PRÓLOGO

1462 Palavras
PRÓLOGO James Floyd se despidió de la recepcionista haciendo un gesto con la mano y se escapó hacia el aparcamiento del personal antes de que algún rezagado pudiera detenerlo. Era una noche templada, un cambio bienvenido. La calefacción de su despacho se había estropeado hacía unas semanas, así que había recurrido a un radiador portátil que apenas podía calentar una carpa. No era lo ideal para los duros turnos de la noche, sobre todo después de la semana que había tenido. Se acordó de su primer día de trabajo, hacía 22 años por sus cálculos aproximados. El médico en jefe le había dicho que la parte más esencial del repertorio del especialista médico era el desapego. Algunas personas lo tenían de forma natural, otras lo aprendían con el tiempo. Y los que no adquirían la habilidad tenían carreras cortas y traumáticas. James rápidamente se dio cuenta de la veracidad de esa afirmación. Tenía compañeros que podían dar malas noticias como si fuera el pronóstico del clima y no lo pensaban demasiado. Los envidiaba enormemente, porque con cada mala noticia que él daba, la culpabilidad socavaba un poco más su esencia. Esa semana le supuso una carga más pesada de lo habitual: el diagnóstico de cáncer a un joven padre, los primeros signos de distrofia muscular en un niño de 10 años, el inicio de la demencia en un veterano recién retirado. Y, desde luego, Gladys, una nueva paciente con la que, poco profesionalmente, se había llevado muy bien desde el lunes anterior. Ella había llegado quejándose de un dolor de espalda y terminó bajo el bisturí al día siguiente. Gladys sufría de cifosis extrema desde hacía más de una década, pero nunca se había hecho examinar porque «no quería ocasionar molestias». Era muy fuerte, pero esas actitudes no se traducían en una vida sana, sobre todo en el caso de los ancianos. James se encontró deseando que la mujer se recuperara, quizá porque le recordaba mucho a su madre. James pulsó el botón para desbloquear su coche y los faros se encendieron. Su coche era uno de los únicos tres que quedaban en el aparcamiento. Consultó su reloj. Era poco más de medianoche. No se había dado cuenta de que se había quedado hasta tan tarde. En la oscuridad, se tropezó con algo invisible con el pie. Dio un paso atrás y vio una tabla de madera tirada en el suelo. Al inspeccionar el recinto, se dio cuenta de que había más de lo mismo. Entonces se dio cuenta de que eran los restos dejados por los manifestantes que habían estado allí más temprano. Era una nueva tendencia, tal vez algo de Internet, se dijo James. Desde la entrada en vigor de las nuevas leyes, esto ocurría en los hospitales de todo el país. En resumen, se trataba de activistas que hacían campaña contra la medicina moderna. James no tenía tiempo para esas tonterías, sobre todo porque esas personas también solían tener valores religiosos extremos. Creían ciegamente en una deidad invisible y omnisciente, pero poder creer en un medicamento que matara las bacterias era demasiado para ellos. Era una insensatez, un delirio fuera de lugar. Lo que solía ocurrir era que esos manifestantes armaban un escándalo, salían en las noticias y desaparecían una vez que habían tenido sus quince minutos de fama. No había que preocuparse demasiado por ello. James recogió el cartel que tenía a sus pies, lo dobló y lo llevó a la basura. Además, a juzgar por la gramática de esta persona, estos manifestantes no eran precisamente espabilados. «CONTRA LA BOLUNTAD DE DIOS». Voluntad mal escrita. Escritura torcida. Texto amarillo sobre fondo marrón. No era exactamente una declaración de aptitud. —Tú —gritó alguien—. No te vayas a ninguna parte. La repentina voz lo sobresaltó. A esa hora, el aparcamiento siempre estaba desierto. Se dio la vuelta para buscar el origen del sonido. Un hombre desaliñado salió de entre las sombras. Barba frondosa. Mala piel. Gafas pequeñas en una cara redonda. James no lo reconoció. —¿Hola? —dijo James. —¿Trabajas aquí? —preguntó el hombre. James se acercó a su vehículo. —Sí. ¿Tú también? El desconocido señaló con el dedo al médico. —No está bien lo que estás haciendo. —¿Perdón? —James se dijo a sí mismo que debía ser un manifestante rezagado. ¿Por qué este hombre seguía allí después de la medianoche? —Ya sabes a qué me refiero. No te hagas el tonto. James no tenía tiempo para esto. Ni siquiera tenía energía para enfadarse con él. Solo sentía lástima. —Por favor, vete a casa. No deberías estar en esta zona del hospital si no eres m*****o del personal. El desconocido volvió a ocultarse en las sombras, pero continuó mirando al médico. James agarró la manija de la puerta de su coche mientras esperaba que el hombre desapareciera. James decidió avisar a los de seguridad cuando hubiera salido por la fachada del edificio. Abrió la puerta del coche y puso un pie dentro, pero se quedó parado antes de poder proseguir. Se oyó un ruido fuerte, ¿quizás un cristal que se rompía? Y luego la voz del desconocido de nuevo. James consideró la idea de marcharse y dejar que otro lo resolviera, pero, ¿y si ese maníaco había acorralado a otro m*****o del personal? ¿Tal vez a una de las chicas de administración? ¿O a alguien que no midiera un metro ochenta y seis, y pesara 90 kilos como él? Cerró la puerta del coche y fue a inspeccionar. Atravesó el aparcamiento vacío, con paso suave. Apartó algunos arbustos para echar un vistazo al otro lado, y vio la ruta designada para las ambulancias y nada más. No había manifestantes rezagados ni fumadores de medianoche. El desconocido debía de haberse marchado a toda prisa, tal vez porque sabía que estaba invadiendo una propiedad privada y eso no era una buena imagen para su causa. James se quedó quieto y escuchó los sonidos de la noche, interrumpidos por el ruido de sus latidos. Oyó el zumbido del tráfico lejano. Unos cuantos chirridos de insectos en el reducido bosque del perímetro del hospital. A lo largo de los años había tenido muchos altercados con pacientes y vagabundos, pero algo en aquel tipo le produjo un escalofrío de pies a cabeza. Tal vez fuera la hora de la noche combinada con la inesperada presencia del hombre. Volvió al aparcamiento y se dirigió a su vehículo, pero se mantuvo alerta. No confiaba en que el hombre no volviera a intentar alguna tontería. James decidió que ya era suficiente por una semana. En este momento, la perspectiva de un largo baño con un buen libro era mejor que enfrentarse a activistas delirantes con sus objeciones de moda del mes. Y entonces le levantaron los pies del suelo. James salió volando hacia los arbustos y las espinas le atravesaron la piel. Buscó un punto de apoyo, pero no encontró más que ramitas frágiles. Antes de que pudiera procesar lo que estaba sucediendo, tenía un pie enterrado en el pecho. James jadeó y pateó con los pies a su atacante invisible. Intentó pedir ayuda, pero no consiguió emitir sonido. Entonces el atacante se dio a conocer. Una figura de n***o, camuflada en la noche. La visión de James se difuminó hasta convertirse en niebla. La silueta del hombre se contorneaba y se fundía en la oscuridad, mientras ocultaba el rostro para que James no lo viera. Había algo alarmantemente familiar en él, pero el shock que se avecinaba nublaba cualquier posibilidad de pensamiento racional. James tosió y escupió flemas, y luego sintió que su cuerpo entraba en estado de shock. Mientras rodeaba el cuello de James con una mano, el hombre sin rostro le clavó un cuchillo en el abdomen. La sangre brotó como una fuente, tiñendo los verdes arbustos de rojo carmesí. James sintió que toda su voluntad se desvanecía. No podía moverse, solo podía ser testigo de su propia muerte en un estado de parálisis. Rodó sobre la parte delantera y vio el hospital, quizá por última vez. A través de los arbustos, a solo quince metros de distancia, los paramédicos se subían a una ambulancia que los esperaba. James trató de gritar, de comunicarse. No tenía voz. La ayuda estaba a la vista, pero fuera de su alcance. El atacante de medianoche hizo rodar al médico sobre su espalda y luego sacó algo de su chaqueta. El médico lo reconoció. Lo había visto muchas veces en su larga carrera, pero nunca había tenido un aspecto tan siniestro como en ese momento. De repente, pudo emitir sonido, pero sus gritos fueron ahogados por el estruendo de la sirena de la ambulancia detrás de ellos.
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