hermanos hicieron un gesto muy similar e indiferente con la mano para saludarla. Me di cuenta de que eran curiosamente distintos, porque los rasgos de Aegan no se parecían mucho a los de Adrik, excepto por los detalles básicos que sí compartían: el pelo azabache, la altura, los ojos grises y el tono de piel. Por lo demás, habrían pasado fácilmente como solo primos. Pero la genética es rara, ¿no? A veces no nos parecemos a nuestros hermanos.
Aegan miró el costoso reloj que tenía en la muñeca derecha.
—Bueno, hecha la entrega, hay que ir a cenar —soltó animoso, y alzó la mirada hacia mí—.¿Estás lista?
Era increíble. ¿Por qué quería que saliéramos juntos? Debía de tener un plan. Estaba muy segura de que yo no le atraía de verdad. De hecho, estaba demasiado segura de que todo él era falso. El Aegan real todavía no salía. El papel de Aegan sonriente, caballeroso y perfecto formaba parte de una estratagema.
—Te dije que no pensaba salir contigo —le recordé.
—Solos —puntualizó él de forma inteligente—. Y lo respeto.
—Entonces, ¿por qué tanta insistencia? —me atreví a preguntar, y me crucé de brazos con una sonrisa ladina y suspicaz—. ¿Es que acaso te he impresionado?
Aegan ensanchó la sonrisa del Grinch. Nada podía quitarle el aire de personaje malvado con planes perversos y ocultos, en serio.
Se reservó, sospechosamente, la respuesta a mi última pregunta.
—Será solo una cena para limar asperezas —dijo—. Por alguna razón, todos creen que nos odiamos, y yo no tengo nada contra ti, y tú no tienes nada contra mí, ¿no?
El silencio alrededor de esas palabras fue tenso, de ese que ocultaba verdades.
—Claro que no, eso sería e******o —mentí con una sonrisa.
—Entonces... —Aegan extendió los brazos en un gesto de obviedad y lanzó su propuesta—, ¿por qué no vamos tú, yo, Adrik y Artemis a cenar?
—¿Yo y quién? —preguntó Adrik, repentinamente confundido.
¿Se había perdido pensando en la inmortalidad del cangrejo y acababa de prestarle atención a la conversación o qué?
—Eh, yo soy Artemis —le aclaró Artie, un poco descolocada.
Artie era por Artemis, pero Adrik no lo sabía, así que la observó como si no hubiera reparado en ella hasta ese momento. Asintió con lentitud en un gesto cordial, igual de forzado que mi sonrisa. Luego nos miró a Aegan y a mí.
—Me parece que no —rechazó, aburrido.
Avanzó hacia la puerta con toda la intención de irse de la misma forma que se iría alguien a quien no le importaba un pepino el resto de la humanidad. domine. Pero en esos tiempos mi lado c***l y yo simpatizábamos mucho por razones que te explicaré después, así que mientras Adrik se iba en cámara lenta, las palabras de Dash sonaron en mi mente: «Si se trata de una rebelión, Jude pudo aceptar salir una noche con él y luego rechazarlo. Habría herido su ego. Más simple y menos peligroso, ¿no?».
Aceptar y rechazar. Herir su ego. Eran razones muy válidas, y la oportunidad me pareció perfecta para una pequeña venganza.
Intercepté a Adrik y lo detuve frente a mí. Su altura sombría me intimidó un poco, pero no se lo demostré.
—No seas tonto, Driki, salir todos no es tan mala idea —le dije, dando un énfasis burlón a su apodo.
—No me llames Driki —contestó él, con su habilidad para sonar sereno y odioso al mismo tiempo.
Y deslizó la mirada obstinada de mí hacia su hermano. Le transmitió reproche, quizá por haber revelado el apodo.
revelado el apodo.
—Puedes escoger la comida —intenté mediar.
—No, no puede —rio Aegan, disimulando su necesidad de control.
—Tengo cosas que hacer —dijo Adrik, con tono de «NO rotundo».
—Nadie tiene cosas que hacer a estas horas —rebatí, como si lo que acababa de decir fuera ridículo.
—Yo sí —enfatizó él de manera odiosa—. Tengo que ir a meter un tenedor en un enchufe. En pocas palabras: tengo algo mejor que hacer.
—Pues eso del tenedor lo puedes dejar para más tarde —resoplé—. Iremos todos a cenar.
Me encaminé hacia la puerta, pero Aegan me arrojó la pregunta para detenerme antes de poner la mano en la manija:
—Espera, ¿irás así? —dijo, incrédulo. No entendí qué era «así» hasta que me hizo un serio y analítico repaso.
—Así ¿cómo? —quise saber.
Volvió a observarme de arriba abajo con el ceño ligeramente hundido. Hubo una chispa crítica en los ojos que disimuló con una inocente extrañeza.
—Como si te acabara de sacar de un basurero —soltó directo, pero con una falsa y experta voz de confusión inocente.
Le dediqué una mirada que habría atravesado los sesos de alguien como una bala.
Bueno, en realidad había olvidado que me faltaban los zapatos, pero me dio la impresión de que para Aegan eso era lo de menos. Lo que le sorprendía era que mi ropa no se ajustaba a lo que usaban para salir las chicas de Tagus, que siempre iban bien arregladas, maquilladas y prolijas, sobre todo si iban a salir con él. Además, hasta el propio Aegan se vestía exageradamente bien y demostraba que el aspecto era muy importante en su estilo de vida. Ropa de diseño, zapatos a la medida, corte de pelo impecable. Un chico con un sentido de la moda marcado y masculino, ¿eh? ¿Qué era? ¿El Chuck Bass del 2019?
—Esperen un momento —dije, y corrí hacia mi habitación.
Cogí las botas trenzadas y me las calcé. Me miré en el espejo y me solté el cabello. No me parecía que me viera m*l, es decir, al menos esa ropa no estaba vieja y gastada. Pero Aegan estaba acostumbrado a ver tacones, cabellos peinados, bolsos colgando del brazo y perfumes caros. Y yo no iba a darle nada de eso. No tenía ningún interés en complacerlo ni en cumplir estereotipos.
Y si lo que quería era hacer algo más que solo molestarlo, tenía que emplearme a fondo. De hecho, iba a darle tan duro que rompería ese cascarón de chico perfecto y sacaría al verdadero animal que tenía dentro, ese que yo sospechaba que se esmeraba en ocultar.
Volví a la sala.
—Ahora sí —anuncié.
Aegan casi ladeó la cabeza y volvió a hacerme un repaso, tratando de encontrar lo que me había cambiado de mi atuendo. Me aproximé a él y fruncí el ceño. En ese instante se me ocurrió una idea para hacer más divertida la noche: le seguiría su falso jueguecito a mi sarcástico modo.
—¿Hay algún problema? —pregunté con falsa incredulidad.
Aegan entornó los ojos, pero luego relajó la expresión.
—No, vamos.
Artie, que había permanecido en estado de shock todo el rato, me siguió cuando salí primero. Comenzamos a bajar las escaleras varios pasos por delante. Con disimulo, se me acercó y me preguntó entre dientes:
—¿Qué estás haciendo? ¿Qué está pasando?
—Solo sígueme la corriente —le respondí en un susurro.
Aegan quería una cita, ¿no?
Mi respuesta mental era:
«Acepto, y nos conoceremos, Aegan, de verdad».